El clientelismo y la servidumbre voluntaria

Por Félix TALEGO, Ángel del RÍO y Agustín COCA

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”Don Quijote

En unos días comienza una nueva campaña electoral marcada por la acción intensa de las organizaciones políticas en busca del mayor número de votos para sus candidaturas. En estos períodos se activan las relaciones entre los miembros del partido y cuadros dirigentes, militantes, afiliados y hasta simpatizantes desempeñan un rol de crucial importancia para el desarrollo de la estrategia electoral. E, inevitablemente, surgirán las preguntas sobre la existencia y la ética de las redes clientelares y el voto cautivo. En este sentido, quisiéramos reflexionar sobre estos asuntos poniendo el foco en la naturaleza interna de la relación clientelar que, entendemos, trasciende el ámbito de lo político-partidista y modela, en buena medida, una forma de estar y concebir la vida toda.

LA GRABACIÓN

Y lo haremos poniendo como ejemplo una noticia que apareció en los medios días después de las elecciones andaluzas del pasado 22 de marzo y que, en pocos días, se convirtió en fenómeno viral extendiéndose de manera masiva por Internet y las redes sociales. La noticia incluía una grabación –hecha de forma clandestina– en la que se escucha a una alto cargo del PSOE y de la Administración andaluza –la delegada de Empleo en Jaén– instar a sus subordinados a abandonar sus quehaceres laborales para hacer campaña y pedir el voto para el partido en el gobierno.

Es una grabación de 2012, cuando la campaña a las anteriores elecciones autonómicas, pero el desparpajo y el tono rutinario de la delegada nos permiten adivinar que se trata de un proceder acostumbrado, que bien podría corresponder a esta última como a otras campañas más antiguas del partido.

El argumento principal que utiliza la delegada ante sus mudos subalternos es la preservación por ellos y ella misma de los cargos que provisionalmente ocupan, recordándoles que su futuro en los mismos depende de la continuidad en el gobierno del partido que les designa.

LA NORMALIDAD

Oyendo a la delegada creemos constatar la extendida opinión de que el clientelismo es el modo normal de proceder del partido que gobierna Andalucía desde 1982. Pero cabe preguntarse si las prácticas clientelares y la instrumentalización de las administraciones públicas por parte de los partidos gobernantes no son extrapolables a otros ámbitos de poder.

Porque lo que nos sugiere la reunión de la delegada es un proceder muy extendido en la sociedad, no solo entre empleados y cuadros de los “partidos de gobierno”: la disposición que adivinamos en los ahí congregados es en lo fundamental la misma que encontramos habitualmente entre empleados y profesionales de todos los sectores y ramas.

Son situaciones tan comunes que la jefa o jefe de turno ni siquiera necesita explicitar que se trata del intercambio de favores y prebendas por anuencia y sometimiento; se da por sabido, y sorprende y choca, como rareza, cuando alguien dice “no” a las directrices que descienden por las cadenas jerárquicas. Tal es el grado de adiestramiento en la obediencia alcanzado por la amplia mayoría –y por nosotros mismos quizá– que, por lo común, la censura alcanza el grado de autocensura y el mandato el de “realización personal”.

LA OBEDIENCIA

Fijémonos en que la audición de cuatro minutos solo nos permite oír el breve monólogo de la delegada. A partir de ahí, lo que pudiera ocurrir en esa reunión es proyección nuestra. ¿Y qué habremos proyectado la mayoría?: lo que vemos por doquier a nuestro alrededor: obediencia. ¿Y qué habremos conjeturado?: que la continuidad de los “proyectos de vida” de los presentes (o su serio menoscabo), dependen de la continuidad de su empleo. Y en fin, concluiremos que sus vidas están en función y deben mucho a otros que no dependen de ellos, al menos no en el mismo grado, por estar más altos en el escalafón. Aunque nada de esto pueda desprenderse con evidencia palmaria de las palabras que oímos en esos cuatro minutos: es proyección nuestra de lo que es normal en el mundo en que vivimos.

