Allegro, ma non troppo

Calle Melancolía. Foto: Oiluj Samall Zeid

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

    El súbito hundimiento del país que fuera la envidia de Europa por la conjunción de todas las crisis imaginables ¿puede explicarse como fortuita acumulación de sucesos aleatorios? La coincidencia en tiempo y lugar de Más y  Rajoy ¿es cuestión de mala suerte? La aparición de ese Mozart de los negocios, El Pequeño Nicolás, ¿puede explicarse con la teoría de la evolución de la especie Homo Sapiens? El que de la generación más preparada salgan los dirigentes más necios de la historia de España ¿es un mero suceso estocástico? ¿En serio, podemos seguir manteniendo que la historia no tiene sentido sino que es fruto del azar? Tanta oportunidad en la acumulación de desgracias ¿no puede obedecer al  diseño inteligente de un ser que dirige la creación?

La crisis afecta a nuestras más profundas convicciones.

Creo ahora en la existencia de un dios que creó el universo en una semana – cosa meritoria aunque no entiendo las prisas teniendo toda una eternidad por delante – y, lógicamente cansado, dictó que su obra se rigiera de forma autónoma por las leyes del libre mercado y a él lo dejaran en paz. Al hombre lo creó el último día y eso se nota. En fin, la clásica chapuza.

Tal como nos enseñaron, y la crisis lo confirma, los españoles somos el pueblo elegido, para desahogo de sus frecuentes accesos de ira. Son públicas y notorias las causas del castigo colectivo a los de Sodoma y menos conocidas las actividades de los de Gomorra, pero, ¿qué  le hemos hecho los de España? (cuestión crucial para entender la crisis).

La respuesta fácil sería la corrupción. Falso. Los que, por edad, tenemos formación religiosa sabemos que la corrupción bíblica es la de la carne, la fornicación, dicho sea sin eufemismos. La de naturaleza  política o económica ni se menciona. Al fin y al cabo el corrupto es un místico de la economía de mercado. Portador en grado excelente de los socialmente hegemónicos valores de mercado, ama con pasión el dinero, fuente de felicidad propia y de los prójimos (antiguamente se escribía próximos, concepto mas preciso). Los corruptos españoles suelen ser pobres diablos arribistas. Pertenecientes a la alta-clase-media-baja aspiran a subir al estrato de  la burguesía que los detesta. Intentan mimetizarse con ella esforzándose en imitar sus gustos, su gestualización, su imagen, etc. infructuosamente porque se les ve forzados, inseguros, carentes de la naturalidad que el burgués ha adquirido  en la familia y escuela para mandar, hablar o saber estar; eso que llaman tener clase (Bourdieu dixit). Cuando cambia el modelo de “capitalismo de amiguetes”-el de la burbuja-  a “capitalismo sádico”-el de los ajustes- la  sociedad percibe lo que antes era un genial pelotazo como un sucio robo  y, al ser unos tipos “osténtoreos”, su visibilidad les convierte en víctimas  propiciatorias.

 En España, los corruptos arribistas quebrantan las leyes para ganar dinero mientras los burgueses las elaboran o las desregulan o las cambian (doctrina Botín) con el mismo fin, pero con mayor eficacia y menor riesgo. Por eso no delinquen ni  van a la cárcel.

En último término, la corrupción es un fenómeno trasversal, variable con la coyuntura, invulnerable a los sermones y solo sensible a la represión. Por supuesto, no son inmorales sino amorales. ¿Alguien oyó jamás de un corrupto arrepentido?

 Yo más bien creo que el castigo divino podría ser motivado por su aversión al placer. El asunto viene de atrás, de cuando Adán y Eva andaban despelotados, entregados a la sensualidad y la molicie, allá por El Edén. Por un quítame-allá-esa-manzana se cabreó y los desahució, obligándoles a currar para ganarse la vida (posibilidad que cada vez más raramente permite el mercado).

El Paraíso pasó de ser una institución inclusiva que abarcaba a todos los seres vivos, a otra exclusiva donde solo acceden los justos: ni uno más (como el libre mercado).

 Los criterios de selección son, cuanto menos, sospechosos. Aunque el Nuevo Testamento prácticamente excluye a los ricos, en el santoral superan ampliamente a los pobres, abundando los lazos familiares (como en el libre mercado).

 Desde entonces la historia de la humanidad ha sido un proceso, en parte fallido, de restablecer algo parecido al paraíso en la Tierra. Creo que, como especie, al homo sapiens le ha ido bien, aunque, como individuos no tanto y no a tantos (igualito que en el mercado). Un proceso, desde luego, discontinuo (cuando había exceso de demanda se restablecían los equilibrios mediante expolios, pestes y guerras) en una sociedad siempre dual (los de arriba y los de abajo, según la topográfica terminología de Podemos).

Para que la humanidad se desarrollara de forma funcional los valores de los de arriba y los de abajo deberían ser opuestos – a los primeros les correspondía el gozoso cultivo de la avaricia y la holganza, mientras a los segundos el obligado trabajo y la austeridad – y complementarios – la avaricia de los primeros permite financiar los productos que los segundos han de producir en exceso y consumir con moderación.  Estas leyes naturales de origen divino, solidamente establecidas en un principio, se fueron debilitando por la labor de algunos inadaptados del segundo grupo y su pasiva aceptación entraba periódicamente en crisis.

  A finales del Milenio, tras matanzas sin precedentes y con la posibilidad que nos trajo el progreso de robar a Dios la capacidad de destruir la Humanidad mediante la utilización de ingeniosos artefactos, se vivió una situación insólita: durante treinta años una considerable parte de las masas tuvieron acceso al Paraíso del consumo- por eso llaman a ese periodo los treinta gloriosos.

 Por supuesto, la situación se volvió insostenible. Un paraíso que no es exclusivo no es paraíso.  Y las elites se rebelaron y restablecieron la normalidad.

Los trabajadores (perdón, los de abajo) se habían vuelto hedonistas renunciando a la austeridad y olvidando que el trabajo es una maldición divina. Ante esta subversión de valores, los de arriba convirtieron el trabajo para los de abajo en algo deseable por  escaso y única vía de acceso al consumo, necesario para el bienestar de los de arriba. Para mantener la demanda sin que subieran los salarios, rebajaron el precio del dinero incentivando que los de abajo se  endeudaran confiando ciegamente en que en el futuro podrían pagarlas (es como la fe). Cuando se rompe la confianza se rompe el sistema. Es la crisis.

En el caso de España, se ha perdido la confianza en la clase política, en el sistema financiero, en las instituciones, en la unidad de los pueblos, en la Unión Europea, en el futuro… es la cojocrisis.

 Pero ¿qué ha provocado la predilección divina por nuestro país a la hora de castigar con tanta exhuberancia? El que todos los albañiles condujeran BMVs durante la burbuja. Eso me lo aseguran mis amigos de la baja-clase-media-alta. ¡Vox populi, vox Dei!

 Los de Podemos han sabido detectar la naturaleza divina de las leyes de mercado y por tanto el carácter sistémico de la actual crisis, planteando una propuesta radical (en cuanto actúa sobre las raíces del problema), coherente y movilizadora: ¡Hay que asaltar el Cielo!

A los que asusta la radicalidad de su discurso, Monedero ha sabido tranquilizarlos con la sensatez de la práctica. Su defensa ante presunto impago de impuestos, diferenciando entre legalidad y legitimidad se ajusta a la lógica liberal actualmente vigente. Estos chicos son flexibles y aprenden rápido.

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios