Tomar la iniciativa

Foto flickr: Joao Lavinha

Por Carlos ARENAS POSADAS

El viejo reloj de la política andaluza lleva casi dos meses parado. Crece la presión mediática (o mejor decir la publicidad encubierta) y emocional para que se ponga cuanto antes fin a esta situación de interinidad provocada (repiten a coro) por los “tacticismos” de quienes se oponen a la investidura. La candidata a la presidencia de la Junta quiere gobernar a toda costa (debe ser demasiado duro admitir que con ella se puede acabar un “fructífero” modelo de gobernanza de más de 35 años) sin importar cómo ni para qué; lo mismo vale un roto (y se recuerda a Rajoy aquello del apoyo a la lista más votada) que un descosido (intentando atraerse al mismo tiempo a fuerzas tan dispares como Ciudadanos y Podemos).

A pesar de tanta alarma por el desgobierno, la vida sigue igual. Nada de lo que era firme se ha derrumbado. No obstante, quienes reclamamos un tiempo de reflexión en este momento de la historia andaluza constatamos que, efectivamente, la presidenta está rebajando la dosis diaria de egolatría, pero que no se está aprovechando el desconcierto provocado por el evidente fracaso de su decisión de adelantar las elecciones. Dicho de otra manera, algo viejo se muere pero nada nuevo está naciendo. Es más, se corre el riesgo de que, como tanto se publicita, lo nuevo se identifique con “tacticismo”. Un mensaje que cala bien en el subconsciente popular machacado secularmente por la idea de que el “régimen” representa la centralidad y procura el bien común frente a las ambiciones personales de los “políticos”.

La reflexión a la que antes aludía debe concretarse en un encuentro entre partidos de izquierda para elaborar una serie de estrategias políticas y económicas y un calendario de proyectos de ley que, presentados a la ganadora de las elecciones, marquen la hoja de ruta del gobierno en el próximo ejercicio. Una estrategia de objetivos ambiciosos a medio y largo plazo que se vayan concretando desde ya con proyectos  concretos que vayan en el sentido apuntado.

Entre esos objetivos ambiciosos podrían estar el de acabar con el modelo de capitalismo “low cost” que padecemos debido a las elevadas tasas de desempleo y precariedad laboral, o el de acabar con la desigualdad social que caracteriza la sociedad andaluza, o fomentar la igualdad de oportunidades en el acceso a la interlocución política, a la educación, a la cultura o al crédito. En una palabra, se trataría analizar las raíces de un sistema viejo y viciado, atacar sus pésimas prácticas, y no quedarse solo en ver la manera de paliar los efectos más sangrantes del mismo.

El resultado podría ser un decálogo con medidas para atajar la corrupción política y las corruptelas sistémicas, la economía recolectora de favores y buscadora de rentas, la explotación del trabajo, el privilegio en la interlocución política, la transferencia de rentas de pobres a ricos, etc., junto a otras que promuevan el emprendimiento colectivo, la democracia real, el empoderamiento ciudadano, políticas de empleo en actividades de mercado y de no-mercado, la soberanía alimentaria y energética, la igualdad de oportunidades o promoción social, etc..

No se me escapa que hacer este ejercicio de reflexión tiene sus dificultades: una de ellas son  las ridículas rivalidades entre partidos y colectivos de izquierda que no encierran más argumentos que el afán de primogenitura. Otra, más que posible, que las propuestas nunca serán aceptadas por la actual cúpula socialista (ya echó a Izquierda Unida del gobierno cuando llegaba el momento de cumplir lo más “comprometido” de lo pactado). Aún así, lo considero absolutamente necesario al menos como ejercicio para clarificar desde la izquierda el análisis de la situación actual de Andalucía (un análisis correcto es mil veces preferible a un mal remiendo) y para demostrar que, en base a ese análisis, hay un camino de esperanza en el futuro.