Sobre el cambio de nombre del Partido socialista francés

Foto Flickr por Nach

Por Michel ROCARD

En octubre pasado, Francesc Valls, el Primer ministro socialista francés, propuso cambiar el nombre al Partido Socialista (PS). Bajo el combate contra una “izquierda retrógrada” que está atada “a un pasado nostálgico” la declaración de Valls  no hace sino expresar la vertiente francesa de un debate europeo que afecta a la situación de la izquierda y a las perspectivas de cambio en Europa. La socialdemocracia también está afectada por la crisis social y económica. Proponemos a continuación una reflexión de Michel Rocard al hilo de la propuesta de Valls: no está de acuerdo con cambiar el nombre pero sí propone cambios y transformaciones en los partidos socialistas.

El Partido socialista francés (PS) vive una de las crisis más profundas de su larga historia. Con todo, ¡qué paradoja! Nacido del rechazo de la crueldad inherente al capitalismo, este partido se afirmó en torno a la certeza largo tiempo afirmada, después olvidada sin ser rebatida sin embargo, de que el capitalismo se caracterizaba por una inestabilidad estructural que terminaría por derribarlo. Sin embargo, el capitalismo sigue ahí.

Ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a las dos crisis más gigantescas de su historia (1929, 2006). El capitalismo parece ahora haber entrado en un periodo de convulsiones, de dramas y contradicciones de las que no se sabe cómo podrá salir.

Y es en esta situación cuando algunos, incluso en nuestras filas, y al no ver al PS francés como portador de soluciones, quieren declarar su obsolescencia y programar su desaparición. Sería peor que una locura, un error y sin duda un gesto suicida para Francia.

Las fuerzas progresistas siempre han necesitado un emblema, un nombre que sea una señal de reagrupamiento. En esta fase inquietante en que se desploman nuestras antiguas convicciones y saberes, la única certeza que permanece es que la suma de intereses individuales que constituye el mercado es incapaz de definir y defender el interés general.

Ciertamente, la libertad estuvo tan amenazada en el siglo XX que no hay nada que se le pueda anteponer. Pero la historia ha hecho que al nombre de la socialdemocracia esté unidos siempre la marca y el honor de esos combates. Y lo que hoy está bajo amenaza es el interés general. Hay que conciliar ambos. El nombre de socialismo, si hubiera que dotarlo de contenido concreto, expresaría al menos eso, e incluso sólo expresaría eso.

Francia no está sola en este asunto, y no se trata solo de nosotros. Si el PS francés es más débil que otros, eso no nos da en absoluto el derecho de provocarles. La pérdida de sentido de la Internacional es una de las principales causas del hundimiento del PS francés. Sin embargo, casi todos los objetivos que tenemos que alcanzar son internacionales. Si no mundiales: regular las finanzas, detener el efecto invernadero, reconciliar a cristianos y musulmanes, asegurar la transición energética, recomenzar la construcción europea, establecer con los mil millones de chinos las relaciones de amistad con su sociedad civil, que van más allá del comercio o la diplomacia. Mantengamos una vinculación que puede ayudarnos, incluido nuestro nombre.

Michel Rocard
Michel Rocard

Es el compromiso militante lo que hay que reinventar, recrearlo haciéndolo menos electoralista, más social, territorial, medioambiental e internacional. No lo haremos solos. La tierra de las ONG está en barbecho para nosotros. No hay ninguna razón para dejarlos solos. La afiliación internacional es aquí la clave.

En un mundo donde todas las etiquetas se diluyen, las tradiciones toman un creciente peso. En crisis intelectual, la tradición socialista al menos no se deshonró. Permanece, Jaurès no se ha ido de la memoria. Y además, miren a los conservadores franceses: cambian de nombre cada cinco o diez años y no saben ni siquiera contar su historia. En lo que respecta  a la esperanza de recrear la emoción y el reagrupamiento en torno de una tradición, eso está fuera de su alcance.

