Paisaje tras el ‘tsunami’

Foto: Lucho Molina

Por Jesús CRUZ VILLALÓN

Parece que finalmente la recuperación del crecimiento económico está provocando un cierto impacto de crecimiento del empleo, que esperemos sea sostenido y de mayor intensidad. Sin duda se detectan expectativas positivas, que se orientan hacia una nueva etapa, que definitivamente cierra el ciclo negativo.

Ahora la pregunta que hay que hacerse es cuál es el panorama para el inmediato futuro, tras un periodo tan dilatado y profundo de destrucción de empleo. El interrogante es qué impacto cualitativo ha tenido todo este duro proceso de reajuste y, en particular, cuál es el escenario previsible de evolución del empleo. La cuestión planteada de forma resumida es si todo el proceso sufrido ha servido para depurar el mercado de trabajo, para provocar una catarsis suprimiendo los empleos inviables al tiempo que se han creado los cimientos para a partir de ahora permitir un crecimiento en clave de mayor productividad y calidad del empleo, o bien, por el contrario, nos hemos limitado simplemente a bajar unos cuantos peldaños en la escala de desarrollo económico, reducir los estándares laborales, para situarnos en un panorama de deterioro generalizado del mercado de trabajo.

Por desgracia, todos los indicios presentan un paisaje tras el tsunami de lo más desalentador, donde la respuesta se escora en esencia en la segunda dirección. Es cierto que se aprecian algunos espacios de real cambio estructural, pero la tónica general es la contraria: desde el punto de vista cualitativo, en el mejor de los casos nos encontramos en la casilla de partida, sin haber corregido ninguno de los problemas de fondo. La prueba más significativa de todo ello se aprecia cuando, apenas repunta el empleo, el sector donde más crece es de nuevo la construcción, al propio tiempo que la hostelería también se presenta como uno de los focos clásicos de creación de empleo. En definitiva, se vuele a la centralidad de sectores tradicionales, que sólo proporcionan empleos descualificados, de mero uso intensivo del trabajo y escasa productividad, cuando a los jóvenes se les pretende orientar hacia la alta formación y empleabilidad. Lo que se postula como antídoto a la volatilidad del empleo, la potenciación del sector industrial y de las actividades con mayor potencialidad de innovación y productividad, no se vislumbra como cambio cualitativo resultado de una reforma real del mercado de trabajo.

Pero, es más, el resto de los datos que se pueden traer como referencia abundan en que desde el punto de vista cualitativo no hemos cambiado sustancialmente nada, sino que, por el contrario, algunos elementos de carácter estructural se han deteriorado, al margen del dato cuantitativo de la fuerte destrucción de empleo sufrida. Por sólo señalar los más relevantes, cabe destacar los siguientes.

Se advierte una tendencia poco apropiada al crecimiento del empleo a tiempo parcial, que por su debilidad ni es creación sólida de empleo ni proporciona los medios imprescindibles de suficiencia de ingresos, lo que desemboca en que el grueso de ese empleo parcial sea involuntario desde el punto de vista de los trabajadores así contratados, es decir, aceptado como mal menor a la vista de que no se les ofrece trabajo a tiempo completo. No ha cambiado la cultura de la temporalidad entre el empresariado, de modo que se mantiene la preferencia por la contratación temporal, aunque sea abusiva, como simple instrumento de adaptación de las plantillas; se incrementan las ya de por sí altas tasas de rotación en el mercado de trabajo, de modo que el tiempo medio de duración de los contratos se ha reducido notablemente, con una intensa presencia de contratos de muy corta duración, al mismo tiempo que resulta más difícil afianzar materialmente los que formalmente se presentan como contratos por tiempo indefinido.

El proceso de depreciación salarial sufrido se ha repartido de manera desigual, de modo que ha afectado en mayor medida a los empleos más descualificados, lo que a corto y medio plazo sólo puede provocar un mal incentivo hacia la creación de empleos escasamente productivos y de poca calidad. En fin, se ha producido una importante reducción del tamaño medio de las empresas, olvidando que en esta materia el tamaño es clave para un crecimiento sostenido en el tiempo, una mayor capacidad exportadora, una creación sólida del empleo, basada en criterios de productividad empresarial y calidad de este empleo.

En definitiva, si no se corrigen estos elementos, que a la postre resultan los claves para determinar un crecimiento sobre bases firmes en un escenario cada vez más complejo de una economía irreversiblemente globalizada, podremos concluir que no hemos aprendido casi nada de los errores del pasado, de modo que se volverá a un modelo de empleo volátil y de escasa productividad, que al menor contratiempo volverá a desangrarse en masa.

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Jesús CRUZ VILLALÓN es catedrático de Derecho del Trabajo en la Universidad de Sevilla. Este artículo apareció originalmente en Diario de Sevilla y lo publicamos En Campo Abierto con autorización del autor.

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