¿Diseñar el futuro?

Foto Flickr Steve Jurvetson

A propósito de un artículo de Antón Costas

Por Javier VELASCO MANCEBO

Nos encontramos en medio de un cambio de civilización, y la crisis es la manifestación de la civilización que muere: la de un capitalismo nacido en la fase de crecimiento de los decenios de posguerra europea[1] en los países más desarrollados de Occidente, a los que se incorporó España en fase posterior. Ese fin de civilización hace insuficientes o estériles las medidas de política macroeconómica y microeconómica que  la izquierda presenta frente al pensamiento liberal o  neoclásico. La derecha acepta la desigualdad más orden público, mientras quiere pensar que el crecimiento volverá. Vana esperanza. La izquierda, si no quiere frustrarse, tiene que cambiar su universo mental y empezar a trabajar.

Aunque el término civilización está sometido a múltiples interpretaciones, podemos, acogiéndonos a Norbert Elías[2], definirlo como  “ tanto el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, el desarrollo del conocimiento científico,  las ideas religiosas y  las costumbres”. Es decir, el concepto de civilización se identifica con las pautas de comportamiento del ser humano, pautas que pueden ser inconscientes, conscientes u obligadas.

Antón Costas, en su artículo sobre el divorcio entre economía y política publicado en La Vanguardia [leer artículo], nos habla de que “Estamos en el umbral de una de esas etapas históricas en que cambian las bases de la economía y las fuentes de la competitividad y el bienestar de los países”, excluye el espacio que ocupa la civilización y restringe su análisis al estrecho mundo de la economía. Y, sin embargo, residimos en un momento de cambio de civilización porque estamos contemplado el fin del proceso  que corresponde a la sociedad de consumo de masas surgida de la II Revolución Industrial. Civilización que recorre más o menos un periodo de 40 años  en los países desarrollados.

 No cabe describir  aquí los cambios descomunales de hábitos  que supuso para las sociedades la incorporación de los trabajadores y sus familias al consumo de utensilios y servicios que  fabricaban u ofrecían las empresas o instituciones que operaban en la economía de mercado. Lo que no sabemos es qué cambios estructurales, antropológicos y sociales nos traerá la actual revolución tecnológica. Lo que es vital es orientarlos, no dejarlos a las decisiones de la “competitividad”. No debemos dudar que la tecnología existente es producto de la crisis. Si no hubiera empezado el agotamiento económico a finales de los sesenta la tecnología sería otra y la sociedad también.

Para Costas, los dos motores que mueven esa transformación histórica son la gran revolución basada en la digitalización y la robotización de la industria y la nueva revolución de la energía. Ambas, según él, “cambian las fuentes de la competitividad”,  y esta característica las eleva a la categoría de elemento mayor. Más adelante nos dice que “las ganancias de productividad serán enormes. La cuestión es cómo se distribuirán. De cómo se haga dependerá el que la desigualdad social hoy existente aumente o se reduzca en los próximos años. La respuesta está en quién será el dueño de los robots”

Asimismo, y hablando de la revolución energética, nos introduce en las posibilidades que ofrece la tecnología de fracking y la extracción del gas que está dentro de las rocas y deduce de ello que la competitividad futura dependerá de los costes energéticos, como si el problema fuese el coste de la energía. Otra vana ilusión. En fin, Costas termina con una alabanza y retorno de la industria y para ello propone la sempiterna formación profesional. Para terminar, defiende un futuro optimista en el que los tres factores que son la tecnología, el capitalismo y la democracia, de las cuales, según el profesor, los dos primeras son autónomos (sic),  y decidirán, si están equilibrados, el bienestar futuro.

No es raro leer a autores que partiendo de hechos constatados en la realidad deducen conclusiones y medidas falsas o incompletas. Costas quiere salvar la palabra Capitalismo y, sin embargo, después dice que el futuro del bienestar depende de quienes sean los propietarios de los robots. ¡Vaya!, ¿pero qué hacemos con los propietarios de los medios de producción-robots…? En otro lugar nos dice que se modificarán las fuentes de competitividad. Sin embargo, no hay que confundir productividad con competitividad. En una sociedad donde solo trabajan los robots, o son mayoritarios, se pueden producir muchísimos objetos para nadie, porque como nadie puede trabajar al ser sustituidos por robots, nadie  tiene dinero para comprar. Se es muy productivo pero no se puede competir. Una sociedad absurda pero no inverosímil.

