La unidad de la izquierda (versión local)

Por Carlos ARENAS POSADAS

 Viniendo el viernes  pasado de Barcelona, me desayuno en el avión con la noticia de que, en plena calle, delante del ayuntamiento, los portavoces de Ganemos Sevilla comunican que esta plataforma que nació con voluntad unitaria se retira de la carrera electoral para las municipales, de donde se deduce que, a la izquierda del PSOE, la oferta quede una vez más fragmentada entre grupos y grupúsculos fiera y ridículamente enfrentados entre sí.

Como tantas otras veces, viniendo de Barcelona, la comparación con Sevilla es obligada. Si Ganemos ha tratado de importar el modelo Guanyem, ¿por qué en Barcelona sí y en Sevilla no?

Repasando motivos, y hasta donde alcanzo, se me ocurren de toda índole; algunos metodológicos, otros culturales y otros estructurales, aunque todos ellos broten de una misma raíz .

Lo que salta a la vista es que, lejos de parecerse al modelo organizativo barcelonés del que se dice deudor, a Ganemos Sevilla le ha faltado desde el principio una persona o grupo de personas, nombres y caras, a través de las cuales identificar un proyecto y una estrategia. Lo mismo le pasa a Podemos y a IU. Quizás no haya en Sevilla una Ada Colau o una Manuela Carmena, líderes naturales con una clara trayectoria de compromiso político y social, pero me parece que ni siquiera se ha intentado buscar las personas desprendidas, con la capacidad y la credibilidad suficientes para enganchar a los vecinos con el proyecto común.

Todo lo contrario, quizás por prevención a algunos nombres que se han ofrecido, se montó una estructura pretendidamente abierta a partir de asambleas y contactos en redes sociales, que no solo no han promovido la participación sino que han ido desenganchando paulatinamente a muchos de los que acogieron el proyecto con simpatías. Se ha demostrado que las redes sociales no son por sí solas instrumentos de transformación social porque suprimen el cara a cara, el compromiso nacido de vínculos personales y suelen conllevar la frivolización del debate, el análisis en 140 caracteres y, a menudo, la dictadura de quienes manejan el software. El temor a todo liderazgo convierte la organización en un conglomerado  confuso, en el que no queda claro quien asume la responsabilidad de negociar con otras fuerzas a la hora de promover la unidad.

El temor al liderazgo es consustancial a una ciudadanía carente de capital social, invertebrada, donde se ha asumido de antiguo que, a falta de empresas o de trabajo cualificado, la política  es catapulta de promoción personal antes que vocación de servicio. Como consecuencia, hay desconfianza hacia el interlocutor, aún más si pertenece a una generación distinta, resistencia a dejarse convencer, a llegar a acuerdos y a cumplirlos sin dinamitarlos, y todo ello conduce al fraccionalismo cainita.

Un fraccionalismo que se retroalimenta con viejas querellas de salón entre parroquias enemigas que son los epítomes de la división tradicional de la izquierda; fracciones incapaces de encontrarse porque carecen de un análisis correcto de la realidad actual, de los problemas que acontecen a nivel local, regional o global. A veces, “perder el tiempo” en analizar los problemas, en conocer al enemigo común,  es mucho más importante que adoptar supuestas soluciones parciales o irrelevantes. En vez de esto, la ignorancia se viste a veces de virtud y, otras veces, como el tuerto en el país de los ciegos, con la inmodesta convicción de que uno  posee toda la verdad y de que el matiz que presenta el otro lo descalifica absolutamente de por vida.

 Nada que ver por tanto con la esencia de lo que significa el municipalismo como palanca de acción y participación política desde abajo, con la elaboración de propuestas altereconómicas, con políticas de empleo donde la productividad no se mida solo en términos monetarios sino también en la satisfacción de necesidades sociales, con propuestas que sean como cargas de profundidad contra nacionalismos vetustos y contra la tiranía de los lobbies financieros, energéticos y multinacionales. Frente a estas ideas fuerzas que son visibles en Guanyem, bien explicadas y asumidas por una parte de la ciudadanía, las propuestas expuestas en Sevilla me han parecido un batiburrillo en el que se han ido solapando sin ningún orden ni prioridad las ocurrencias particulares.

Y es que Barcelona no es Sevilla. Aquella es una ciudad con ciudadanía –bueno, ahora hay casi más turistas que ciudadanos-; ha habido y hay en ella una elevada conciencia política, una tradición de lucha  a favor de las libertades y de la igualdad y un tejido asociativo sindical, vecinal, cultural, deportivo del que o bien ha carecido Sevilla o bien, cuando lo ha tenido como en los años setenta, ha sido fagocitado por el poder con el ánimo de crear clientelas trocando rebeldía por mamandurria.

Si en Barcelona hay cultura cívica es porque ha obtenido éxitos en el pasado. Las instituciones transversales, participativas e igualitarias permanecen en el tiempo porque son exitosas o porque hay expectativas de que lo sean; en Sevilla se liquidan a poco de iniciarse porque la esperanza de cambiar las cosas es lo primero que se pierde, y en ese caso, es mejor seguir alimentando relaciones gregarias a la espera de que el patrón, el secretario general o el hermano mayor de la cofradía se digne posar su vara de oro sobre nuestro hombro.

Pese a todo, creo que todavía estamos a tiempo. Sevilla o, mejor dicho, los sevillanos se merecen que los partidos o plataformas que dicen representar a la izquierda,  se provean de representantes  generosos y solventes que olviden rencillas de campanario y se sienten hasta encontrar alternativas a una ciudad que sigue anclada en un narcisismo castrante.

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