No vemos ni oímos a los sindicatos

Foto Expo 2008 de Zaragoza

Por Antonio BAYLOS

The U-boat

En las películas bélicas de batallas navales, los submarinos, al ser un lugar cerrado y casi claustrofóbico cuya capacidad de ataque se basa en la sorpresa y en no ser detectados, han dado mucho juego. Un elemento clásico de este tipo de films está constituido por la peripecia en la que el capitán del submarino, perseguido por destructores y dragaminas, se sitúa en el fondo del mar, apagando los motores para que sus perseguidores no le puedan localizar y crean que ya no está allí. Si la treta sale bien  el submarino reemprende su travesía y vuelve a surcar los mares.

Esta imagen cinematográfica que posiblemente proviene de mi frecuente presencia en los cines de barrio en mi lejana adolescencia, es la que me ha venido a la mente cuando pienso en la situación actual de los sindicatos. Silencio y máquinas apagadas. Mientras dura el ataque y explotan las bombas.

Los sindicatos protagonizaron por el contrario una fuerte resistencia frente a las reformas laborales entre el 2010 y el 2012, y a lo largo del 2013 confluyeron en grandes movilizaciones populares. Su presencia mediática y política fue muy intensa. Pero a partir del 2014, su perfil público se ha visto progresivamente borrado. El tema de los ERE de Andalucía y las tarjetas de Caja Madrid han ayudado sin duda poderosamente a esta inmersión silenciosa de la que sólo se divisa de vez en cuando su presencia pública como la que se efectuó a la hora de firmar el acuerdo sobre la prestación asistencial de desempleo. También los submarinos enviaban a superficie manchas de aceite para sugerir que ya no estaban operativos.

No es desde luego una mala táctica la de esperar que escampe. No siempre la visibilidad mediática es oportuna, como se puede fácilmente comprobar de las vicisitudes en las que actualmente está implicada Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid. Y más con un campo mediático empotrado en los centros del poder económico. Pero sobre todo me gustaría insistir en que, como en la imagen sugerida, lo importante es que nosotros no vemos ni oímos a los sindicatos, no lo contrario. Porque de eso se trata, precisamente. Eso es lo que pretende el capitán del submarino.

Los sindicatos están fuera del lugar de trabajo

En las intervenciones de los colegas de la Universidad Autónoma y, de manera más tosca en la voz amiga de Soledad Gallego-Díaz, lo que más llama la atención es la percepción por parte de ambos de que los sindicatos son una figura social que se sitúa en la esfera pública, desempeñando funciones de regulación general tanto en el mercado de trabajo como en el espacio socio-económico de las relaciones sociales. Ninguno hace un vínculo con su realidad laboral, como si hablaran de un sujeto que no estuviera insertado en su cotidianeidad. Y sin embargo, la articulista de El Pais conoce muy bien la actuación del Comité de empresa y de los sindicatos en él representados durante el ERE todavía reciente  de Juan Luis Cebrián, y las compañeras y compañeros de la UAM a buen seguro participarán en las elecciones a Juntas de Personal votando alguna de las listas sindicales en liza, mientras comparten departamento  con un profesor que ha desempeñado funciones de representación del colectivo, Ricardo Morón, cuyas realizaciones son sin duda alguna una muestra de lo mejor de la acción sindical,  y que, con perdón, podría ser un émulo castizo de ese “sindicalista joven de 44 años, David Rolf, que se está haciendo famoso en Estados Unidos”.

Quiero decir que en las reflexiones sobre el futuro del sindicalismo se aprecia una cesura muy fuerte entre la percepción del sindicato como una institución socio-política que se juega en la esfera pública con funciones de suplencia o de complementariedad de los sujetos políticos y los poderes económicos, y la existencia simultánea de esas estructuras sindicales en las empresas, centros de trabajo y administraciones públicas, donde se realiza la síntesis entre la acción reivindicativa y la capacidad contractual del sindicato y donde, por ende, se manifiestan los problemas “centrales” de la presencia del sujeto colectivo, la composición plural de las figuras del trabajo y la conflictividad que se desenvuelve en esos espacios. Por eso en las intervenciones “domésticas” del debate, esta dimensión es la que se resalta, y se relaciona con los resultados en las elecciones sindicales, en el cambio de modelo de representación o su reforma, en la necesaria imbricación de la acción sindical en las empresas transnacionales y en la dimensión europea, con la dificultad de mantener la vigencia real de los convenios colectivos en pequeñas y medianas empresas, etc.

