Nuevo parlamento, nuevo gobierno

Por Javier ARISTU

 El 16 de abril se celebrará la sesión constitutiva del nuevo Parlamento andaluz nacido de las elecciones del pasado 22 de marzo. Se iniciará así la X legislatura, 33 años después de aquel adánico 1982. Ciertos datos apuntan a que podría haber un gobierno monocolor del PSOE, con mayoría relativa y en un hemiciclo más complicado al estar compuesto, además del partido de la mayoría, por cuatro fuerzas —tres de ellas decisivas para un hipotético gobierno de coalición o para dar la mayoría absoluta. Pero al día de hoy eso no está tan claro, si tenemos en cuenta las declaraciones de las fuerzas parlamentarias decisivas. En resumen, el PSOE no puede constituir gobierno si alguna de esas tres fuerzas (PP, Podemos, Ciudadanos) no se abstiene o vota a favor; y, si eso ocurriera en la sesión de investidura, el PSOE no tiene garantizado el gobierno durante cuatro años si alguna de esas fuerzas no le apoya activa o pasivamente en el parlamento. Las leyes y las propuestas parlamentarias  necesitan mayoría y el PSOE no la tiene de momento. Es el primer partido en voto y en escaños pero…no tiene la mayoría necesaria. O eso lo aprende pronto Susana Díaz o puede cometer errores garrafales.

Por ejemplo, pensar —ya lo ha dicho el portavoz parlamentario Mario Jiménez— que el hecho de ser la primera fuerza parlamentaria le da derecho a presidir la cámara representativa. ¿Por qué? Ha dicho Jiménez en algún medio: “”Evidentemente la mayoría de la Mesa y los puestos de más relevancia, incluida la Presidencia del Parlamento, debe corresponder al PSOE-A, que es lo que ha reflejado el resultado de las elecciones“. Error. Las elecciones han decidido solo una cosa, la más importante: que hay 109 nuevos diputados y que, de ellos, 47 son del PSOE, es decir, que no tienen la mayoría parlamentaria. A partir de ahí, la organización de esa asamblea es cosa de la propia asamblea, según el reglamento. Eso lo saben los alumnos de primero de carrera. No existen “privilegios” que justifiquen  que por el hecho de ser el partido más votado tenga que alcanzar la presidencia del parlamento. Las instituciones parlamentarias funcionan con principios que consolidan el valor igual de cada diputado y, por tanto, el de la legitimidad de las combinaciones parlamentarias.

Este argumento, el de tener como prerrogativa que dan las las urnas no solo la presidencia del gobierno sino también la del parlamento —y si puede la mayoría de la mesa— es uno de los comportamientos negativos de nuestra tradición parlamentaria. En algunos países suele ser precisamente el partido segundo en votos el que preside el parlamento para aportar uno de los factores decisivos de toda democracia representativa: que el control del gobierno se hace desde el parlamento y por eso la presidencia no es del partido que gobierna. Así ha ocurrido en Alemania en otras legislaturas gobernada por la CDU, cuando no hubo Gran Coalición, o en la Italia de los años 70 del pasado siglo cuando precisamente el Parlamento italiano fue presidido por los comunistas Pietro Ingrao (recién centenario) o Nilde Jotti frente a los gobiernos de la Democracia cristiana. Una tradición que da coherencia a la democracia parlamentaria y que desgraciadamente hemos rechazado en nuestro país. A lo mejor es hora de recogerla y de practicar otro estilo y otra cultura parlamentaria distinta a la del seguidismo de la decisión del gobierno.

Reforzar la tarea y la función parlamentaria, dotar a la cámara de protagonismo y de sentido: esta puede ser alguna de las buenas consecuencias de las elecciones del 22 de marzo. Abandonar el viejo estilo de que la presidencia se concede al “mejor socialista ya en dique seco” y revalorizar la función de control del gobierno precisamente porque su presidente no es un diputado de la mayoría gobernante. ¿Será posible? ¿Serán capaces los diputados de las minorías de entender este mensaje que, en mi opinión, es casi más importante que el de investir o no a la diputada Susana Díaz como presidenta de gobierno andaluz? No se trata de volver a la desdichada teoría de que “se gobierna desde el parlamento”, que alguien dijera en aquel 1995, pretendiendo hacer de los pupitres de Las Cinco Llagas una permanente guerrilla contra el gobierno, sustituyendo a este en la tarea de poder ejecutivo; se trata, nada más y nada menos, que de desplegar todas las posibilidades que da una institución parlamentaria: legislar y controlar la acción de un gobierno.

Sería una buena lección de estas elecciones sacar dos conclusiones: una) el PSOE, como partido con el 35,4% de los votos y el 43% de los escaños está legitimado para ejercer la tarea de gobierno y, por tanto, hay que facilitar que así sea; dos) hay una mayoría parlamentaria que, en principio, no está por gobernar con el PSOE y, por tanto, debe desarrollar una leal y seria tarea de control de la acción del ejecutivo.

Por ello, entiendo que el 16 de abril debería abrirse la vía para que Susana Díaz sea investida como presidenta de la Junta y, a la vez, para que la persona que presida el Parlamento sea de un partido distinto al de Susana Díaz. Después vendrán cuatro años por delante para que en Andalucía se pueda hacer política, se pueda visualizar  esa nueva política de la que tanto se habla… y a veces tan poco se practica.