¿Qué quiere ser Podemos?

Por Javier ARISTU

Bruno e Ignacio, dos muy queridos amigos, y compañeros a la vez en un proyecto del que en su momento informaremos, critican mi benevolencia con un artículo de Fernando Vallespín sobre Podemos publicado el pasado sábado en El País [clicar aquí para leer el artículo]. Alguien dijo que sólo a partir de los desacuerdos comienza el debate político de interés. Pues entonces está abierto el mismo. Tres términos centran la discrepancia amistosa sobre nuestras respectivas visiones del actual proceso en Podemos: la transversalidad, la hegemonía y el factor electoral. Hablaremos de eso pero antes resumamos los dos aspectos claves del artículo de Vallespín por el que mostré mi acuerdo y simpatía.

El profesor y politólogo de la universidad madrileña viene a decirnos que Podemos ha cometido dos tipos de errores: uno, de carácter espacial, al haber confundido transversalidad electoral con abandono de posiciones de radicalidad, de izquierda; dos) de carácter temporal, al pretender dotar de contenido a una fuerza política progresista del siglo XXI (Podemos) con recetas y programas de la vieja socialdemocracia representativa de otro modelo social basado en la industria y un estado de bienestar en crisis. Es decir, Vallespín critica la deriva actual de Podemos en lo que se refiere a su abandono de posiciones y definiciones de izquierda y su recurso a lo viejo para fundar una fuerza política nueva. Y eso, insiste, no se resuelve ganando las elecciones sino conquistando antes la hegemonía dentro de la izquierda.

Los amigos me critican mi coincidencia con la reflexión de Vallespín de diferentes maneras. Ignacio, por ejemplo, se pregunta si la hegemonía en la izquierda es posible sin disputa electoral, y achaca que —cito textualmente— “el discurso de la no-transversalidad es más irreal que el de la transversalidad. La complejidad social conduce a navegar entre diversas contradicciones con cierta simplificación, a gestionar intereses diferentes incluso en el mundo del trabajo, a abordar pequeñas disputas esencialistas y puras. ¿Qué es ser no-transversal?”. Bruno, por su parte, incide en el discurso sobre la hegemonía, se pregunta “¿Qué es eso de conseguir la hegemonía sin ganar un espacio electoral potente?”, y critica que desde cierto pensamiento de la izquierda “volvemos a las eternas discusiones de la izquierda sobre el sexo de los ángeles”. Como puede verse, el tema da para mucho y, desde mi modesta y discreta mirada de espectador —dado que no participo ya en ningún proyecto político partidario— intentaré conversar con mis amigos desde esta tribuna abierta a la que invito a ambos, y a otros, a proseguir con otros argumentos y discrepancias.

¿Se trata de construir una fuerza política, un partido, una plataforma electoral…u otra cosa?

Podemos, formación electoral surgida de forma acelerada y urgente en vísperas de las elecciones europeas de hace un año, ha pasado a ser una formación política que todas las encuestas y estudios electorales dan como parte esencial del nuevo sistema político español que saldrá de las próximas elecciones generales. Para ello ha puesto en pie, a partir de hace ya varios meses, un edificio organizativo, una estructura de funcionamiento y una dirección ejecutiva, que acaba de tener una primera baja con la dimisión de Juan Carlos Monedero. Podemos está, así lo entiendo, en una fase constituyente como partido político. No sabemos, sinceramente, si terminará siendo un partido nuevo —a la manera en que Togliatti definió al Pci en una época (1945) y en un contexto completamente diferente— o se parecerá más a un movimiento electoral que tiene sus puntas en las convocatorias electorales y languidece el resto del tiempo.

Desde mi punto de vista la dirección de Podemos no ha definido con claridad este aspecto. No termina de concretar qué quiere levantar y qué medios está dispuesta a poner a fin de construir el instrumento político. Da la impresión de que desea una potente máquina electoral y mediática, capaz de ganar las elecciones o, vistas las encuestas últimas,  al menos ser los primeros de la banda izquierda, en vez de estar preocupados por construir en un largo plazo que iría más allá de las elecciones una formación política de nuevo estilo, representativa de las nuevas identidades o protagonismos de las que esa dirección tanto habla. Y este es uno de los debates en mi opinión esenciales, el del ritmo y la cadencia. ¿Qué va primero: ganar las elecciones o edificar un potente instrumento político? Es evidente que no son contradictorios y que, en buena ley, las elecciones son el medio por el que las fuerzas políticas desarrollan sus influencias y su hegemonía. Pero las elecciones no son el único medio y anteponerlas (para ganarlas) a cualquier otro objetivo puede ser posterior motivo de frustración. ¿Qué hará si alcanza el 20 por ciento de los votos?

