Un nuevo ciclo

Foto: David Castañón

Por Javier ARISTU

Las elecciones del próximo domingo no sé si serán históricas —todas lo son en sentido estricto—, serán anécdota de pocos días o se convertirán en adelanto de lo que va a pasar en el resto de España a lo largo de 2015. De momento, me parece oportuno distinguir dos aspectos del momento presente: por un lado, las correlaciones parlamentarias que se deducirán de los resultados electorales; por el otro, lo que significan dichos resultados “en clave social”, es decir, en relación con los cambios de sociedad que en puridad son más profundos.

Vayamos a la primera cuestión: las correspondencias parlamentarias. Parece probable que en Andalucía cambiará la correlación que hasta ahora había sido la significativa del parlamento andaluz, un trípode desequilibrado pero trípode (tras la desaparición de la cuarta pata parlamentaria del Partido Andalucista en 2008), basado en la hipermayoría del PSOE, un PP que captura todo el voto de centroderecha y una IU que se mantiene en posiciones minoritarias pero representativas de un sector social determinado. A partir del lunes podría producirse una multiplicidad de fuerzas parlamentarias —hasta cinco si hacemos caso a las encuestas—, una imposibilidad de hacer gobierno en solitario del partido ganador con su consecuente necesidad de constituir coaliciones, o bien la inevitabilidad de constituir una legislatura basada en los acuerdos interpartidarios más o menos permanentes y estables para no dar paso a la inestabilidad permanente. Desde ese punto de vista son elecciones muy importantes porque podrían cambiar el sesgo bipartidista que en la práctica ha venido funcionando en Andalucía desde hace bastantes legislaturas abriendo un nuevo ciclo más plural y con más protagonistas. Como ninguno de los candidatos ha hablado de coaliciones ni pactos dejemos que hable el cuerpo electoral.

En relación con el otro aspecto, el de las significaciones sociales, estas elecciones pueden confirmar que la sociedad andaluza, como la española, está cambiando y que nuevos protagonistas y sujetos sociales están llamando a la puerta de la democracia representativa y de sus instituciones. ¿Por dónde se inclinarán los nuevos 245.000 electores (que suponen el 4% del electorado) que, cumplidos los 18 años, van a participar por primera vez en las elecciones autonómicas? Estos jóvenes, ¿expresan en su mayoría la cultura del 15M y de renovación de la política o repiten más bien la cultura política de sus antecesores? ¿Hasta qué punto los acontecimientos de los tres últimos años han fraccionado y modificado los comportamientos electorales del pasado? Son preguntas que solo tras las elecciones del domingo podremos ver contestadas. Creo que la configuración de un parlamento plural, diverso y variado, nos indicará que la sociedad está modificando sus parámetros de identidades, que ya no es la misma que hace diez años, que es evidente que las modificaciones tan extraordinarias que está sufriendo el mercado de trabajo —y que vienen de hace años— tiene que afectar de una manera u otra al cuerpo electoral. La situación de deterioro económico y social a la que hemos asistido en esta última etapa, con una crisis que no termina de irse y con unas consecuencias sobre las formas de convivencia que durarán posiblemente bastantes años, no pueden dejar de afectar a un cuerpo electoral de ciudadanos que, cada uno a su manera, vive esa crisis con temor y miedo al futuro.

Miedo al futuro. Pienso que es un elemento que tendremos que añadir al conjunto de explicaciones tras el domingo 22. Ante ese miedo social a lo que se está configurando como modelo social (precarización, inestabilidad laboral, inseguridad vital) se puede responder de varias maneras: bien con respuestas alternativas audaces, bien con tendencias a mantener lo poco que nos queda o bien con pulsiones conservadoras y agresivas inventándose enemigos externos. Tenemos las experiencias europeas que nos muestran cómo se está respondiendo en cada sitio; nos podemos fijar en Francia y el auge de la extrema derecha, en Reino Unido y el ascenso de las opciones nacionalistas y xenófobas, podemos referirnos  al caso de Suecia donde precisamente este domingo 22 decide qué salida va a tener la crisis gubernamental y parlamentaria desencadenada por el fuerte partido anti inmigración que se denomina Demócratas Suecos. Tenemos la experiencia, única hasta ahora, de Grecia, con un gobierno prácticamente en solitario de una izquierda nueva, venida de anteriores experiencias pero que tiene poco que ver con la socialdemócrata. Una experiencia que no sabemos si tendrá éxito o será exponente de otro fracaso más de las alternativas a la política neoliberal. Y, finalmente, tendremos la respuesta española de noviembre de este año, cita electoral que sí podremos ya definir como histórica.

¿Será capaz la sociedad andaluza de superar el miedo social generado por la crisis depositando su voto a favor de opciones políticas nuevas y alternativas a las actuales? ¿Seguirá predominando el voto del continuismo confiando que de esa forma no se empeore su situación? ¿Optará hacia soluciones más aún conservadoras y discriminatorias?

Pase lo que pase creo que las fuerzas políticas andaluzas tendrán a partir del lunes que plantearse otra agenda y otra manera de gestionar la política. A partir del lunes 23 un nuevo ciclo político comienza a abrirse y a dejarse ver. Confiemos en que los protagonistas elegidos en las urnas sean capaces de dar cumplida y buena respuesta al mismo.

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