Hacer política

Foto flickr: Jose Maria Cuellar

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Pietro Nenni contó en sus Memorias que cuando el Partido Socialista Italiano decidió romper el frente común con los comunistas y trabajar en la consolidación de un espacio de centro-izquierda, Palmiro Togliatti utilizó toda su capacidad de persuasión para intentar convencerle de que aquel era un paso equivocado. Después de varias tensas conversaciones, el líder comunista constató que no habría marcha atrás y la ruptura era ya un hecho consumado e irreversible. Entonces suspiró: «¡Feliz tú que vas a hacer política! Yo me veré reducido a hacer solo propaganda.»
Hoy nos encontramos en España delante de una disyuntiva bastante parecida. En el seno de una sociedad en mutación, con una clase política arruinada por el descrédito y ante un gobierno de la derecha enfangado en políticas de corte ventajista e impopular, las diferentes izquierdas se encuentran en una encrucijada crítica. Pueden resolverla haciendo propaganda, o bien haciendo política.
Propaganda es plantear que tenemos en nuestra “casa” todas las respuestas ajustadas a las demandas de la ciudadanía. No es así. La situación real es más bien la que expresó Mario Benedetti en una frase feliz: «Cuando creíamos tener todas las respuestas, nos han cambiado las preguntas.»

Propaganda es también la idea radical del borrón y cuenta nueva, la utopía de empezar una vez más desde cero, fiándolo todo a las virtudes de la asamblea o el círculo. Cualquier cosa que crece sobre la tierra lo hace a partir de sus raíces, y a mayor profundidad y grosor de las raíces se corresponden una altura y una corpulencia también mayor de la planta.
Propaganda es demonizar al rival político, querer avanzar a partir de vetos, de exclusiones y de descalificaciones. Es esa cantinela tan repetida a lo largo de las campañas electorales, y tan silenciada después: «¡Nunca pactaremos con ellos!» Curiosa táctica la que consiste, en lugar de aislar al enemigo, en aislarse a sí mismo del vecino al que posiblemente no haya más remedio que recurrir a corto plazo.
Quedarse en política en el momento del rechazo y de la negación es quedarse a la mitad del camino. En la política están sin solución de continuidad el momento del rechazo y el de la alternativa. El conflicto, y la política de alianzas para superarlo. La política, para expresarlo con la fraseología de la dialéctica hegeliana, tiene su coronación en la síntesis.
Tampoco hay que magnificar la síntesis. Representa un máximo común divisor, algo que queda muy por debajo de las expectativas de cada grupo concernido, de lo que se suele llamar su “programa máximo” o de máximos.
Pero la síntesis es el meollo de la política. Partir de la realidad factual, no para gestionarla en sus mismos términos con más o menos habilidad, sino para llevarla un poco más allá a lo largo de un itinerario, de un trayecto ideal, que nunca será idéntico para todos los grupos que han suscrito esa síntesis.
La política, la “gran” política, es un ejercicio penoso e ingrato, poco propicio para triunfos resonantes y no apto para impaciencias ni para ambiciones excesivas. Es, sin embargo, un ejercicio necesario para todos aquellos que no la conciben como un proceso de asalto al poder, sino como un despliegue molecular progresivo de brotes verdes de hegemonía social y cultural.
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Publicado originalmente en el blog del autor Punto y Contrapunto