Crónicas grecianas V (Timeo Danaos et dona ferentis)

Llega la esperanza. Foto: Antonio Delgado

Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

            El pobre Laocoonte se desgañitaba en las playas de Troya advirtiendo a los habitantes de la inexpugnable ciudad que no se fiaran del enorme caballo que solitario se erguía frente a los muros de Príamo. Los griegos me dan miedo, aunque se presenten con regalos. Hoy los responsables europeos también se desgañitan. Los griegos no nos dan miedo ni aunque se presenten con regalos, porque, la verdad… ¡Vaya mierda de regalos! Pero, al parecer, los griegos andan contentos y orgullosos del caballo en cuyo interior no sabemos a día de hoy si realmente hay algo.

            En verano de 2012 En campo abierto publicó una serie de cuatro crónicas grecianas, que, pasado el tiempo, mantienen algunas de sus esencias, a pesar de lo que ha llovido desde entonces sobre el territorio de nuestros ancestros culturales. En una semana y con la ayuda de Hermes (que no Hermès), volveremos a dejar constancia del ambiente que se respira en Grecia, aunque esta vez desde la capital de los atenienses. Trátase pues de saber aquí qué nos parece que sabemos del sentir griego con las sombras que nos llegan de la caverna de Platón, porque nos da la impresión de que Grecia vuelve a estar de moda, salvo en lo que a corbatas se refiere.

            Hasta hace poco las noticias que tenían que ver con Grecia podían dividirse en dos grandes grupos: aquellas que señalaban que el país era un desastre y las otras, que mostraban que sus ciudadanos estaban de los nervios. Desde que en 2009 el partido socialista griego (PASOC), que acababa de ganar las elecciones parlamentarias nacionales, desvelara que el déficit del país superaba el 12% del PIB asistimos a una acumulación informativa sobre la incapacidad de ese país para pagar sus deudas, organizar su Estado, aplicar ajustes, obtener créditos internacionales, mantenerse en la zona euro y el súrsum corda: la ruptura, en definitiva, de la confianza económica (si alguna vez la hubo). A la vez las páginas de información sobre ese país se jalonaban con el descontento de los griegos, la celebración de manifestaciones, motines y algarabías más y menos violentos, el ascenso de una fuerza política de izquierdas (SYRIZA), la aparición de la derecha admiradora del dictador Metaxás (CHRYSÍ AVGÍ) y el otro súrsum corda: la ruina, en definitiva, de la confianza política. Y ambas familias de noticias iban siempre cogiditas de las manos.

            El 25 de enero de 2015 se celebran por fin elecciones: SÝRIZA las gana tragándose, según parece, tres cuartas partes del apoyo del PASOC, adelantando a la formación conservadora y obteniendo el premio de los 50 diputados de la fuerza más votada; el partido comunista griego (KKE) no solo no se resiente sino que mejora ligerísimamente sus posiciones. En el otro extremo, la derecha de NEA DIMOKRATÍA mantiene gran parte de su apoyo anterior y sufre una ligerísima pérdida que deriva hacia una escisión nacionalista (ANEL) con quien hoy gobierna Aléxis Tsípras. Los de Metaxás incluso pierden casi un diez por ciento de sus votantes anteriores. El arco lo completa una nueva formación (TO POTÁMI), que se está situando en el ámbito del centroizquierda. En definitiva, Grecia tiene un nuevo gobierno formado por SÝRIZA y ANEL, fuerzas que no tardaron ni veinticuatro horas en ponerse de acuerdo en un programa mínimo de actuaciones. La confianza política volvía a las instituciones griegas.

            ¿Cómo perciben esta situación los ciudadanos griegos? Ya veremos la semana que viene. Pero lo que se nos transmite desde allí es que la población ha encontrado un momento de alivio, de descanso, de respiro a tantos males. Creen –aunque sin alharacas- en sus gobernantes y las manifestaciones son ahora para apoyarlos frente a la Troika, que también es una y trina. Muchos seguirán enfadados, enfurecidos o enfebrecidos pero aún guardan la esperanza; al fin y al cabo Pandora era de por allí. Un rechazo absoluto a los regalos de los embajadores dánaos puede ser mal considerado. La UE puede, sin duda, enjugar la deuda griega, que los griegos no pueden pagar porque simplemente, como afirmó Varoufakis, es impagable. Los dirigentes helenos afirman que quieren pagar la deuda, pero no destruir el débil entramado productivo que les queda en pie. La UE puede, sin duda, empujar a los griegos fuera del euro; no entendemos mucho lo que esto podría significar económicamente para Europa, pero podríamos incluso llegar a pensar en un fortalecimiento de la moneda y en el valor de advertencia que este hecho tendría para otras economías débiles o no suficientemente saneadas. Pero, ¿estaría de acuerdo con esta situación el capital privado europeo que ha colonizado la Hélade? ¿Sufrirían estoicamente las pérdidas o se llevarían sus trocitos de aeropuertos, de puertos, de autopistas? Y lo que es mucho peor… Y si tras unos pocos años de dificultades los pobres griegos pobres salieran de la crisis y les fuera –simplemente– bien fuera del euro, ¿qué les contarían a las economías en dificultad de la zona euro? ¿Que se compraran una hucha en forma de caballito de madera y esperaran mejores tiempos en los procelosos mares de la austeridad?

            Habría que temer mucho más a los griegos si vinieran sin regalos.  O simplemente si no vinieran.