Grecia y el lado oscuro de la eurozona (y 2)

Por Antonio LETTIERI

 5. La política de reformas estructurales, en la específica versión de las instituciones europeas, reviste un carácter estratégico. Antes o después las medidas de austeridad habrán culminado su tarea pero los cambios aportados por las reformas habrán introducido un cambio radical en el modelo de relaciones sociales. Los objetivos a largo plazo de las reformas son el drástico redimensionamiento de la intervención del estado en la economía, la reducción y la tendencial privatización de los sistemas de bienestar, la marginación del poder de los sindicatos y de la negociación colectiva.

En otros tiempos, esta política habría sido definida como reaccionaria. De hecho, se ha convertido en el paradigma dominante en la eurozona. La particularidad reside en el hecho de que esta política tiene una connotación de derecha en todos los países democráticos y los gobiernos que la practican deben enfrentarse con una oposición que tiene los colores más o menos pronunciados de la izquierda. En la eurozona, el área económica más grande del planeta tras los Estados Unidos, la diferencia entre derecha e izquierda sin embargo se ha desteñido hasta desaparecer del todo cuando se trata de partidos en el gobierno.

La opinión dominante es que la eurozona  carece de un gobierno político. Esta afirmación es parcialmente cierta si se refiere específicamente a la política exterior y de defensa. Pero es infundada si se refiere a las opciones que orientan, guían y controlan las políticas económicas y sociales de los estados miembros. No se trata solo de la devolución de la soberanía monetaria a un Banco central, institucionalmente vinculada al control de la inflación —lo que da una gran diferencia frente a la autonomía y cometidos atribuidos a los bancos centrales de los Estados Unidos, Japón o Reino Unido. Con la progresiva modificación de los tratados y de su interpretación, la inicial vigilancia de las políticas presupuestarias se ha extendido a todos los aspectos de la política económica y social, subordinada al control preventivo, a la verificación y al poder sancionador de la tecnocracia de Bruselas.

6. Hay que tener presente este marco para captar plenamente la característica políticamente “subversiva” del gobierno Tsipras. El conflicto más llamativo parece que ha sido el que ha enfrentado a Tsipras y su ministro de finanzas Varoufakis con el superhalcón alemán Schäuble. Pero esta es una visión corta. De hecho, la oposición al nuevo gobierno griego ha unido a todos los gobiernos de la eurozona, con matices más tácticos que de fondo. No sorprende la oposición de los satélites de Alemania, desde los países bálticos a Finlandia, desde Eslovaquia a Holanda. Pero aún es más significativa la posición de España, expresada con brutal franqueza por el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro cuando, refiriéndose al nuevo gobierno griego, ha explicado que “no basta con ganar las elecciones y cambiar de gobierno para poner en discusión los criterios que regulan la eurozona”.

Es creencia general de los gobiernos de la eurozona que Grecia debe ser reconducida al marco de la disciplina colectiva. Comentando el compromiso con el gobierno griego, el ministro de finanzas irlandés, Michael Noonan, anuncia triunfalmente: “no hay nada que se pueda considerar una concesión (al nuevo gobierno griego)”. Y su homóloga portuguesa, Maria Luís Albuquerque, sentencia que no puede haber otra base de negociación que no sea el viejo programa establecido por el Memorándum de 2012.

La hostilidad al nuevo gobierno griego tiene razones profundas que afectan de cerca también a los principales gobiernos de centro izquierda. Al mostrar tolerancia frente a las posiciones del gobierno Tsipras se arriesgarían a ver desautorizadas sus propias opciones políticas. El caso francés es elocuente. En 2014 François Hollande despide al ministro de Economía Arnaud Montebourg, de la izquierda del Partido socialista, culpable de oponerse al indisoluble binomio austeridad-reformas estructurales, y lo sustituye por Emmanuel Macron, un joven banquero proveniente del grupo Rothschild: “una clara señal —aplaude el Corriere della Sera—que Francia quiere dar a Europa (y a Berlín) tras un bienio de dudas y zigzags que han hundido el crédito del presidente Hollande”. La esperanza o, más aún, la ilusión de Hollande es mantener viva la relación franco-alemana que en otro tiempo, sobre todo por el esfuerzo de Francia, desde Robert Schuman a Jacques Delors, fue la espina dorsal antes de la Comunidad y de la Unión europea y después de la eurozona. Una asociación ya exangüe, progresivamente vaciada tras la unificación alemana y la asunción por parte de Alemania de una incontestable hegemonía sobre la eurozona.