Y todavía tiene la audición otro ingrediente que le añade un plus de interés: las personas ahí congregadas en actitud –presumimos– sumisa y servil no son gentes jornaleras que necesitan peonadas para cobrar la ayuda para pobres, ni peones de la construcción en crisis, ni hipotecados en riesgo de desahucio, ni otros pobres al uso. De haber sido estos los ahí sorprendidos, el número de audiciones habría bajado muchas decenas de miles. Pero no: las personas que ahí escuchamos callar e imaginamos dóciles proceden de la “clase media”, en el amplio sentido del término, e igual podría tratarse de profesionales de posición holgada y empleados de escalafones altos como de principiantes y aspirantes más o menos precarios.

LA SERVIDUMBRE

Pero su actitud, como decimos, es sumisa, como la de quien está a merced de otros y necesitado, es decir, como la que se supone en los “pobres típicos”. ¿Es entonces una anomalía social lo que ahí tiene lugar, algo no representativo de la realidad de los “estratos medios”, de los “instalados”, de los que llevan un adecuado “tren de vida”?; ¿O es por el contrario representativa y hasta paradigmática de esa “sociedad”?; ¿Cuál es el diagnóstico certero de nuestras clases medias en su más amplio espectro?: ¿Gentes de trayectoria exitosa o siervos prosternados?; ¿O consienten la servidumbre con tal de alcanzar el éxito?.

Convenimos habitualmente, sin mayor dificultad, que los “pobres normales” pasan su vida revalidando méritos para superar las periódicas “oposiciones a pobre” y obtener la “merecida ayuda”. Sin embargo, también convenimos que, por su parte, las “clases medias” –y no tan medias– logran alcanzar su “proyecto de vida” a través de sus carreras curriculares. Pero nos choca pensar que estos “proyectos de realización personal” consisten en lo fundamental en postrarse ante otros, en alienación. ¿Acaso podemos llamar “personal” al currículum solo porque lo cumplimenta cada quien?, ¿No es confeccionado, por lo general, en otras instancias sobre las que el aspirante no ejerce ninguna influencia o incluso desconoce?

LA VIDA BUENA

¿Qué hemos de concluir entonces?, ¿Que hay o que no hay diferencia sustancial entre el pobre en busca de subsidios y trabajos temporeros y la meritocracia que persigue más y mejores símbolos de estatus y seguridad privada? Quien concluya que la vida buena se cifra en el “nivel de vida” (capacidad de gasto, premios y ascenso en el escalafón), responderá que las diferencias entre “pobres”, “clases medias” y “ricas” es la diferencia fundamental de nuestras sociedades. Y que la estrategia racional para estos es hacer méritos (currículum “personal”) para ascender en esa escala.

Sin embargo, quien considere que la libertad y una independencia trabada en común (mutua dependencia) son valores de primer orden, no subordinables a otros, entenderá que el “nivel de vida”, no es la vara de medir fundamental para determinar las diferencias sociales. Encontrará además que la dependencia y la alienación se distribuyen por igual en la “escala social”.

Desde este ángulo, que es el de la concepción republicana de lo político, lo que vemos ante nosotros (y a lo peor, donde nos vemos nosotros) es una interminable cadena de servidumbres atravesando toda la escala social y una pobreza extendida. Porque para esta tradición de filosofía política, pobreza no es “bajo nivel de vida” sino sometimiento o, como lo llamó La Boétie, servidumbre voluntaria. Desde esta perspectiva, una vida frugal y ligera de equipaje no es pobre si no es sometida.

La concepción republicana alboreó en los inicios de las revoluciones modernas, pero, desde entonces, todo el ordenamiento institucional ha venido configurándose al margen o contra ella. Ello explica que, en nuestros días, para la inmensa mayoría, una vida buena sea, “naturalmente” un “buen nivel de vida” y sus correspondientes ascensos. Y que sea muy difícil el ejercicio de la libertad en común sin necesidad de heroísmo. Porque, aunque pueda aleccionarnos su ejemplo, no todas las personas tenemos el temple e ingenio de Don Quijote.

(*) Félix Talego, Ángel del Río y Agustín Coca son antropólogos de las universidades de Sevilla y Pablo de Olavide.