La unidad de la izquierda: de la ideología a la política

Foto Flickr: philippe leroyer

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

La genealogía de la izquierda está atravesada por el ideal de la unidad. En símbolos, himnos y retórica la unión es una pieza mágica que obrará milagros. Es lógico: en los orígenes de la izquierda hacer frente común contra los explotadores era cosa de vida o muerte, a veces literalmente. Y sin embargo la realidad es que la izquierda nunca ha estado unida. No es preciso apelar a insolencias, liderazgos absorbentes o traiciones: la lucha por la emancipación también ha exigido, y exige, una imaginación fértil, adaptativa, que permita sobrevivir en un medio hostil: eso diversifica la especie. Dice Walter Benjamin que la historia de la cultura se escribe con documentos de barbarie, y debe ser verdad, si lo sabría él. Contra esa barbarie la izquierda se alzó con maneras necesariamente distintas, incluyendo la distinción indigna de bárbaro verdugo. El arco iris de sensibilidades enriquece y empobrece a la izquierda, pero es lo que hay. Se llama dialéctica. Pero a veces la izquierda sufre más y pone en el centro de su corazón herido, otra vez, la nostalgia por la unidad que nunca fue: así, en nuestras sociedades democráticas la necesidad de unión se incrementa cuando se rompe la cohesión social. O sea, que cuando la unión es más necesaria es cuando más difícil es de construir, porque duelen más las viejas heridas y siempre hay viejas heridas, viejas cuentas que saldar. Téngase en cuenta, porque peor que las diferencias son tremendas las diatribas que en nombre de la unidad usan para insultarse los hermanos. Son muy aburridas.

Dado este horizonte el problema de la hora actual es que la izquierda mezcla ideología y política cuando habla de unidad popular, convergencia o confluencia, y hace de estos términos expresiones litúrgicas, que, presuntamente, fascinarán y asegurarán la victoria. Así que la ideología, el imperio de la imaginación y la bondad abstracta, se enseñorea del discurso, en detrimento de la política, ese reino de los hechos prácticos, de los objetivos concretos y de las palabras mesuradas. La ideología pone el foco en las mismas izquierdas y, a veces, en las necesidades emocionales de sus dirigentes, militantes y simpatizantes. La política debería situarlo fuera, sobre las necesidades de la mayoría herida, sobre la ruptura de las bases de una sociedad más integrada e igualitaria. Pero el peso de los sueños de la razón es muy fuerte.

Por supuesto que la unidad es buena. Pero no por la necesidad metafísica de un encuentro en la tercera fase de las revoluciones imposibles y del reformismo huido. No: lo es porque la complejidad social tiene unos límites y más allá de ellos se vuelve ingobernable. Y en ese punto estamos. El PSOE anhela una unidad con su pasado que, probablemente, ya no va a conseguir nunca. Podemos, entre otras cosas, pretende ser la reunión de los-de-izquierdas-de-verdad con los-de-abajo-de-toda-la-vida, para construir una hegemonía que, me parece, no existe más allá de algunos discursos de cuerpo aromático y alma descafeinada, aunque puedan hacer grandes cosas en la activación de promesas y deseos. Compromís decidió unir a varias fuerzas hace un tiempo, y sigue, con sus problemas a rastras, algunos casi endémicos, pero creciendo sin demasiadas convulsiones. EU quiso ser unida pero se desangra en su afán de unirse a lo que nunca debió separar. Y a partir de ahí se recombina todo y algunos entran en pánico con impotencia e impaciencia. Se inventan nombres por si también fueran sortilegios. Se desata lo que ayer se quiso trabar. Se invita al que ayer se desdeñó. Se bebe el agua que regala el odiado amigo de la jornada anterior. Se anuncian pactos para no tener que pactar en el futuro. Se inventan otras complejidades ingobernables. Se glosa la importancia de pactar en las municipales pero se glorifica lo impropio de hacerlo en autonómicas. Si la política siempre hace extraños compañeros de cama, más de uno, ahora, ha descubierto, con las sutilezas de lo unitivo, las del sadomasoquismo. Signo de los tiempos y de la moda: sombras nada más.

Las intenciones son buenas, sobre todo cuando la ley electoral mete prisa. Pero creo que algunas maneras de hacer las cosas pueden acabar por traer más oscuridad que luz. Sobre todo porque en nombre de la transparencia algunos están cavando fosos de opacidad. Y porque la apelación al impulso social y a los movimientos cívicos, en casi todos sitios, es más bien pinturero argumento que tangible realidad. La verdad es que desde que se empezó a trasladar al terreno de las asambleas manipuladas este discurso, las movilizaciones han disminuido drásticamente: pronto veremos a dirigentes de esos movimientos encaramados a las instituciones; y a los que se queden lamentándose de que los partidos desactiven las redes cívicas. Pero donde se aprecia que el peso oscuro de la ideología presiona a la política es en el hecho de que casi nadie dice unidad para qué: ¿dónde están los programas de gobierno, el programa auténtico del cambio, el mapa a recorrer desde el mes de junio? No pasan de las musas al teatro. Y a algunas asambleas van cada vez menos musas. Otros prefieren teatro puro: política-espectáculo como horizonte donde se subliman los deseos: casta televisiva contra la casta-casta.

Miro muchas de estas cosas con escéptica atención, con afán de aprender y hasta con divertido asombro. Y con genuina preocupación. Pues me preocupa la unidad política de las izquierdas –en plural– para el día después de las elecciones. Y tanto arrastrar proclamas, muebles familiares y venerables palabras servirá para poner dificultades a la gestión del pacto que de verdad importa: el que saque a los ciudadanos más frágiles de su angustia, el que vuelva a dotar de prestigio a las instituciones y a restaurar el sentido de la esperanza entre la ciudadanía. Los corazones tristes y los prestigios heridos merecen cuidados paliativos, pero, por ahora, tal como está el mundo, deberán esperar. Y que esperen con la fe puesta en conseguir arrastrar piedras al edificio de las nuevas mayorías de gobierno. Pero que nadie olvide que lo importante no es cargar más piedras que otros, sino ver cómo ponemos la última para que el arco de la puerta no se caiga.

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