Crónicas grecianas (VI) Dum spiro, spero.

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Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

            Dum spiro spero debía de andar pensando el ministro Varoufakis mientras preparaba las medidas de urgencia que esperaban las autoridades europeas, especialmente las alemanas, que son al parecer las que mayor autoridad tienen en el desconcierto europeo. Mientras hay vida hay esperanza debe de andar pensando el presidente Tsipras mientras cree que no se anuda el lazo de su corbata en estos primeros días de la Cuaresma ortodoxa.

La tradición manda en este país, aunque pocos la siguen a rajatabla, que en Cuaresma no se consuman alimentos con sangre ni procedentes de ellos. No obstante, el diputado de Syriza Manolis Glezos, el partisano que en 1941 arrancó la bandera nazi de la Acrópolis y hoy ocupa el escaño de mayor edad del Parlamento Europeo, se ha declarado públicamente en contra del preacuerdo del gobierno griego con las instituciones europeas.Parece que el ministro Lafazanis y otros personajes de la formación con raíces de izquierdas tampoco están dispuestos a respetar en silencio la fiesta de la abstinencia.

Los cuatro meses de respiro que ha conseguido el nuevo gobierno griego no son una resonante victoria en el país. Opiniones hay muchas y muy diferentes y es evidente que aquí no estamos para establecer un perfil del ciudadano heleno, entre otras razones porque no es posible. Parece que el nuevo gobierno ha conseguido que la población atisbe un futuro mejor, aun sin obviar las dificultades del presente. Lo que más ha gustado, casi en una explosión nacional, ha sido la devolución de la dignidad, ese valor que nunca cotiza en bolsa, a quienes la creían secuestrada: “Ahora la situación está cambiando”… “A todos nos han puesto por ladrones y vagos; en Grecia los hay, pero como en todos los sitios”… “Queremos pagar una deuda que no hemos contraído los ciudadanos, pero no nos dejan hacerlo de una forma razonable”… Estas son algunas de las frases que nos han brindado en animada conversación quienes se sienten expulsados del paraíso europeo por una ángela enviada como castigo por la misma divinidad.

 En la costa de los descontentos  se entiende que eliminar la mayor parte de los coches oficiales del Gobierno está bien pero que solo es un detalle. “Gobernar desde Syriza y que las políticas realizadas no se diferencien mucho de las llevadas a cabo por los partidos conservador o socialista es el principal peligro de Tsipras, porque la gente puede llegar a considerar que la política de la izquierda es la misma que la de la derecha” se nos ha dicho en otra conversación no menos animada.Las declaraciones de Glezos y de Theodorakis comparten esa melodía; es lo malo que tienen los símbolos vivos, que cantan lo que les sale del alma.

 No parece, sin embargo, que las llanuras de Syriza sean una zona sísmica de especial peligro en estos días, pero el tiempo en política corre que se las pela. Cuatro meses no son más que tres cuaresmas; la ciudadanía parece dispuesta a esperar, con la mente puesta en Europa, porque es mucho lo que ha desesperado hasta ahora. El crédito que tiene el gobierno griego entre la población es mucho mayor que el que tiene la población en sus bancos; seguramente porque ha vuelto a encontrar, tras mucho buscarla, -¡Eureka, que dijo Arquímedes!-, la dignidad traspapelada en algunos de los acuerdos europeos. Pero no es menos cierto que las grandes ilusiones se pagan, si hablamos de deudas históricas, con desilusiones grandes.

 Europa parece que también está dispuesta a esperar. Quizá o tanto por las propuestas económicas que pueda hacer este pequeño país sino por otear desde su olimpo europeo cómo les va a los pobres griegos, devoradores de pan, con su incómoda forma política llamada Syriza. Podemos intuir que esta no no tendrá dificultad en superar las primeras disonancias del destino. Podemos pensar que unos primeros meses de medidas tan necesarias como populares, contrarias al status quo anterior, salvarán los muebles y la imagen de unas iniciales rebeliones internas de resituación política de sus líderes y formaciones integrantes. Podemos, no obstante, suponer que si se llega a un punto en que todo haya cambiado por no haber cambiado nada, los símbolos se vuelvan cañas y las gentes lanzas. Europa lo sabe y puede esperar. Total, son tres cuaresmas. Quizá sea demasiado para los griegos en soledad. Pero mientras hay vida hay esperanza.

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