¿Por qué la socialdemocracia europea está en peligro de declive terminal?

Foto Nick Kenrick

Por Tom ANGIER

[Traducimos el siguiente texto de Tom Angier porque, a pesar de estar centrado especialmente en la sociedad británica, aporta algunas reflexiones interesantes sobre la crisis de la izquierda europea. El autor cree que se han abandonado los ámbitos tradicionales de la reflexión y la actividad de la izquierda, como son los estrictamente sociales y de clase, por otros denominados “de identidades” (especialmente los relacionados con las culturas y etnias, los de género y otros): ello ha provocado un colapso en la cultura de izquierda y un abandono de los tradicionales votantes de los partidos socialdemócratas. Frente a planteamientos “policiales y de seguridad” —como el reciente acuerdo antiterrorista del PP/PSOE— ante el reto del Islamismo radical, Angier plantea la necesidad y urgencia de reconstruir una política social europea que pueda resolver los problemas de marginación, pobreza y desigualdad que estarían en el fondo de esa amenaza.]

Con el ascenso de los partidos europeos de extrema derecha y de la izquierda radical los partidos socialdemócratas se enfrentan al reto de conservar su apoyo electoral en varios países de Europa. El primer problema con el que se encuentran los socialdemócratas es que ya no son tan atractivos en los distritos  tradicionales y entre las organizaciones que previamente habían servido para asentar su presencia en las comunidades, tales como sindicatos y cooperativas. Solo volviendo a sus prioridades tradicionales pueden los socialdemócratas tener la esperanza de que este declive se detenga.

Europa se encuentra en dificultades. Esto es evidente en el plano puramente político, en el que el proyecto de la UE provoca la indiferencia o la hostilidad por parte de un número cada vez mayor de los ciudadanos europeos, y la afiliación de los principales partidos ha descendido precipitadamente desde 1980. Es evidente en el plano económico, donde la riqueza se concentra en un pequeño número de manos, manos que no parecen estar unidas a ninguna nación o lugar en particular. Y es evidente a nivel de la sociedad civil donde el tejido social se está desarticulando, entre otras razones por el temor al Islam político, temor que no es atenuado por aquellos que lo reducen, de manera condescendiente, a una forma de locura o “fobia”.

Ante estos acontecimientos, ¿cuál debería ser la respuesta de los socialdemócratas? Comentaristas como Timothy Garton-Ash ponen su esperanza en un renovado “europeísmo” diciendo que los ciudadanos del Reino Unido, por ejemplo, son más europeos de lo que ellos mismos puedan pensar. El recurso a la identidad y los valores europeos nos preservaría, supuestamente, de la desafección política generalizada, de la radical desigualdad económica y de la amarga disensión cultural. Pero este consejo suena más hueco que nunca. El “europeísmo” no ha sido algo muy extendido ni muy profundo, incluso fuera del Reino Unido, y, más aún, en el actual clima que huele a la versión Merkelite de Am Wesen deutschen soll morir genesen Welt  —’el espíritu alemán rescatará el mundo’.

De hecho, las estructuras de la UE se han movido cada vez más hacia el consenso neoliberal, garantizando así tanto la desafección política como la desigualdad económica, sin hacer nada para abordar el incipiente conflicto cultural. ¿Qué puede ofrecer la izquierda que no sólo sea posible, sino que también encarne una esperanza real para el futuro?

Revitalizar la socialdemocracia en Europa

Nos enfrentamos a un problema de gran importancia histórica como es el abandono de la izquierda europea por parte de su base electoral. Desde la década de 1980, las clases trabajadoras progresivamente han venido siendo privadas de voz política, una situación agravada por el creciente ‘empobrecimiento’ de los que todavía se aferran a la etiqueta de “clase media”. Ante este desplazamiento hacia abajo, aquellos que podrían haber hecho frente al emergente status quo, en vez de ello, han provocado una retirada a gran escala. Y esto ha ocurrido en dos frentes principales.

En primer lugar, en el ámbito social, la izquierda —antes consciente de la realidad y significado de las clases sociales— se ha enamorado cada vez más de la justicia social interpretada como respeto a “mi forma de vida” o, de manera más conocida, como mi “identidad”. En este sentido la agenda de la izquierda se ha desplazado para abrazar todas aquellas prioridades anunciadas proféticamente en el libro de Theodor Adorno La Personalidad autoritaria: liberar la esfera pública del “prejuicio”, la “discriminación”, la “intolerancia”, el “fanatismo” y el “etnocentrismo”. Lo que este nuevo léxico ha permitido, sin embargo, es privilegiar las políticas que atraen principalmente a la clase media alta metropolitana, cuyas preocupaciones importan poco a la mayoría de los ciudadanos.

