La fábrica por la universidad

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Sustituir la fábrica por la universidad. Es lo que ha hecho la izquierda europea en el último medio siglo; sustituyendo a la clase obrera por la clase media, el parlamento por la plaza, el consenso por la ruptura, la ética por la estética, el pensamiento por la acción.

            El consenso de postguerra en torno al bienestar logró que los conflictos políticos y sociales se resolvieran en el parlamento y las mesas de negociación. Sin embargo, una parte de la intelectualidad europea añoraba la escenificación del conflicto, la ruptura. Esta pasión por la ruptura, por la estética revolucionaria, por el cambio como fin en sí mismo, se propagó entre los universitarios franceses que en el mes de mayo de 1968 protagonizaron aquella revuelta contra el sistema democrático y del bienestar, poniendo el país patas arriba. Frente al determinismo de un sistema pensado para garantizar el bienestar social, los estudiantes parisinos abrazaron la espontaneidad individual en busca de nuevas experiencias, tal y como proclamaban los panfletos situacionistas.

            Los partidos y sindicatos, partícipes del sistema, no eran aceptados en el seno de aquel nuevo movimiento dirigido por la clase media universitaria.  Aquella nueva izquierda abominaba de los parlamentarios y los dirigentes obreros, demasiado alejados de lo que ocurría en la calle, motivo por el que se rechazaba toda estructura que pretendiese organizar las reivindicaciones y movilizaciones. Estas se desarrollaban de manera independiente  en cada asamblea de facultad, en cada barrio, sin un aparato que pudiera transformar las reivindicaciones en un programa, canalizarlas hacia la conquista de nuevos derechos y mantenerlas en el tiempo.

            Perdido en el bucle de la acción por la acción, el Mayo francés se fue disolviendo con el paso de las semanas sin que se hiciera realidad ninguna de sus difusas reivindicaciones políticas. Algo similar ha ocurrido en España recientemente con el Movimiento 15-M, que logró movilizar a decenas de miles de personas en las capitales españolas con la misma facilidad con la que se fue disolviendo al cabo de los meses. Perdidos en la particularidad de cada asamblea, los indignados del 15-M renunciaron a todo aparato organizativo que les permitiera gestionar estrategias y funcionar como interlocución ante las autoridades. Acudir a la plaza para participar en la asamblea se descubrió como un fin en sí mismo, cayéndose en el bucle de la acción por la acción que acabó desgastando al movimiento hasta hacerlo desparecer.

            La actual crisis ha evidenciado una problemática social y económica muy distinta al contexto en el que se produjo aquel Mayo del 68 en las democracias del bienestar. El Estado ha sido rebajado a un papel subsidiario del capital financiero que controla los mercados, la tasa de desempleo en nuestro país ronda el 25%, el futuro de los jóvenes es una incógnita… Sin embargo, los métodos de lucha siguen siendo los de aquella nueva izquierda universitaria nacida en 1968. En España, es como si se hubiera despertado ese sentimiento antipolítico que tanto caracterizó las décadas finales de nuestro siglo XIX.  Como si quisiera cumplirse la sentencia con la que Carlos Marx inició El 18 brumario de Luis Bonaparte, la tragedia española decimonónica convertida en la farsa del tiempo presente.

            Quienes hace un año comenzaron a construir Podemos como nuevo partido político saben que todo proceso de transformación necesita unas estructuras estables sobre las que asentarse, pero no han renunciado a la estética sesentayochista tan propia del 15-M. Haciéndose pasar por una organización asamblearia y opuesta a los partidos tradicionales, Podemos se ha descubierto como una formación jerarquizada, con una dirección sin cabida para las sensibilidades al margen de la lista presentada por Pablo Iglesias. Al mismo tiempo que ha construido sus estructuras como partido, ha traicionado su propia carta de naturaleza, predicando la necesidad de una democracia participativa mientras los índices de participación en la elección de sus direcciones locales se estancaban en torno al 30 por ciento de sus inscritos.

            Sin embargo, Podemos sigue siendo herencia del 68, que se refleja en esa renuncia a las ideologías que le impide definirse como partido de izquierdas, prefiriendo utilizar conceptos tan difusos como “los de abajo” y “la gente”. Sustituyendo lo ideológico, el pensamiento, por la acción infatigable en los medios de comunicación, pretenden la ruptura del sistema político construido en la Transición. Pero, ¿acaso no cabemos todos en la Constitución de 1978? Si no fuera así, ¿está la izquierda española en condiciones de conseguir un sistema constitucional mejor?

            Más incomprensible aún resulta el hecho de que el PCE lleve tanto tiempo reivindicando esa misma ruptura con un sistema constitucional que fue el producto de una de las estrategias más exitosas de su historia: ¡la reconciliación nacional! La izquierda actual tendría que concentrarse en la recuperación del texto constitucional tal y como estaba redactado antes de la reforma de septiembre de 2011. Y dar respuesta a las cuestiones que han provocado la crisis de los sistemas del bienestar: cómo recuperar las economías, manteniendo el Estado social y sin caer en manos del capital financiero.