En Italia el caso es quizá menos sorprendente que el francés pero no menos significativo. Matteo Renzi, moviéndose sin prejuicios en el terreno de las reformas estructurales, apuesta por asegurarse el consenso sobre todo de Angela Merkel. En Italia no ha quedado mucho por privatizar pero el gobierno no duda en ofrecer a las empresas europeas y americanas aquellos segmentos eficientes que quedan  en el sector industrial y en los servicios. Sabemos, sin embargo, que lo que más importa a los ojos de las autoridades europeas es la desregulación final del mercado de trabajo, hasta la sustancial libertad de despido: un proyecto con el que ni siquiera pudo el gobierno Berlusconi pero que Renzi lleva a cabo con el llamado Jobs Act.

7. Los modelos de austeridad y reformas estructurales, señalados por las autoridades de la eurozona como ejemplos de éxito, son el irlandés y el español. Modelos, en un análisis más detenido, paradójicos, caracterizados a la vez por el aumento de la deuda y la explosión del desempleo. Conviene prestar un poco de atención al muy publicitado caso irlandés. En un artículo publicado en el New York Times, Fintan O’ Toole, escritor y colaborador del Irish Times, sintetiza de esta manera los resultados de la política de austeridad y reformas estructurales impuestas por las autoridades europeas a Irlanda: “Es una profunda injusticia ver que Irlanda se ha transformado en uno de los países más endeudados del planeta para salvar a los detentadores internacionales de bonos que habían apostado en los pícaros bancos irlandeses”. Vale la pena recordar a este propósito que Irlanda, que tenía una deuda pública irrisoria antes de la crisis, ¡se encuentra hoy, tras la cura de austeridad, con una deuda del 110 por cientodel PIB! Continúa el autor irlandés: “Se ha adoptado una política que ha infligido enormes sacrificios a la parte más pobre de la población… Hay una profunda discrepancia entre la historia que se cuenta y la efectiva experiencia irlandesa. Los datos impresionantes (del crecimiento) del PIB son fruto de las técnicas de ingeniería presupuestaria de las multinacionales asentadas en Irlanda. El desempleo se mantiene muy alto… los salarios no han aumentado y las deudas de las familias en relación con la renta disponible están en el segundo puesto en la escala europea de deudas más altas”[1]. Y, sin embargo, las autoridades de la eurozona presentan a Irlanda como un típico modelo de éxito. Una transfiguración de la realidad que George Orwell habría podido incluir en su relato 1984 como ejemplo de la “neolengua” de los regímenes autoritarios.

Otro ejemplo es el español. El jefe del gobierno conservador, Mariano Rajoy, es considerado como el mejor alumno de la clase impartida por las autoridades de la eurozona. Sus récords son los peores tras los de Grecia. La deuda pública, que era la más baja entre los grandes países de la eurozona, cercana al 40 por ciento del PIB, notablemente más baja que la alemana, se ha más que doblado, hasta rozar el umbral del 100 por cien a finales de 2014;[1] al mismo tiempo el desempleo se ha consolidado en torno al 25 por ciento de la población activa. Un fracaso clamoroso de las recetas de austeridad.

Pero para las autoridades de Bruselas se trata sin embargo de un excelente modelo según el perfil de las reformas estructurales y, especialmente, de las reformas del mercado de trabajo. No por casualidad el gobierno de Rajoy ha marginado a los sindicatos, bloqueado la negociación colectiva, reducido los salarios y liberalizado los despidos: resultados muy apreciados en Berlín y en Bruselas. Prueba de ello es la tolerancia hacia un déficit presupuestario que continúa superando el 5% del PIB, mientras se amenaza con sanciones a Francia por su déficit de poco más del 4 por ciento y a Italia con un déficit inferior al 3 por ciento

Estamos ante la enésima prueba de una política que, tras la espuma de la austeridad, tiene como objetivo el derribo final de lo que en tiempos de Jacques Delors se llamaba el “modelo social europeo”. La moneda única debía ayudar a los países adherentes a enfrentarse desde una posición de fuerza con las dinámicas de la globalización. La operación ha fracasado deplorablemente. Las políticas neoliberales, adoptadas en la eurozona para reaccionar ante la crisis global que estalló en los estados Unidos en 2008, han tenido como resultado un claro retroceso de la eurozona respecto a todas las otras regiones desarrolladas o en vías de desarrollo en el mundo. El retraso se ha manifestado también en los países europeos que no pertenecen al euro, como el Reino Unido, Polonia y Suecia, lo cual demuestra que no se trata de un vicio de origen del viejo continente sino de la aplicación de políticas claramente insensatas.

8. El fracaso económico es, sin embargo, solo una cara de la moneda. Las consecuencias más graves tienen que ver con la otra cara que permanece en la sombra: nos referimos a los profundos daños causados a las estructuras democráticas de cada país. Grecia hace explícito lo que antes estaba oculto. Ningún gobierno puede reivindicar una autonomía política propia. El consenso popular y democrático es una floritura redundante, básicamente inútil. Los programas políticos son aquellos que establece el centro del euro-imperio. Los estados miembros tienen menos autonomía y poder de regulación interna sobre relevantes aspectos de la vida económica y social que el que pueda tener un pequeño estado de los Estados Unidos de América.

