Candidatos

Por Javier ARISTU

candidatosAño electoral, año de candidatos. La democracia representativa, la que nos da sentido en estos momentos como sociedad —mientras no comencemos a ensayar con otras fórmulas de la democracia llamada directa— parte de la relación fundamental entre elector y candidato. Este es el arquitrabe del modelo de participación en los asuntos que afectan al conjunto de la sociedad.

Recién comenzada la democracia postfranquista, allá por finales de los 70 y principio de los años 80, el candidato electoral de la mayoría de los partidos era escogido a partir de dos líneas que se complementaban armónicamente: por un lado, el candidato era exponente de una representación social, profesional, técnica que le hacía ser precisamente prestigioso por sus saberes y capacidades, y, por otra parte, mantenía una relación con el partido que podía ir desde la militancia a la simpatía comprometida con dichas siglas. No vamos a mitificar, ni mucho menos, a la llamada clase política de la Transición pero sí es verdad que gran parte de las candidaturas electorales del ciclo político que va de 1977 a 1986 estaban compuestas por personas con un “saber hacer” en sus respectivas profesiones, fueran estas jurídicas, técnicas, sindicales o corporativas y que, además, provenían de un compromiso político con las ideas y programa del partido al que optaban a representar.

Tras los siguientes gobiernos de finales de los 80, y los siguientes de Aznar y el PP, la representación político-electoral de la sociedad española giró de forma acelerada hacia el modelo de candidato-funcionario, es decir, del candidato que gana su puesto no por su saber hacer profesional sino por su colaboración-sumisión a la organización del partido. Del profesional comprometido con una política se pasó al político-aparato comprometido con su jefe y con su carrera dentro del sistema electoral. Tal modelo rompió uno de los fundamentos de todo sistema político que pretenda ser espejo de la sociedad como es la posibilidad y capacidad de promover “buenos ciudadanos” para tareas de representación política e hizo, a su vez, de la clase política una clase para sí, una casta de funcionarios de la política. Esta es hoy una, entre otras, de las razones y causas del descrédito de la mayoría de los partidos con presencia en el sistema político-electoral y motivo de que se hable de la casta como seña de identidad de la política. Como se dice en el recientísimo libro de Joan Subirats y Fernando Vallespín (España/Reset. herramientas para un cambio de sistema) se ha producido el conflicto, que  “el partido caiga en la tentación de favorecerse: de anteponer los intereses de los profesionales que sirven al partido al de los ciudadanos a los que se había comprometido a servir” (pág. 24).

Por eso es tan importante lo ocurrido en Madrid en estos últimos días. Por coincidencias del azar o cruce de intereses e ideas, se ha mezclado el espectáculo más clásico de guerras intestinas de aparatos y de profesionales de partido con otro que insufla oxígeno y esperanza a una vida política desgastada y anémica. Que el PSOE e IU madrileños hayan sido capaces, de un modo u otro, de presentar como candidatos a las elecciones de su Comunidad a personas como Ángel Gabilondo y Luis García Montero aporta nueva energía a los que creemos que era necesario un nuevo engarce entre política y sociedad.

El PSOE madrileño ha pasado de la oferta de presentar a un aparatchik experto en guerras y batallas internas a la ambiciosa propuesta de colocar a un prestigioso hombre de la sociedad civil como candidato; IU de Madrid ha saltado de un impresentable y tedioso combate de aparatos y funcionarios, unos contra otros, a considerar valioso que un poeta y prestigioso escritor de la sociedad civil opte a representar a los madrileños de izquierda. Ángel Gabilondo y Luis García Montero son dos personas que vienen batallando desde hace años en la sociedad a favor de unas ideas y de un modelo social específico. Ambos reúnen méritos por sí mismos, sin depender de ningún comité federal ni comisión de listas. Ironías de la historia, ambas formaciones han pasado de una crisis orgánica compuesta de rencillas, vendettas y puñales retóricos a realizar una propuesta electoral que es emblema de lo que nunca se debía de haber perdido: que los candidatos fueran exponentes de lo mejor de la sociedad, no resultado de las guerras palaciegas. O, dicho en palabras de José Luis López Bulla, “con ambos van de la mano la ética y la estética. Porque ambos comparten la vieja máxima de Platón: «La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo»”. [blog Metiendo bulla]

Por una vez en muchos años, y esperemos que no sea flor que se la lleve el viento,  la izquierda ha sido capaz de reaccionar oyendo al viento de la calle y no a las corrientes internas de su casa.