Desde otro punto de vista, se podría quizá pensar que en la percepción de estos autores se resaltan dos aspectos que componen la representación sindical a partir de esta dualidad, de manera que lo que se viene a señalar  por los proponentes del debate es que ambas versiones no son coincidentes, o que hay una disparidad profunda entre el espacio de la acción sindical concreta en los lugares de trabajo y su proyección en el espacio público del sindicalismo confederal como sujeto político, siendo así que ambos deben converger. En este último, los sindicatos “no se ven, no se oyen”, pero en el espacio concreto de la  acción sindical en los lugares de trabajo, somos nosotros los que “no vemos, no oímos” a los sindicatos.

La capacidad disuasoria, la fuerza de la imposición

Hay muchos materiales sobre la crisis del sindicalismo, casi tantos como los que existen sobre el sindicalismo en la crisis. Una ojeada a los textos debatidos y presentados en el I Congreso sobre Economía, Trabajo y Sociedad de la Fundación 1 de Mayo, proporcionaría un excelente material de trabajo, y seguramente aportaría elementos de análisis muy interesantes a este debate. Hay sin embargo problemas acuciantes que conviene sin duda afrontar para elaborar alguna respuesta concreta, como la participación en los consejos de administración de las empresas y el propio sentido de la participación institucional del sindicato, la reformulación de los mecanismos de consulta entre afiliados y trabajadores sobre el programa de actuación de los sindicatos y la concertación social, o la reflexión sobre aspectos específicos del trabajo sindical como el empleo público, en especial las administraciones públicas, los sectores de enseñanza y universidad, la sanidad. Por no mencionar el problema extremo del deterioro y estancamiento de la negociación colectiva.

Pero si uno tuviera que extraer el elemento determinante de la crisis que está en la base de tantas reflexiones, elegiría seguramente el de la pérdida o al menos el desgaste acelerado de la capacidad sindical de intimidación a la contraparte, la incapacidad de disuadir a ésta – el poder privado o al poder público – de adoptar decisiones que se confronten con el sindicato a causa del coste económico y el perjuicio social medido también en términos políticos que lleva aparejada esta posición. Y junto a esa disuasión preventiva, la incapacidad de afirmar el propio programa reivindicativo, de imponer una buena parte de las medidas que integran el proyecto sindical de tutela de los derechos de los trabajadores.

Huelga General 14-N
Huelga General 14-N

En este punto hay que insistir, porque el sindicalismo español ha llevado a cabo una fuerte movilización social, incluidas tres huelgas generales, sin que haya conseguido ni siquiera una mínima contrapartida de los poderes económicos y del gobierno. El único contrapeso que se ha logrado en el 2014 se presenta como un fruto tardío de la presión sindical, pero parece haberse generado más bien como un efecto adicional al cambio en la imagen del PP con finalidades electorales en el año 2015. Sin embargo, en conflictos concretos el sindicalismo ha luchado y ha vencido, desde las huelgas de la limpieza hasta la marea blanca, y en la actualidad el conflicto todavía abierto de Coca-Cola. Si hiciéramos un recuento de resultados obtenidos, sería positivo al tener en cuenta el contexto nefasto de crisis de empleo y de reducción salarial en el que estamos inmersos.

Es conveniente analizar las posibles firmas de presión y de lucha, la visibilidad de la representación y por tanto de la presencia sindical. Es seguro que hay que volver a situarse en espacios no reglados por la institucionalidad del sindicato, que recupere una capacidad de alterar la cotidianeidad también en el terreno simbólico. A partir de huelgas y conflictos concretos es posible articular ensayos de estas nuevas formas de gobierno del conflicto que fortalezcan y completen las formas “viejas” o tradicionales del mismo. Un desarrollo de este tema sería muy conveniente, teniendo en cuenta que hay sectores enteros de producción de bienes y de servicios que ni siquiera han conocido una huelga – salvo las convocatorias de huelga general – en toda una generación de trabajadores y que por tanto ignoran la cultura del conflicto y la participación de trabajadores y de la ciudadanía en el desarrollo y en la extensión del mismo.

Construir sindicalismo a partir del análisis del conflicto social, esa podría ser una conclusión provisional interesante.

