De nuevo, el cambio

Por Carlos ARENAS POSADAS

¿Se acuerdan ustedes? Fue al comienzo de los ochenta. Una solo palabra “cambio” sin más argumentos, programas o estrategias (que no estuvieran en el diseño oculto de quienes manejaban los hilos del futuro del país, desde dentro y desde fuera), sirvió para que se produjera un vuelco electoral que llenó de esperanzas, primero, y de decepción y desencanto, durante décadas, a la población de entonces.  Hoy conocemos cuál era aquel diseño que ha deglutido, incluso, aquella izquierda asumible que hoy se queja –véase la entrevista a Guerra en El País del pasado domingo- de que estamos volviendo al siglo XVIII. Con su concurso.

Treinta años después, como entonces, la gente quiere, necesita un cambio.  Digo “la gente” porque, más allá de una clase o sector de clase, son muchos los agraviados por el actual estado de cosas y muchos los jóvenes que anhelan saber que hay otro futuro, que el final de la historia que anunciaba Fukuyama no puede ser esta porquería de desigualdades, mediocridad y deterioro de las libertades.

Ese anhelo se ha conducido, al menos en las encuestas, al respaldo de Syriza en Grecia y Podemos en España. Resulta revelador que esta fuerza política se sitúe a la cabeza de la intención de votos, incluso en comunidades autónomas donde ni siquiera han constituido siquiera una mínima estructura orgánica. Y es que, como hace treinta años, la gente quiere sentirse partícipe del cambio que, suponen, se avecina, y cada persona tiene la convicción casi milenarista de que sus esperanzas se verán satisfechas por la nueva clase política que ahora nace. Pero las elecciones se acercan y, consiguientemente, la hora de los programas concretos también; antes y después, la indefinición que hoy es depósito de expectativas de votos, se puede convertir en almacén de decepciones.

Los dirigentes de Podemos hacen referencia a la “centralidad” de su discurso; tal y como lo entiendo centralidad se refiere a la radicalidad del análisis: ir a la raíz de los problemas. Y la raíz de nuestro problema es la imparable desigualdad en que se ha movido y mueve nuestra sociedad, la sociedad capitalista en el otrora primer mundo, desde hace treinta años.

Pero la desigualdad puede entenderse de una doble manera: la más evidente de todas es la desigualdad de la renta. Desde hace tres décadas la riqueza del diez por ciento más rico de la población aumenta sin parar, en detrimento de los ingresos de las clases medias y populares. También puede entenderse como un desigual acceso a los recursos productivos, a las oportunidades personales y colectivas.

Uno y otro concepto de desigualdad conllevan estrategias políticas de cambio que, si no contradictorias, ponen el acento  en aspectos diferentes. Para usar testimonios de autoridad, haré uso de dos economistas estrellas: el norteamericano Daron Acemoglu y el francés Thomas Piketty (pronunciar como palabra aguda).

Ninguno de los dos puede considerarse como un revolucionario a la antigua usanza; sin embargo, ambos han hecho de la desigualdad su campo de batalla; ambos utilizan la historia y las instituciones como elementos de análisis para desespero de los economistas académicos; ambos esperan de la gente el impulso necesario para el cambio.

Piketty se mueve en la esfera más europea de la vieja socialdemocracia: la desigualdad de la renta se corrige con más impuestos a los ricos, con más Estado, con políticas económicas y sociales del bienestar en una Europa verdaderamente unida que contradigan el capricho de los grandes especuladores. Acemoglu hace honor a la tradición norteamericana: los países más prósperos e igualitarios son aquellos que garantizan la igualdad de oportunidades en el acceso de todos los ciudadanos a los recursos financieros, educativos, sociales y políticos.

Podemos parece inclinarse por un programa que recoge más las ideas del primero que del segundo. El leit motiv de su programa económico se aferra a la revisión de la deuda y la normalización fiscal que harán factibles las políticas públicas de bienestar. El borrador de programa de Torres y Navarro va en ese sentido. La prensa reaccionaria y los economistas neo-liberales han ido, como tantas veces, de la mano para hacer las preguntas ortodoxas de rigor: ¿de dónde sale el dinero? ¿Qué va a ser con tanta presión fiscal de la competitividad de los productos españoles? ¿Admitirá Europa que España diseñe una macroeconomía diferente a la que se impone desde Bruselas por orden de Merkel? Hay que reconocer que la apuesta de Podemos abre incertidumbres, pero no muchas más de las que la gente corriente soporta cada día.

No hay que olvidar, sin embargo, que, a mi juicio,  la mayor novedad que Piketty aporta al análisis económico está expresada en lo que llama el “capital nacional”; es decir, en considerar al patrimonio y a la renta inmueble, mueble y especulativa como capital, cuando los clásicos solo consideraban capital aquel recurso capaz de reproducirse en la economía real creando beneficios y trabajo. Piketty ha demostrado que, en las últimas décadas, las rentas de aquel capital que puede llamarse ocioso, buena parte de él proveniente de las herencias, crece a mucho mayor ritmo que las que consigue la economía productiva. La consecuencia es el hecho contradictorio de que las políticas redistributivas de carácter nacional se aplican principalmente a actividades que compiten globalmente, se aproximan al crecimiento cero y se resisten fieramente a repartir justamente las ganancias. Mientras, se carece de una estrategia global para parar las alas del capital ocioso a nivel global.

 Hará bien Podemos en estudiar, por tanto, salidas que incidan, a la manera de Acemoglu, no solo en repartir el producto del capital sino también el capital mismo; pensar en repartir el capital ocioso –la nacionalización o socialización de la banca, la reforma agraria o de la escuela irían en ese sentido-, y generar una cultura inclusiva donde la soberanía personal, especialmente como clientes, usuarios y consumidores, sea determinante para discriminar positivamente aquellas actividades y empresas que sean conformes al ideario que se persigue sobre el papel.

De nuevo el cambio ante nosotros; pero esta vez, si no se quiere defraudar de nuevo, con la gente como protagonista y como soporte.

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