Foto Flickr: «davemc»
Foto Flickr: «davemc»

Estas son políticas relativamente fáciles de poner en práctica, no implican coste alguno para los ricos mientras que de forma constante bloquean el territorio real de la justicia social, específicamente el bienestar socio-económico de las familias normales. A la vez, la izquierda no ve ningún problema en las principales consecuencias de tales políticas identitarias o de respeto al estilo de vida: se incrementa fuertemente el poder del estado. Desde hace años, se reclama al Estado para que actúe como un padre universal; así, cuando los niños son maltratados por sus “cuidadores”, la indignación no se dirige a su familia o a la comunidad en general, sino a los “servicios sociales”. La política de identidad ha hecho a los órganos del estado más omnipresentes y dispuestos a interferir. Por el contrario, las organizaciones antes cercanas a la izquierda —como los sindicatos, escuelas parroquiales, sociedades mutuas y cooperativas— han sido castradas o han fenecido.

En el frente económico, la retirada de la izquierda ha sido aún más ignominiosa. En una economía profundamente globalizada existe un serio peligro de que las naciones (e incluso organizaciones supranacionales como la UE) estén a merced de las insistentes exigencias de las multinacionales. Sin embargo, la izquierda europea ha sido desmesuradamente lenta frente esta amenaza. Se hacen tibias demandas para corregir las actuales lagunas impositivas, y, bajo presión de grupos ciudadanos como UK Uncut, el Partido Laborista ha aprobado con la boca pequeña restringir las actividades de los paraísos fiscales, muchos de los cuales son anteriores o supervivientes posesiones británicas de ultramar.

Pero esto es demasiado poco, demasiado tarde: tiene que ser altamente vergonzoso que la campaña por un salario digno en el Reino Unido, por ejemplo, no surgiera de un partido político de izquierda, sino del grupo independiente,  Citizens UK (Ciudadanos del Reino Unido). La renuencia de los gobiernos a actuar contra los paraísos fiscales o a favor de un salario digno contrasta, por supuesto, con el entusiasmo para privar al verdaderamente vulnerable de los beneficios previstos por el Estado de bienestar. Pero, una vez más, la izquierda se encuentra acobardada y sumisa ante los que emplean la retórica de ‘vagos’ y de ‘engañar’ al estado de bienestar. Esta retórica podría, si se usa inteligentemente y con convicción, volverse contra esas corporaciones y empresas que precisamente mantienen oculta su riqueza fuera de los países en que operan. Pero la izquierda se niega sistemáticamente a afrontar este desafío y en su lugar se limita a sugerir salvedades y ajustes menores en el programa neoliberal.

¿Qué hacer?

Para empezar, los socialdemócratas tienen que atemperar o abandonar su tendencia a actuar como una “izquierda distinguida”, a la manera de una “izquierda cuché”. Necesitan recuperar un sentido de misión social en nombre del trabajador, de las familias corrientes, cuya estabilidad e integridad están mal atendidas a causa de la continua insistencia en la ‘diversidad’, que es no menos alienante para aquellos que pertenecen a comunidades inmigradas. Un sentido de la responsabilidad dentro de la familia es perfectamente coherente con los valores tradicionales de la izquierda y, además, se opone a un proyecto que hace recaer sobre el Estado tal responsabilidad.

Es cierto que el Estado debe alentar la defensa de los intereses de los verdaderamente vulnerables, como los discapacitados y los niños bajo cuidado. Pero la democracia social no debe ir en detrimento de las organizaciones comunitarias que tienen los recursos y la experiencia para hacer ese tipo de trabajo.  Tales organizaciones son perfectamente coherentes con la tradicional política de la izquierda, a pesar de estar hoy ensombrecida  por la idea de ‘Gran Sociedad’ de David Cameron, de corta duración, hasta que demostró ser la cobertura para una  posterior privatización. Uno de los aspectos más desalentadores de la actual vida europea es el modo en que el Estado y el mercado han desplazado a las instituciones cívicas autónomas. La izquierda debe estar a la vanguardia en la tarea de recuperar este espacio social cívico.

En el frente económico, el bien de la familia y de la comunidad depende en gran medida de blindaje ante las depredaciones ocasionadas por las fluctuaciones mundiales de capital. Para evitar un mayor empobrecimiento económico de la clase media, tiene que haber un esfuerzo concertado entre los socialdemócratas para evitar que las naciones estén al servicio de las empresas transnacionales. Por eso, la oposición al TTIP (Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión) entre la UE y EE.UU. debería ser una prioridad social democrática. De forma más amplia, hay que ejercer una presión real sobre los abusos perpetrados por los paraísos fiscales y por las empresas que se niegan a pagar a sus trabajadores un salario digno, por no hablar de la que hacen uso generalizado de prácticas no remuneradas y contratos a cero horas.

Si Europa se hace así de nuevo,  entendida socialmente, la fortuna del Islam político puede incluso decaer, ya que se ofrece una solución a aquellos que se sienten social y económicamente desfavorecidos. De la misma forma, una vuelta a las prioridades tradicionales de la izquierda es probable que atenúe la fobia anti-inmigrante de la población blanca indígena, cuyas perspectivas sociales y económicas se han debilitado y  visto mermadas drásticamente desde la crisis financiera. Esperemos que ante su futuro rumbo la izquierda europea deje de eludir sus urgentes responsabilidades.

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Tom ANGIER es profesor de Filosofía en la Universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Está dedicado a los estudios de Ética y Teoría Política.

El texto ha salido originalmente en inglés en EUROPP, blog de la London School of Economics and Political Science. La adaptación del inglés la ha realizado Javier Aristu.