Sólo se habla de política

En cualquier caso, el tiempo actual está conociendo un renacimiento de la política como expresión de las distintas opciones de gobierno de la sociedad y como manifestación de proyectos alternativos de edificación de una nueva sociedad. Es un proceso que conduce, según la terminología al uso, a la apertura de un espacio constituyente. El sindicato coincide en líneas generales con esta perspectiva, de forma que ya en junio del 2014 CCOO ha afirmado la necesidad de una reforma de la Constitución “no cosmética”, en donde se debe incluir las grandes opciones políticas, económicas y sociales del país. Gaceta Sindical ha dedicado un número específico a este aspecto bajo el título genérico de “Por una reforma constitucional

Lo cierto es por tanto que el interés ciudadano se ha desplazado hacia el ámbito de la política democrática, de las opciones electorales, de los grandes debates entre fuerzas políticas donde se está produciendo una amplia renovación de sujetos y una nueva rearticulación de las fuerzas en presencia, más pluralistas y más orientadas hacia la izquierda y la radicalidad democrática. Europa es asimismo un horizonte mucho más cercano que nunca, en donde los resultados electorales en Grecia son un dato decisivo para el devenir político español.

El sindicalismo español tiene una cierta tradición en adoptar un papel secundario en estos procesos de transición. Lo hizo en el período 1976- 1980 y ahora, por razones distintas, parece que también asume una cierta subsidiariedad en el que está en curso, con todas las incertidumbres sobre su alcance y extensión. Es cierto además que la derecha considera al sindicalismo como un obstáculo prescindible, pero tampoco es bien apreciado en la izquierda. No digamos en el PSOE, que legisló contra el sindicato y los valores que éste representa en el 2010 y en el 2011, y modificó la Constitución en un sentido no democrático. El arrepentimiento que ahora exhibe este partido – por el que hay que felicitarse, desde luego –  no recupera sin embargo al sindicato como sujeto del cambio. En cuanto a Podemos, al margen de la prudencia de su equipo dirigente, es bien conocida la reluctancia que entre una gran parte de sus componentes suscita la representación sindical confederal, los llamados – con razón – sindicatos mayoritarios, para los que se quiere importar el rechazo al modelo bipartidista. Sólo IU-ICV parece contar con el sindicalismo de clase como una seña de identidad, posiblemente también como forma de marcar la diferencia con Podemos. Pero nombres como Joan Coscubiela o Paloma López son bien indicativos de este trend.

De esta manera, la visibilidad mediática se dirige a la forma – partido y no considera atractivo al sindicalismo, que hasta en el lenguaje se distancia de la narrativa política democrática que se está desarrollando. Pero eso plantea un nuevo reto al sindicato, el de saber insertar su acción sindical, conducida desde su propia autonomía, en un proceso de cambio político sin que aparezca extraño o distanciado del mismo, como si le fuera indiferente.

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Imagen del film francés “Todo comienza hoy”

Todo comienza hoy

Se podría sin embargo desarrollar otra línea de análisis que se centre en la problematicidad del poder contractual sindical, su degradación a partir del cambio de reglas que ha impuesto la reforma del 2012 y las consecuencias de la misma en la práctica de empresas y empresarios que aseguran su poder privado a costa de la regulación colectiva y de su constante incumplimiento. Hay por tanto una necesidad de cambiar los esquemas de acción ya “normalizados” durante al menos treinta y cinco años de relaciones laborales democráticas y cuestionar las rutinas que los han acompañado durante tanto tiempo. El fortalecimiento de las asimetrías de poder es una realidad frente a la cual el sindicato y los sindicalistas tienen que reaccionar desde una posición más adecuada a la relación de fuerzas en las que nos movemos. Es algo que tiene mucha relación también con las estructuras organizativas, federales y territoriales, del sindicato, y de su capacidad para incorporar nuevas experiencias, nuevos ensayos reivindicativos que se concluyan en un acuerdo.

Centrarse en la negociación colectiva, repensar sus esquemas y estructuras, sería también una buena conclusión provisional sobre el sindicalismo del futuro. Que, como cada día, en el de mañana sabe que siempre comienza todo otra vez. Lo que se está desarrollando hoy.

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Artículo publicado originalmente en el blog del autor Según Antonio Baylos, y en Metiendo bulla.