Ojos y oídos

Por Javier ARISTU

Este país está cambiando, no sé si a ritmo frenético o de forma pausada pero el cambio es inevitable y pasa delante de nuestros ojos. Quien no lo quiera ver es que está ciego o sordo.

  1. Las sociedades nunca se paran, siempre están en movimiento y en estos tiempos que corren más aún. Las mutaciones y cambios que se están produciendo en el corazón social, en lo que podemos llamar, usando el clásico término impuesto por el barbudo nacido en Tréveris, “modo de producción”, tienen alcance de época, de civilización. Todo un universo de sistemas de producción, de formas de trabajo, de relaciones productivas están transformándose desde hace una veintena de años a ritmo vertiginoso, con consecuencias terribles para la gente y con ruinas sociales incalculables. Pero lamentarse no sirve de nada; lo que vale es analizar el meollo de esos cambios, estudiar la manera de utilizarlos en beneficio de la mayoría y, evidentemente, luchar contra la privatización por unos pocos de esas innovaciones sociales. Como antes hicieron los movimientos sociales industriales que de las actitudes resistenciales pasaron a construir utopías realizables y operativas. Algo de eso se nota cuando en las cúspides de las organizaciones sindicales comienza ya a sonar el clarín de “cambio, adaptación, innovación”. El secretario general de CC.OO. lo ha dicho de forma nítida: “o el sindicato se reinventa o se lo llevará el viento de la historia”. Claro como el agua. Confiemos en que ese mensaje llegue a todos los rincones.
  2. La política va detrás de estos cambios, no está siendo capaz de responder con presteza y rapidez a la dimensión de la época. Se ha quedado paralizada. Por todos lados se habla del agotamiento de las instituciones democráticas, del final del estado del bienestar, del ocaso de los partidos políticos como formas de participación… Es obvio que no se puede establecer un juicio rotundo y descalificador en bloque de algo que viene funcionando en una parte del mundo solo desde hace menos de ciento cincuenta años: los partidos han visto pasar solo a unas pocas generaciones, son formas de presencia ciudadana en la política que arrancan de mitad del siglo XIX, ayer mismo si lo miramos en clave de historia larga. La democracia parlamentaria cuenta su existencia solo por décadas, bastante menos que las que abarcan la presencia del “sistema industrial” en Europa y EE.UU. No podemos, por tanto, decir que la democracia parlamentaria tenga los días contados, igual que el sistema industrial fordista; este se acaba pero no parece tan evidente que le ocurra lo mismo al parlamentarismo democrático. Ahora bien, este sistema político sí padece una profunda enfermedad y agotamiento que necesita de vitaminas sociales e inyecciones regeneradoras. Por todas partes aparecen síntomas de este fenómeno: alejamiento de la gente respecto de la política, debilidad de la participación electoral, escoramiento de clásicos segmentos sociales hacia opciones políticas xenófobas y neofascistas, nulidad de los partidos como instrumentos de participación habiéndose convertido la mayoría de ellos en simples máquinas electorales gobernadas por élites y expertos mediáticos, etc. La ceguera y la sordera es la que reside en aquellos que no terminan de ver que el 15M y fenómenos como Podemos son precisamente la expresión de ese cansancio social y, a la vez, el síntoma de algo renovador, con todas las contradicciones y recelos que crea precisamente lo desconocido.
  3. Este año electoral puede ser el fin de un ciclo, el del periodo constitucional bipartidista que arranca en 1982, y el comienzo de otro. Las encuestas y estudios de opinión parecen indicar esto, con toda la precaución que hay que tener: el final de un sistema político basado en la alternancia PP/PSOE y el comienzo de un nuevo modelo político y parlamentario (reflejo de los cambios sociales que veíamos en el primer punto) más plural y variado. Algunos no terminan de enterarse y siguen pensando en clave “de antes”: es revelador la manera en que la candidata del PSOE andaluz está llevando la campaña electoral y los mensajes que está transmitiendo. Nos recuerdan al PSOE de los años 80, aquellos en que el líder del partido y cartel electoral (Felipe González, Rafael Escuredo, etc.)concentraba toda la pólvora, y donde la expresión “Andalucía” se