Levantar un potente organismo político, casi desde cero, que sea a la vez capaz de generar procesos de hegemonía cultural en la sociedad y ganar elecciones demanda bastantes más cosas, creo, que lo que está haciendo la dirección de Podemos. Y dicho sea con el máximo respeto que me produce todo aquel que se dedica a la política, a cara descubierta, dejándose ver todo el día y sujeto al escrutinio permanente del soberano ciudadano.

Creo que Podemos no está desarrollando un trabajo por ampliar los ámbitos de debate, discusión y colaboración con su formación. Son siempre las mismas caras. No más de media docena. Y esto no es un partido; parece más bien un grupo de amigos dedicados a impartir lección al resto de la ciudadanía. Teniendo como tienen el apoyo que las encuestas les dan, ¿no han sido capaces de ampliarse con potentes grupos de personas conocedoras de los principales ámbitos programáticos? ¿Acaso la sociedad española no tiene en su seno dirigentes culturales, sociales, teóricos que, compartiendo la propuesta de Podemos, puedan dar señales y orientaciones más allá de los discursos televisivos de su líder? Sé que Iglesias se reúne con representantes de asociaciones y de plataformas de diferentes ámbitos para escuchar sus propuestas y reflexiones. Hablo de algo más si quieres tener un partido. Se trata de levantar una organización de cuadros directivos y medios que son los que hacen política día a día fuera y dentro de las instituciones. Se trata de fabricar el cemento que hace permanente una plata forma electoral. Y ese cemento lo fabricas con ideas, con propuestas, con un programa discutido y amasado entre mucha gente.

Posiblemente alguien me diga que juego con armas caducas, que la cosa ya no va por ahí, que lo que se necesita es simplemente un líder, un lenguaje comunicativo y un programa simple bien transmitido a la gente. Si es así, yo soy de otro mundo.

Mi mundo, y creo que el de otra mucha gente, va ciertamente por reconstruir procesos de hegemonía donde las elecciones son fase y punto decisivo, claro que sí, pero donde a la vez o se desarrollan otros instrumentos culturales y sociales democráticos o serás, más pronto que tarde, engullido por la dinámica electoral y podrás terminar perdiendo las elecciones… y la hegemonía. Para ganar elecciones los partidos tienen dos alternativas: o tienen tras ellos poderosos medios de poder y mediáticos que le apoyan y le facilitan —no siempre— el éxito (sobran los ejemplos en España) o bien se dotan ellos mismos de sus propios medios e instrumentos capaces de cohesionar a su gente militante y de conseguir el apoyo activo y/o pasivo de un electorado consistente. Algo de esto últimos ha hecho Pablo Iglesias y su equipo. Me da la impresión, sin embargo, de que Podemos ha escorado en demasía su dependencia de los medios de comunicación y está descuidando totalmente aquellos otros que le harían ser un partido más consistente, más cohesionado y más autónomo.

La dirección de Podemos se está fijando quizás demasiado en el Psoe de 1982 que, no lo olvidemos, es resultado de un proceso anterior que nace en Suresnes en 1974 y se perfila a partir de 1976 en España. Aquel partido de 1976 no tenía estructura ni cuadros. Era, creo no faltar a la verdad, un pequeño grupo de jóvenes dirigentes apoyados por la Internacional socialista y por otros sectores nacionales influyentes. De aquel pequeño grupo salió un gran partido electoral al que apoyaron millones de personas en 1977 y muchos más en 1982 y que se hizo después partido de miles de cuadros instalados en las instituciones. ¿Estamos hablando del mismo proceso en Podemos? ¿Es ese el espejo en el que se mira su grupo dirigente? Creo que si así fuera estaría diciéndonos que confía en que algún poderoso medio de comunicación —que sea a su vez expresión de poder financiero— le apoye y sostenga. No creo que este sea el raciocinio de Pablo Iglesias ni de su equipo por lo que sigo sin entender por qué no han desarrollado a lo largo de estos meses otras estrategias de capilaridad social, de penetración en el cosmos social, de articulación de instrumentos de influencia cultural. ¿Son eso los famosos círculos? Me da la impresión que no.

