Altercapitalismo

Berlin, 2013. Foto Flickr por Tunelko

Por Carlos ARENAS POSADAS

En un alarde de ingenuidad o de cinismo, el presidente Rajoy se preguntaba en la pasada convención del PP si el sistema que pretenden cambiar los líderes de Podemos es aquel que les ha permitido y permite asistir a escuelas, universidades y hospitales públicos. Ingenuidad no en sí misma, sino en la convicción del presidente de que los españoles de a pie somos todos absolutamente idiotas; cinismo, porque ha sido sobre todo el PP  el partido de las privatizaciones de los servicios públicos siguiendo las consignas de los think tanks neoliberales españoles que, tradicionalmente,  se han movido como pez en el agua en la búsqueda y extracción de rentas bajo el paraguas político antes que en la inversión productiva y en la gestión eficiente y competitiva.

La respuesta más obvia a Rajoy sería aquella que le recordara que de lo que se trata es de evitar la deriva privatizadora de lo público a favor de sus amiguetes, y restituir el estado del bienestar que los “antisistema” liberales vienen destruyendo desde hace más de treinta años, porque hubo una vez un “sistema” capitalista que fue compatible con el pleno empleo y con una más justa distribución del producto social. Parece que no sepa o no quiera saber que es la propia burguesía con la ayuda del Estado a su servicio la que mata un “sistema” y crea otro cuando el anterior ya no le sirve para reproducir la acumulación de riqueza en niveles remunerativos.

No ha habido un solo capitalismo, sino diversos capitalismos a lo largo de la historia. Que Rajoy  no quiera saber o reconocer la diversidad de capitalismos es lógico, porque sería como admitir  sus elementos destructivos, la lucha de clases que anida en su interior  y, sobre todo, la codicia y el desprecio a la humanidad que alimenta a todos ellos. Que exista una izquierda llamada genéricamente “anticapitalista” es justificable desde el punto de vista moral; pero no comprender del todo las regularidades del sistema y los mecanismos de cambio dentro del mismo, la conducen, me parece, a un cierto mecanicismo analítico y, lo que es peor, al aislamiento cultural y político del que se sirve gente como Rajoy para hacer demagogia como la aquí descrita.

Creo que la izquierda que ahora aspira a gobernar en España debería, en primer lugar, abandonar  escrúpulos “anticapitalistas”. El capital es un recurso, un motor, una palanca, un instrumento; no es en sí mismo ni bueno ni malo; depende de quiénes manejen la herramienta.

Es verdad que el capitalismo “real” dominante en los dos últimos siglos  ha perpetuado la propiedad privada de ese recurso en todas sus manifestaciones y, consiguientemente, el destino fatal del factor trabajo. La sociedad en su conjunto ha dependido de la cuenta de resultados de los oligarcas. La alternativa convencional al “sistema” capitalista ha sido el socialismo “real”; es decir, aquel otro sistema donde la propiedad del capital es estatal o, en el peor de los casos, de la nomenclatura que maneja el Estado, como finalmente ha ocurrido en Rusia o puede ocurrir en Cuba.

Ha habido sin embargo, tanto en la teoría como en la práctica, una alternativa al capitalismo privado, el capitalismo “colectivo”: aquel en el que los recursos del capital están ampliamente disponibles para la sociedad, siendo la propia sociedad, a partir de mecanismos institucionales de cooperación y democracia “real”, la encargada de regular tanto el destino del producto social como el buen funcionamiento del sistema en su conjunto.

Se podría decir que se trata de una alternativa “utópica” al sistema capitalista; de hecho se parece mucho a la que predicaban los igualitaristas y los socialistas utópicos en el siglo XIX. Me parece, sin embargo, que el capitalismo colectivo no solo es la única alternativa “científica” y posible en estos momentos –una alternativa keynesiana desembocaría antes o después en más de lo mismo- sino que su propuesta es corrosiva y “antisistema”, porque contra ella no valen los trucos dialécticos y miedos apocalípticos al comunismo y a la falta de competitividad que nos inculcan los oligarcas y sus testaferros políticos. Es una propuesta que enfrenta el interés de la sociedad al interés de la oligarquía, de la “casta”.

De hecho, lo reconozca o no, la izquierda hasta ahora “anticapitalista” está dando pasos significativos hacia lo que llamo el “altercapitalismo”, y eso no gusta dentro del sistema. La ruptura de la coalición de gobierno en Andalucía entre PSOE e Izquierda Unida se ha producido cuando esta última formación política ha reclamado el cumplimiento del programa de gobierno en lo referido a la creación de una banca pública (que no gubernamental), de un banco de tierras, de la renta básica. El programa que presenta la candidata  a la secretaría general en Andalucía de Podemos,  afirma querer gobernar para la mayoría social en detrimento de la oligarquía a partir de la promoción de una potente empresa pública bajo control social en la que incluye también a cooperativas y sociedad laborales. La referencia en el programa de Podemos a la situación de los autónomos es, entre otros muchos, un paso en el camino mencionado. Por cierto, es imprescindible que los “altercapitalistas” superen sus rencillas históricas y lleguen a acuerdos electorales o postelectorales.

Se dan pasos significativos, pero aún queda mucho que pensar, debatir y exponer para que la sociedad interiorice el significado del cambio que se pretende; de ser osados o tímidos en esta materia depende el éxito o el fracaso del proyecto.

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