No se trata de someterse a las reglas que  regulan estrictamente el funcionamiento y la sostenibilidad de una moneda común. Desde este punto de vista, el gobierno griego ha presentado un plan destinado a la sostenibilidad de la deuda a largo plazo y a la compatibilidad del presupuesto como regla general de la política fiscal propia.

Pero no es esto (o solo esto) lo que exigen los patronos de la eurozona. Efectivamente, quieren el pleno control de las políticas económicas y sociales de los países miembros en todos sus aspectos, hasta en los detalles más minúsculos. Naturalmente, estamos hablando de las provincias del imperio, no de su centro. Alemania puede decidir fijar un salario mínimo intersectorial de 8,5 euros/hora al mes, porque esto lo ha exigido el SPD como condición para la formación de la Gran Coalición con el partido de Angela Merkel.

Grecia no puede, ni siquiera de forma gradual, llevar el salario mínimo al nivel pre-cris de 750 euros que, por cierto, es menos de la mitad del alemán, francés o belga. No puede restablecer una normal negociación colectiva de salarios y condiciones de trabajo a nivel nacional. No puede decidir qué servicios entregar a la especulación privada nacional e internacional. No puede decidir los estándares mínimos vitales para los pensionistas más pobres. Y no puede decidir, una vez reducidos los anteriores 16 ministerios a 10, según el programa de reorganización de la administración pública, cómo reequilibrar las plantillas y jerarquías salariales. En fin, un gobierno enjaulado.

Con el progresivo deslizamiento de la eurozona hacia un implícito régimen autoritario, que tiene su centro hegemónico en Berlín y su brazo ejecutivo en Bruselas, se ha creado una nueva situación. La eurozona no solo ha agravado con su política deflacionista la crisis económica y social; ha desgastado profundamente el tejido democrático de los países miembros, reducidos al nivel de provincias. Las élites económicas y financieras han utilizado el binomio austeridad-reformas estructurales para hacer avanzar las políticas neoliberales que desde hace treinta años merodeaban como un fantasma por la mayor parte de los países europeos sin encontrar un anclaje estable. Europa se había mostrado refractaria a la liquidación del modelo social que Jacques Delors exaltaba cuando se establecieron los cimientos de la futura eurozona.

La élite financiera y económica ha encontrado el modo de llevar su lucha de clases sin proclamas ideológicas, alejando también la sospecha de la misma, utilizando la mediación de la tecnocracia europea, institucionalmente irresponsable, que gobierna según reglas técnicamente abstrusas y oscuras.

El 25 de enero de 2015, con la victoria de Syriza, se ha violado el sepulcro blanqueado de la eurozona. Era grotesco imaginar que el nuevo gobierno griego pudiera derribar de un solo golpe el régimen neo-imperial de la eurozona. Sin embargo, le ha dado una potente sacudida. La misma exigencia de apertura de una negociación general es una herejía que corroe la teología fundamentalista de la eurozona. Grecia ha abierto un camino audaz y difícil a la vez. En los próximos cuatro meses pueden suceder muchas cosas en un sentido o en otro. Pero algo ha ocurrido ya. Se ha puesto encima de la mesa la prueba concreta de una posibilidad: declarar que el rey está desnudo, que la política de la eurozona es un fiasco desde el punto de vista económico y —lo que es aún más grave— perniciosa para el funcionamiento de la democracia.

La novedad es que la denuncia junto con la exigencia de un cambio radical no provienen de una minoría de la oposición sino de un gobierno que goza de un consenso democrático y popular que no tiene comparación en ningún otro país de la eurozona —si hacemos excepción, y pour cause, de la Gran Coalición en Alemania, en virtud de su papel hegemónico incuestionable. Grecia objetivamente ha iniciado una batalla destinada a extenderse sobre muchos frentes. No por casualidad su contagio es lo que más temen en las altas esferas de la eurozona. Temen, en primer lugar, el contagio español con la probable victoria de Podemos en las elecciones de finales de año.

Pero, sobre todo, el desafío de Grecia, sean cuales sean los resultados, lo que amenaza con quebrar es la red de complicidades de los gobiernos de diferente color. Cada vez se podrá disimular menos la ley del silencio de los gobiernos que aceptan, o sufren, las insensatas y ruinosas políticas impuestas por las instituciones de la eurozona. Hoy es difícil prever cual será la salida final del provisional compromiso griego pero una brecha se ha abierto en los poderosos muros de la eurozona; y será difícil cerrarla.

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Antonio Lettieri ha formado parte de la dirección de la FIOM y de la CGIL. Actualmente es director de Insight (www.insightweb.it).

Traducción de Javier Aristu.

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