Otro aspecto que me llama la atención de esta última fase de la evolución de Podemos  es la poca insistencia en el desarrollo del programa concebido este como línea política. No hablo de documentos que tengan ese título, hablo de la comprensión que la gente tiene de lo que quiere un partido, comprensión establecida a partir de las declaraciones de los dirigentes de ese partido, de los principales artículos de prensa que ellos escriben, de las tomas de posición ante asuntos de importancia, como nos recuerda Donald Sassoon. Aquí el déficit es importante, creo. Sabemos más o menos qué dice el PP, cuál es el discurso nuclear del PSOE (aunque muestre enormes contradicciones cuando lo concreta), incluso Ciudadanos nos presenta ya elementos de un programa económico que suena a algo. No sabemos cuál es la línea de actuación de Podemos ante las futuras elecciones generales (no se presenta como tal a las municipales) y, además, qué piensa acerca de las grandes líneas de alianzas posteriores. Sabemos que se cita a Olof Palme y a la corriente nórdica de la socialdemocracia como referentes pero no se dice nada más allá de la recuperación del malogrado estado del bienestar, “debilitado por el austericidio y la política del PP”, sin entrar de momento en cómo actuar ante las profundas modificaciones en el mundo del trabajo. En un reciente artículo publicado en la revista digital Jacobinmag César Rendueles y Jorge Sola, dos politólogos, la misma profesión que Pablo Iglesias, advierten de la enorme debilidad de Podemos en la reflexión sobre el mundo del trabajo, y el error de situar la centralidad de la crisis en la clase media, modulando un discurso político donde ésta, la clase media, sería la gran víctima de la crisis ignorando todos los datos estadísticos y sociales que nos dicen que los auténticos perdedores de esta crisis histórica son los sectores más débiles, los segmentos más bajos de la sociedad, es decir, los trabajadores sin estudios y los inmigrantes. Y si Podemos no elabora un discurso adecuado para esa gente serán otros quienes lo hagan con más eficacia seguramente.

Construir y conservar una fuerza política es algo muy dificultoso; si además uno quiere que esa fuerza política no se parezca en nada a las demás el ejercicio es doblemente azaroso. No se puede tirar por la borda un extenso catálogo de buenas experiencias políticas que ha dado la historia. La gran mayoría han cubierto ya su papel y su función pero ello no quiere decir que no tengamos que seguir aprendiendo de sus experiencias, de sus fracasos y de sus derrotas. Y eso no es hablar del sexo de los ángeles, es hablar de en donde te sitúas a la hora de marcar tu relación con los otros. Desde una colocación a la izquierda se puede ser capaz de atraer a una parte de la sociedad más moderada que, sin estar expresamente marcada por una identidad de izquierda, comprende que ese partido de izquierda le puede resolver su situación y le puede beneficiar. Hay casos fáciles de recordar, cito algunos: en Italia el Pci de Togliatti y Berlinguer en los años 60 y 70, el PT de Lula en Brasil (no me atrevo a hablar del PT actualmente), Syriza en Grecia ahora mismo. Hay otros que, a fin de ampliar electorado para poder ganar elecciones, se transmutan en partidos centristas, moderados, sin referencias de izquierda, convertidos en máquinas electorales para desarrollar políticas conservadoras. Creo que en fases muy claras de la reciente historia española el Psoe ha desarrollado esta función.

No se trata de subrayar identidades simbólicas y retóricas en relación con unos hipotéticos eternos valores de izquierda; este ha podido ser el trayecto de una IU carente de programa y de proyecto adecuados a la nueva situación. Pero tampoco creo que lo más conveniente sea apostar por una transversalidad vacía de contenidos sustantivos y de elementos programáticos tal y como he citado antes. No hay votantes predeterminados ni a favor ni en contra; es evidente que todo partido que aspire a gobernar debe superar sus propios espacios ideológicos y entrar en terreno minado, en campo enemigo. Iglesias lo ha remarcado muchas veces y yo estoy completamente de acuerdo. Pero, a la vez, ese partido tiene que tener perfectamente claro cuál es su espacio ideológico. ¿O es que ha desaparecido la ideología de la política? Y cuando hablo de ideología hablo de un conjunto de valores,  propuestas y proyectos ideales. El poeta Dante definió muy bien en estos versos lo que quiero decir:

Hiciste como aquél que va de noche

con una luz detrás, que a él no le sirve,

mas hace tras de sí a la gente sabia,

 Gramsci es autor muy citado por algunos de los dirigentes de Podemos lo cual, en principio, es indicativo (aunque a veces tanta cita evita meditar el presente con la necesaria libertad de pensamiento) y no voy a ser yo menos en eso de las citas. En el primer número de aquella revista que se llamó L’Ordine Nuovo, el 1 de enero de 1921, escribía Antonio Gramsci: Una asociación puede ser llamada partido político solo en la medida en que posee una doctrina constitucional propia, solo en la medida en que consigue concretar y divulgar una noción propia de la idea del estado, solo en la medida en que consigue concretar y divulgar  entre las masas su programa de gobierno para organizar prácticamente, es decir, en condiciones determinadas, con hombres reales y no con abstractos fantasmas de humanidad, un Estado.

Se trata, por tanto, de saber qué quiere ser Podemos antes y después de las elecciones porque creo que es un debate que interesa a la mayoría social de nuestro país.

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