Costas, como casi todos los economistas de cualquier orientación, no dice nada de qué se producirá o servirá, si serán  coches, carreteras,  casas, la comida, vestimenta o información porque no le interesa la civilización material que se puede crear, no entra en su imaginario o, simplemente, no sabe qué decir porque no está preparado, como economista, para hablar de otra cosa que no sea de economía. Así, si pensase fuera de su esquema, se apercibiría que existe saturación de demanda y que Facebook no tiene capacidad de crear empleo  para los antiguos trabajos que mueren. Y, sin duda, lo que no se puede decir es que la  salida para el empleo está en el  mundo digital porque es una falta de respeto a la inteligencia. Los puestos de trabajo más numerosos se sitúan en el sector de la salud y en los servicios misérrimos en la intermediación. Y no hay más, salvo una cantidad mínima de trabajos de mucha cualificación en la cúspide social de los más ricos. Solo hay que mirar a las proyecciones de empleo para 2022[3] de Estados Unidos y veremos que todo el discurso de nuevos empleos de calidad no es una realidad. No sabemos de qué industrias se habla cuando se dice que hay que industrializar.

Volviendo al término de Capitalismo nos damos cuenta cuan necesario es que los economistas estudien sociología e historia porque de ese modo llegarían a la conclusión de que así como el concepto de Mercado es económico el de Capital es un concepto de otra naturaleza. Porque, como dijo Braudel[4], el Capitalismo es un producto social  que opera “como privilegio de una minoría, y el Capitalismo es impensable sin la complicidad activa de la sociedad. Constituye forzosamente una realidad de orden social, una realidad de orden político e incluso una realidad de civilización. Porque hace falta, en cierto modo, que la sociedad entera acepte, más o menos conscientemente, sus valores”. Si el Capitalismo actualmente existente es el resultado de la sociedad de consumo y de los efectos patológicos de la crisis y de la productividad tecnológica, lo que tiene que ponerse en cuestión es el sistema de acumulación de capital pero, sobre todo, lo que hay que poner en cuestión es la sociedad de consumo misma, sus jerarquías, sus tipos de productos, de hábitos, de tecnología y de cultura, si de lo que se trata es conseguir una mayor igualdad en la participación en los frutos de la producción. No valen espejismos keynesianos ni neoclásicos. Es necesario un cambio radical. El cambio climático y la sociedad no puede esperar.

Por tanto, presentar el futuro como una nueva industrialización es una quimera arbitrista que no hace más que confundir. Puedo entender que los partidos políticos tengan enorme dificultad para aceptar que esto es un final, porque sus votantes se les echarían encima y les abandonarían, pero no lo entiendo de los intelectuales, cuya función es develar y crear una atmósfera que facilite las propuestas de cambio de los políticos.

Como el Capitalismo, la tecnología no es autónoma, es un producto social que ha servido y se ha diseñado para recuperar los beneficios, pero lo que ha ocurrido es que ha ido mucho más allá de lo previsto y está descoyuntando el orden social y nos está llevando a una situación de incremento de lo que Hannah Arendt[5] llamó derecho al rencor, que puede acabar muy mal. Si se consigue que la conciencia de realidad acepte la profunda naturaleza de esta crisis de civilización  entonces se puede tener esperanza, si no, los propios acontecimientos se precipitarán. La tecnología  debe ser dirigida a resolver los enormes problemas a los que se enfrenta la humanidad y, aunque sea necesario el capital para que la producción tenga continuidad, hay que embridar ese capital y hacerlo útil para la mayoría. ¿Cómo? Responder a esa pregunta es el programa. No se puede seguir jugando.

[1] http://www.caffereggio.net/2014/12/03/divorcio-entre-economia-y-politica-de-anton-costas-en-la-vanguardia/

[2] Norbert Elias, El proceso de civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas,FCE, México, 2010

[3] http://www.bls.gov/news.release/ecopro.t08.htm

[4] Fernand Braudel, La dinámica del capitalismo, Alianza Editorial, Madrid, 1985

[5] Hannah Arendt, Sobre la revolución, Alianza editorial, Madrid, 2004