SIEMPRE ES MEJOR EL CAMINO QUE LA POSADA

Foto Flickr: Flat Twin

Por Francisco PALERO GÓMEZ

Con fecha 20 de febrero del 1998 El País publicaba un artículo firmado por Adela Cortina donde decía:

“Tras las  huellas de Hegel parece admitirse que es lo mismo lo público y lo político, que hay una identificación entre ellos. Hoy las cosas han cambiado sustancialmente. Y no solo porque nos hemos percatado de que, aunque el poder político siga cobrando su legitimidad de perseguir el bien público, quien ingresa en la vida  política busca ante todo su bien privado, sino sobre todo porque hemos caído en la cuenta de que lo público no es solo de los políticos. La identificación hegeliana entre lo público y lo político es hoy desafortunada.”

Confieso mi pereza para escribir sobre los políticos, inmerso como estoy en la cotidianidad del derecho y el estudio, siguiendo, entre otros, al Profesor Muñoz Conde mas, al igual que la autora citada – a la que no prestamos atención o no leímos – y estando firmemente comprometido con lo público, soy profundamente crítico con lo partidario, aun seguro de que serán los partidos, especialmente los llamados a nacer a partir de la crisis, los presentes, los que dirijan la vida pública.

Para que nadie se llame a engaño, tampoco tengo confianza en las denominadas nuevas formaciones emergentes, léase Podemos, porque reproducen, también en lo teórico, los elementos más clásicos de un pensamiento agotado.

En mi opinión, en relación con esta opción política y el fenómeno que la sustenta, estamos haciendo un análisis equivocado, sin duda porque no terminamos de romper con Hegel y permanecemos anclados en nuestros parámetros analíticos del ayer, sin profundizar suficientemente en dos fenómenos sustanciales que son lo que dan “alegría” a los dirigentes de Podemos:

Por un lado ha de constatarse el hecho objetivo de que la mayoría de los políticos de la denominada izquierda – hablar de la derecha no interesa porque en nada o en poco le afectará la incursión de Podemos – conciben su ingreso y permanencia en la vida política como un ascenso social a partir del cual persiguen y garantizan su bienestar privado, hecho que se arrastra incluso antes de la transición, y que así es percibido por la gente, que ve con asombro como los escándalos de maltrato, uso y abuso del capital público se repiten, lo que permite sustentar el discurso demagógico de la identificación del político con la casta.

Junto a ello hemos de constatar el hecho también objetivo de que lo político o, para ser más preciso, lo partidario, ha invadido – ocupado – todos los espacios de participación, de tal forma que no existe nada que no esté organizado, dirigido o manipulado por personajes afines o adscritos a una vinculación partidaria, exclusiva y excluyente, y que además inducen a la ciudadanía a considerar que todo es solucionable –removible– desde el partido. Y por ello son castrantes –o castradores– hablando con más propiedad, de toda actividad popular autónoma.

Ese fenómeno se repite en una parte importante de las sociedades europeas, frente a la experiencia de la sociedad estadounidense, por ejemplo, a la que hemos denostado sin adentrarnos en el más mínimo análisis, que permite, incluso obliga, la organización social para la solución de los conflictos. Por solo señalar algunos ejemplos, hemos de observar cómo ante una catástrofe natural se impulsa el colectivo de afectados o al hecho de que una iglesia ha de buscar fondos privados para toda su actividad.

Sin idealizar esa sociedad (ya no idealizo nada) señalo estos elementos por ser, en mi opinión, sustanciales – lo fueron en la movilización en el apoyo electoral de Obama a través de las redes – e impulsores del ciudadano para concebir una nueva relación con lo público, fundada no en la subvención o en la intervención paternal del político, sino en el compromiso del individuo.

Algo parecido deberíamos remarcar en relación con la producción del debate o de la opinión, o del pensamiento, que ha sido secuestrado por un número reducido de “conversadores tertulianos” que pontifican sobre lo divino y lo humano, en todos los medios, sin que sea posible la irrupción del pensamiento libre procedente de la universidad o de los espacios del trabajo.

Estos hechos – solo enunciados – facilitan la puesta en escena de una falsa participación centrada en las redes, que genera la ilusión óptica a algunos individuos de ser decisivos en la decisión, cuando en realidad son expresión burda de la manipulación de aquellos que las controlan. Y ahí vuelve a enredarnos Podemos y sus prácticas de creación interna de opinión o de decisión, siempre baja la tutela definitiva y definitoria de sus prohombres fundadores.

Ahora bien, el fenómeno, lo que está ocurriendo en la sociedad general, la crítica activa a lo existente, tiene o está teniendo una proyección positiva, al obligar o permitir, dicho en términos coloquiales, “mover el guayabero” de forma que algunas guayabas pierden pie y, como decía el clásico, la cosas terminan cayendo al suelo por su propio peso o por la ley de la gravedad. Y está bien que caigan.

De tal forma que, empujados por lo evidente, la reflexión y esperemos que el cambio, está llegando al interior de las formaciones tradicionales, sin que sea nadie capaz de predecir el fin de ese proceso evolutivo.

El fenómeno no debemos mirarlo con escándalo o con temor, especialmente aquellos comprometidos con lo público que hace tiempo apostamos por no ser dependientes, pues como decía el Quijote, siempre es mejor el camino que la posada, salvo para los que están recostados en un ayer y en verdades absolutas que la vida se ha encargado de poner en solfa, como son las estructuras anquilosadas de los partidos.

Y aquí termino, con el compromiso de que otro día hablaré de los movimientos, sugiriendo para la reflexión la lectura del libro Los origines del totalitarismo, escrito por Hannah Arendt, pensadora a la que no prestamos atención en el pasado, cuando estábamos inmersos en las verdades acabadas que impregnaron todo nuestro ayer político.