Lavado en seco

Foto flickr: Hannes

Por Javier ARISTU

Hacía meses, muchos meses, que no lavaba el coche y decidí que le hacía falta un buen repaso. Alguien me había comentado que existía en la ciudad un centro de “lavado ecológico” de coches. ¿Qué es eso de lavado ecológico de coches? “Sin agua”, me respondieron. Mi comunicante se explayó: “Se trata de una técnica que no utiliza agua, con lo que el ahorro de esa fuente de vida es francamente positivo”. Me quedé sorprendido al saber que se podían lavar coches sin utilizar el agua, pensé que era una buena forma de colaborar con la conservación ecológica del planeta —ya saben, pequeñas iniciativas que ayudan a resolver problemas globales— y decidí llevar el coche a ese centro de lavado ecológico.

El lugar se asienta sobre unos pocos metros cuadrados, calculo que no más de veinte, de un inmenso parking subterráneo en un conocido centro comercial de la ciudad. Cuando llegué, me acogió rápidamente un encargado, de no más de 30 años, me informó del precio y me dijo que volviera en dos horas y que el aparcamiento lo debía pagar yo.

Al volver tras ese periodo de tiempo vi que el coche estaba impecable, estaban terminando los últimos detalles, aquí un cristal, allí un faro antiniebla, de tal modo que quedara como una patena. Mientras los dos trabajadores de no más de 25 años culminaban sus tareas, me dediqué a ver la forma de trabajo y la tecnología que usaban. Esto es lo que observé:

Armados con unos frascos pulverizadores, los dos trabajadores difundían un líquido por la parte frontal del vehículo, luego con otro frasco también pulverizador, expandían otro líquido por techo y puertas del coche. Posteriormente, tomando unos trapos de un pequeño armario, se dedicaban a frotar y frotar y frotar la superficie del coche hasta eliminar todo rastro de suciedad, costra o impureza del automóvil. En el poco tiempo que estuve observando cambiaron dos veces de trapo pero no dejaron de realizar esos ejercicios de manos que denominamos frotar. No pararon de restregar y restregar. Incitado por la curiosidad le pregunté a uno de esos jóvenes lavacoches qué otra técnica usaban para dejar los coches tan limpios como se podían ver. “Ninguna” —me dijo—, “nuestro único trabajo es pasar estos trapos una y otra vez por el coche hasta dejarlo limpio. Con las llantas de las ruedas aplicamos otro líquido y las limpiamos con un cepillo manual que entra por las rendijas de las mismas”. ¿Y cuántas horas dedicáis a este oficio?, le dije en plan investigador: “Todo el día, de 9 de la mañana a 9 de la noche. Los sábados, también”, me contestó. No me atreví a preguntar el precio de la hora de trabajo (debí habérselo preguntado) porque ya en ese momento mi ánimo comenzó a flaquear. Su mirada indicaba todo lo que estaba ocurriendo en aquella cueva donde nunca entra el sol: era un auténtico infierno su trabajo. “Esto es lo que hay, pero no tengo otro sitio donde ir”, sentenció. Cuando mi coche estuvo listo pagué con mucha vergüenza y salí escapando de aquello.

Lavado ecológico de coches que no utiliza ninguna tecnología innovadora y, por tanto, ahorradora de esfuerzo físico humano, sino que, al contrario, se basa en el uso intensivo del trabajo humano a un coste mucho menor que antes. Aumenta el uso de este esfuerzo humano creando un mayor beneficio ya que abarata el coste del trabajo a base de salarios mínimos. Sin ver la luz del sol, sin descansos. Y sin ninguna innovación ni avanzada tecnología.

Entiendo que la experiencia que tuve, como un ejemplo particular pero indicativo de lo que está pasando, refleja algunos fenómenos del actual proceso de reestructuración del mundo del trabajo, de la explotación intensiva del factor humano y de la subordinación de este al factor del beneficio empresarial.

Es significativo que en todo el proceso de este hipotético lavado ecológico de coches la estampilla ecológica sea fundamental, es como una marca de identidad, un valor añadido decisivo a fin de aumentar la producción. En estos tiempos se han ido generando unos segmentos sociales urbanos, de clases medias, modernizadas y socializadas en torno a unos vectores de nueva cultura donde lo ecológico es clave. Compramos productos de huertas ecológicas, fruta de temporada y de lugares cercanos por aquello de la huella ecológica, usamos productos de limpieza sin elementos químicos, jabones naturales, pollos de corral garantizados y tantos otros bienes que no proceden de cadenas o procesos industriales sino que responden a la etiqueta ecológica. Está bien, nada que objetar. Yo fui a lavar el coche a ese centro con el reclamo de un lavado ecológico. Ocurre, sin embargo, que esa marca de calidad está ocultando a veces unos procesos de trabajo semi esclavo que no tienen justificación. Con el marchamo de la ecología se están favoreciendo procesos destructivos de la dignidad en el trabajo. Y eso lo tendremos que tener en cuenta también a la hora de decidir como consumidores.