asociaba a dicha personalidad. Sería bueno contar las veces que Susana Díaz pronuncia dicha palabra en sus mítines y comparecencias. Se vuelve a construir un imaginario mediático agrupando los conceptos “autonomía/Andalucía/PSOE/Susana” para identificar un proyecto defensivo y paralizador. El mensaje de fondo es claro: mejor “conservar lo que tenemos” que “cambiar este modelo” que ha venido funcionando desde 1982 y ya está claramente agotado. Hoy estamos en otra fase, es ya otra sociedad la que está apuntando en el conjunto de España (no sé realmente si el mismo fenómeno ocurre en nuestra tierra del sur) y exige por tanto otros lenguajes, otras mediaciones político-sociales, otros instrumentos de intervención. Es posible que el PSOE salga como vencedor la noche del próximo 22M pero como dice el dicho, “vencerán pero no convencerán”. Tras ese partido hay todavía, sí,  una amplia y profunda masa social que todavía está dispuesta a apoyar la manera de gobernar y de gestionar que tiene el PSOE; es una sociedad que no quiere perder lo (poco o mucho) que tiene y que lo ha ganado en estas últimas cuatro décadas; es, si se me permite la expresión que no pretende ser ofensiva con esos electores, una base conservadora en lo social, ejemplo del clásico “sistema” que tiene temor a los cambios. Hace tres años estuvo a punto de dar la oportunidad al PP para precisamente mantener esos clásicos equilibrios interclasistas que se basan en la satisfacción de lo individual; hoy, tras el salvaje y brutal desmantelamiento de los modelos de garantías sociales puestos en marcha por el PP de Rajoy vuelve al campamento socialista, que le garantiza al menos pasar un invierno protegido, al pairo de los vendavales sociales que están ocurriendo por todas partes. Se equivocarían los socialistas de toda España si pensasen que el previsible primer puesto que va a tener ese partido y su candidata el próximo 22 de marzo en Andalucía avala la catapulta para dirigir el proyecto en todo el estado. El modelo socialista andaluz está en posición de marcha atrás, no vale como proyecto innovador y atractivo para la nueva sociedad que está apuntando. Sirvió en el pasado para dirigir los procesos de confianza social y de adaptación a Europa; hoy es un modelo que, tardará más o menos, está condenado a representar la conservación de estatus sociales retrasados si no cambia hacia el nuevo modo de pensar. Podrá ganar un congreso del partido pero de ninguna manera ganará a la nueva sociedad que está naciendo.
  4. Nadie puede asegurar cómo acabará este histórico año de 2015 donde en España puede haber un absoluto vuelco electoral. Todo el horizonte está completamente abierto. De ahí la importancia de que la izquierda en su conjunto tenga las orejas y los ojos bien abiertos. Puede que este proceso dure varios años y que dentro de diez a este país no lo conozca “ni la madre que lo parió”. Yo no voy a apostar nada, que luego pierdo, pero sí voy a saludar aquellas iniciativas que de forma clara nos están transmitiendo mensajes de receptividad y de buen sentido. El interesante proceso de las elecciones municipales y autonómicas en Madrid (¿la madre de todas las batallas?) abre esperanza y optimismo dentro del profundo desconcierto al que todos estamos sometidos. Que el máximo responsable de Podemos-Madrid haya ofrecido a Manuela Carmena la cabecera y que ésta esté dispuesta a someterse a la prueba de primarias nos abre una ventana de aire fresco. Quien conozca qué significa Manuela Carmena en la historia de España sabe que la apuesta que ha hecho Podemos es de un enorme valor simbólico y efectivo. Es, ni más ni menos, que aunar en un proyecto la vieja savia del antifranquismo resistente y de la lucha democrática por los derechos universales con la nueva sangre de la renovación radical de la vida política española. Para aquellos que conocen el historial de Manuela Carmena (algunos ignorantes todavía pululan por las redes sociales riéndose de la edad de la abogada y jueza) saben que su candidatura es garantía de coherencia, rectitud moral y flexibilidad política, tres virtudes que hoy escasean en la política. Junto a las candidaturas de Gabilondo y García Montero en las autonómicas ofrecen un mensaje de renovación y optimismo.  Todo un lujo para los madrileños. ¿Cuándo podremos disfrutar de esos lujos en Andalucía?