Crónicas grecianas (y VII )

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Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

            A vueltas con Grecia. El viernes 27 de febrero hubo una manifestación frente al parlamento griego en la ya archiconocida plaza de Sýntagma. Era nuestra última noche en Atenas y necesitábamos emociones fuertes; una concentración del KKE, coronada por un mitin de Dimitris Koutsoumpas, su secretario general, lo era. Si alguien ha visto el arranque de La mirada de Ulises de Theo Angelópoulos puede guiar su imaginación: lluvia persistente, que no muy recia, caras ensombrecidas y silenciosas recortadas por la luz de unos focos y las consignas de los altavoces [Algún desclasado de palito se hace una selfie.]. De pronto aparece la cabecera de la manifestación; al frente cuatro o cinco líneas de banderas rojas hocimartilladas en amarillo —el mismo color con el que lucen las siglas de la organización—, avanzan en orden coreando eslóganes con una letanía ortodoxa en el fondo y en las formas. Solo para los muy cafeteros. Koutsoumpas lee un abigarrado informe, que ya nos habían entregado unos voluntariosos militantes la noche anterior a la salida del metro de Doukissis Plakentías, que está allí donde Christós se cansó de esperar. Los reproches a Tsipras-Varoufakis van y vienen; vienen y van las recriminaciones a SYRIZA-ANEL, que evocan los aromas de las reconvenciones a NEA DIMOKRATÍA-PASOK. Las medidas que se habían prometido no han llegado y se va a firmar con las Instituciones (la Troika con indoloro lifting facial) otra versión de los acuerdos anteriores que tanto se habían criticado desde la dorada oposición. Nada nuevo bajo el sol en la lluviosa noche de Atenas.

            Intentamos comprender. Algo llama la atención porque revuelve las simas insondables de la parte más encarnada de nuestro cerebro. La banca siempre gana, si no le toca el balón, le regalan la pelota. La banca se sanea pero la factura es pagada por los ciudadanos. Los gobiernos firman los préstamos —que utilizan como Hermes, divinidad protectora de comerciantes y ladrones, les da a entender—, pero los intereses (porque del principal ni hablamos) los pagan los ciudadanos a los que no han llegado necesariamente los efluvios positivos de esos préstamos. No merece la pena pertenecer a esta Europa, que es la Europa de los mercaderes. Luz. Esa es la sonda. La construcción de la Europa de los ciudadanos ha sido tan secundaria que debe de haber pasado ya a terciaria o cuaternaria, aun tratándose de un binomio. No tengo mucha memoria para los datos —ni para el resto, ya se sabe, la edad— pero Grecia era (o es) el país europeo que mayor porcentaje de PIB gastaba (o gasta) en defensa, supongo que para sentirse protegida de uno de sus aliados en la OTAN. Francia y Alemania vendían (o venden) carísimos artilugios militares (submarinos, fragatas…) al gobierno griego. El dinero del rescate se utiliza para pagar esas deudas, que se financian con recortes de servicios públicos. El negocio marcha bien en Europa; los derechos, sin embargo, salen torcidos.

El autor en un mitin
El autor en un mitin

De vuelta de Grecia. Polémicas declaraciones de Tsipras acusando a los gobiernos español y portugués de poner piedras en el camino de la renegociación de la deuda. Ya advertimos en una crónica anterior la necesidad de SÝRIZA de cerrar filas y de entregar un triunfo a los suyos. Un enemigo externo está bien. Diríamos que es una pequeña megáli idéa. Por otro lado, los gobiernos europeos deben de andar encantados; ya advertimos también que la Unión Europea puede esperar y las declaraciones del presidente griego resultan un altavoz extraordinario para que los ciudadanos de la vieja Europa escuchen que las aventuras de quienes plantean uncir los mercados a la política están irremisiblemente condenadas al fracaso. Rajoy, travestido en sirena, lo canta desde sus propios escollos.

            Se escucha a micrófono cerrado que los griegos no han hecho ni una sola reforma seria. Y que no las piensan hacer. Será así. Seguramente no habrán hecho ninguna reforma seria pero la televisión pública se cerró de un estacazo; así será, pero en la plaza de Sýntagma seguirán acampadas las trabajadoras de limpieza despedidas del Ministerio de Economía, que aún no ha readmitido Varoufakis; y seguramente será así, pero nos comenta una amiga que cada mes se le cae una sisa a la pensión de su madre. Los bueyes del mercado arrasan con paso firme, constante y sin florituras dialécticas lo que en otro tiempo fue la sociedad civil. Predestinación. La Unión Europea nació, como Afrodita, de la espuma seminal de la Comunidad Económica Europea, a la que en el barrio conocían como Mercado Común. La casaron con Hefesto, que eran dios feo y deforme y, claro, ella no tuvo más remedio que ponerle sistemáticamente los cuernos mientras él trabajaba en su fragua sin hacer las reformas necesarias, porque tenían ustedes que ver la fragua: sin ventilación, sin seguros y sin cotizar al fisco.

            ¡Ay, Afrodita común! Seguramente no nos equivocamos al entregarnos a ella con armas y bagajes. Ni los sueños ni los amores se entienden de otra manera. Quizás sí nos equivocamos al no encargar el gobierno de Europa y el de sus pueblos y el de sus naciones a quienes mantuvieran viva la llama del control de los mercados. Aunque solo fuera como idea, como posibilidad. Hoy un gobierno aislado y lastrado no la puede reavivar si no es con el concurso de otros gobiernos similares, de otras fuerzas políticas, de otras organizaciones ciudadanas y sobre todo, de una multitud de individuos que se impongan salir respondones a los ilustres boyeros. Al fin y al cabo, el fuego lo sigue alimentando para todos nosotros el pobre Hefesto.

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