Uno de los dramas más profundos de este periodo es la desaparición del tiempo a largo plazo. Desde que la pantalla ha reemplazado a la escritura, todo lo que es complejo, igual que todo lo que se sitúa y se entiende a largo plazo, ha desaparecido de nuestra manera de reflexionar. Es un suicidio civilizatorio. Los medios de comunicación lo exigen, los políticos actuales actúan a impulsos (efecto de anuncio…), lo cual es estúpido e ineficaz y contribuye a matar su buen oficio que consiste en plantar cedros —instituciones, procedimientos, reglas— evitando tirar por arriba para que crezcan más rápidamente.

Si llegamos a un consenso acerca del enfoque, valdrá también sobre el método: se establecerán progresivamente los elementos de la nueva sociedad, en la energía, el tiempo, la cultura y luego el arte de vivir. La máquina tendrá que continuar su marcha hacia adelante, sus crueldades y sus injusticias no se borrarán sino de forma progresiva.

Esto suscita una última reflexión necesaria, la que se refiere a la cultura de izquierda. ¿Qué es la izquierda sino la actitud consistente en rechazar el discurso políticamente correcto al que se adhieren las instituciones y los actuales líderes? Hay momentos en que hace falta una cura de izquierda.

Conozco el movimiento de izquierda, de ahí he salido, a él pertenezco, es mi familia. Tenía 16 años, mi país disfrutaba de la alegría por la libertad reencontrada (1945). Cuando toda Francia estuvo de acuerdo, incluidos los socialistas, para emprender en Indochina la reconquista de su imperio colonial (1954) denuncié esa vergüenza y me descubrí como de izquierdas. Menos de diez años después, otra vez, a propósito de Argelia (1960). El acuerdo era general. De nuevo, fui un izquierdista, pero menos solo desde el comienzo. Salvamos al menos la honra de la izquierda.

Y después, durante un breve plazo —Mayo del 68— fui un líder de izquierda, marcado como extremista por el ministro del Interior, por haber osado reclamar el derecho a la palabra en aquella sociedad jerarquizada.

Francamente, ¿no habría también que invocar el concepto de izquierda, diez años más tarde, cuando el acuerdo solemne de toda la izquierda (socialistas y comunistas) en torno al programa común de Gobierno (1981), tras las 110 propuestas del candidato, que preparaban la verdadera transformación social que Francia y el mundo necesitaban?

Una cura de izquierda, por tanto, ni me sorprende ni me disgusta. Pero, pero… el fundador de la izquierda, en el fondo, es un camarada nuestro que se llamaba Karl Marx. Me temo que nuestros izquierdistas de hoy día están dispuestos a olvidar su lección más poderosa. Él no la escribió como tal, es su vida la que nos la da. Es fácil de resumir: «Camaradas, está bien querer cambiar el mundo. Pero no lo conseguiréis si no comenzáis a trabajar furiosamente intentando comprender cómo funciona…»

A falta de una repentina explosión general, tan poco probable como deseable, esto irá lento. El pueblo al que defendemos necesitará siempre de sus empleos, es decir, que la máquina funcione. Ahora bien, esta no puede funcionar sin reglas, que es verdad que no son las nuestras, pero son las que ella necesita. Si todos nosotros juntos mantenemos una auténtica confianza y una auténtica unidad en torno a nuestra perspectiva a largo plazo, no tenemos el derecho de desregular la máquina mediante medidas brutales de corto plazo que pueden debilitarla. No hay izquierda útil que no sea pertinente y coherente.

He aquí la razón que nos obliga a renovar, reforzar, reunificar nuestro partido socialista, para la Francia de hoy y como instrumento útil del mañana. Haciéndolo, podremos incluso contribuir a que otros partidos hermanos despierten, reforzando de esta manera la oportunidad de asistir al renacer de la sociedad de los hombres en lugar de la del dinero.

(Publicado en Le Monde el 3 de diciembre.Traducción de Javier Aristu)

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Michel Rocard (1930-) es una destacada figura de la izquierda socialista francesa del siglo XX. Fundador del Partido Socialista Unificado (PSU), luego se integró en el Partido socialista refundado por Mitterand, llegando a ser Primer ministro en el gabinete de éste (1988-1991). Eurodiputado hasta 2009. En este blog hemos publicado en 2012 una entrevista con Rocard acerca de la crisis.

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