En este microproceso que estoy describiendo aparece otro elemento fundamental que favorece el nuevo modelo de explotación del trabajo: la franquicia. El local donde “lavaron” mi coche era un aparcamiento propiedad del centro comercial, no del empresario de lavado; la marca general que tiene el identificativo y el logotipo es sin duda de una gran empresa con sede en Londres o Nueva York que solo pone el nombre y las banderitas identificativas pero que se llevará un porcentaje fijo o flexible de todo lo que se produzca en esos pequeños metros cuadrados. ¿Quién es el empresario? Posiblemente un individuo de clase media, un nuevo emprendedor, que desea hacer negocios y resolver su vida en el mundo del business, y  que será quien tenga que pagar al centro comercial por el uso del espacio, comprar los productos que le diga la central, abonar a Hacienda los correspondientes impuestos…y pagar a esos jóvenes trabajadores con jornadas de 12 horas seis días a la semana. La franquicia es una nueva modalidad de utilización laboral donde los conceptos de explotador y explotado se difuminan pero donde siempre hay alguien que es el más explotado, el asalariado, el último de la cadena. Antes ha dejado en el camino una ristra de beneficios, mayores o menores, al franquiciador y al franquiciado.

Otro aspecto que me interesa destacar es el de la aplicación de la tecnología y de la innovación a los procesos de trabajo. Hemos publicado en este blog un duro y leal alegato del filósofo Franco Berardi contra la representación del mundo del trabajo, los sindicatos europeos, que no fueron capaces de asumir los cambios tecnológicos que ya se estaban planteando en los años 70 del pasado siglo. Berardi dice que el movimiento obrero “terminó oponiéndose a la tecnología, en vez de utilizarla como instrumento de liberación del trabajo”. Posiblemente ahí está alguna de las principales razones que pueden explicar el actual retroceso y la actitud defensiva de la parte sindical. Hay ya bastante literatura sobre el asunto de la innovación tecnológica y su repercusión sobre el mundo del trabajo. Pero no todo es innovación y tecnología. El caso del lavado ecológico es precisamente el contrario, el del recurso al más viejo instrumento de producción: la fuerza humana de trabajo, despreciando la incorporación de la máquina para posibilitar una mejora del trabajo humano. No vi en ese lúgubre centro de trabajo bajo la tierra ni una máquina, salvo el aspirador, ni una tecnología que pudiera suponer ahorro de fuerza humana de trabajo. Todo el instrumental eran las manos, la fuerza y el aguante físico del trabajador. ¿No es posible acaso conciliar tecnología y ecología? ¿Acaso no se puede disponer de una tecnología que ahorre agua y al mismo tiempo trabajo humano? ¿No es evidente que el futuro de la humanidad, de su libertad, pasaría por conciliar esos tres vectores ligados a la producción como son la conservación del medio ambiente, la aplicación adecuada de la tecnología y, que no se nos olvide, la dignificación y mejora del trabajo humano que, entre otras cosas, pasa por la reducción de la jornada y del esfuerzo físico.

tiempos-modernos-23-12-12-aAnteriormente el trabajo se ocultaba bajo los muros de la fábrica, recintos cerrados y protegidos del exterior con guardas de seguridad y cancelas que no se abrían sino a las horas establecidas. Cuando comprábamos un producto no sabíamos cómo se había fabricado, qué tecnología había tras el mismo, cuánto había costado la hora de trabajo del obrero que lo había producido: nos basábamos en la marca, en el logotipo, en la calidad que pretendidamente había tras el objeto fabricado. Una de las inmensas ventajas con que ha contado el capitalismo clásico ha sido su capacidad para escindir el mundo productivo del mundo social, ha creado el universo productivo como un universo oculto al resto de los mortales: no sabíamos ni alcanzamos de verdad a saber, porque solo lo sabían los que estaban dentro de esos muros de la fábrica, cómo se trabajaba, cómo era un taller en cadena, como funcionaba el milagro de la producción en masa…y de la plusvalía. Chaplin fue genial cuando metió la cámara de cine dentro de esos muros y nos mostró el esqueleto de la producción en su película Tiempos Modernos.

Hoy sigue existiendo esa ruptura. No sabemos cómo se fabrican las camisas de Zara o de HM (tiene que haber un desplome de un edificio en la India con más de 500 muertos para que podamos acercarnos a una parte de la realidad); no sabemos cuánto gana al día un camarero de McDonald’s; el contrato o lo que sea de un repartidor de DHL es un secreto para el resto de los ciudadanos. Esa ruptura entre vida productiva y vida social hay que recomponerla, tenemos que desmontar ciertos castillos ideales que lo único que contienen es una nueva manera de explotar al trabajador con horarios de locura, salarios de miseria y condiciones de salud infames.

Me voy a pensar lo de llevar de nuevo el coche  a un lavado ecológico. Creo que, si lo hago, estaré colaborando con un mayor deterioro de las condiciones generales de trabajo.