Política constituyente

Foto Flickr por Nicolás Alejandro

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Hace pocos días la profesora italo-norteamericana Nadia Urbinati ha señalado en este mismo blog las características novedosas del fenómeno Podemos y su originalidad de fondo [leer artículo]. En efecto, en un contexto de crisis generalizada de credibilidad y de representación de los partidos políticos, he aquí una fuerza surgida inicialmente de los movimientos sociales que se constituye a todos los efectos como partido, consciente de los riesgos que asume pero decidida a cubrir un vacío esencial en la dialéctica democrática, y a batirse en condiciones iguales con las «casandras del statu quo».
Porque, como afirma el propio Pablo Iglesias, «el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos, sino en que los actuales partidos no tienen ya credibilidad.» Hay una vía de salida falsa a los achaques del parlamentarismo que consiste en preconizar la práctica de la democracia directa, la soberanía de las asambleas, la disolución de los partidos en los movimientos sociales. Eso no es regeneración democrática, y su resultado previsible es que los ciudadanos estarán más aislados entre ellos y más inermes frente al poder. Ese poder fáctico, cuya presencia omiten, seguirá gravitando con todo su enorme peso sobre las relaciones sociales cuando los robinsones del asambleísmo despierten de su sueño, igual que sucedía con el dinosaurio de Monterroso.

Podemos ha elegido una línea distinta: la apuesta por la autoorganización dentro de un sistema que concede a los partidos políticos múltiples herramientas de acción, de intervención, de cambio. No es el sistema de partidos visto en conjunto el objeto de su crítica, sino más bien el conformismo que invade la vida de unos partidos aquejados de un “posibilismo” chato, y la degeneración del sistema en una oligarquía que excluye de plano a los “no iniciados” en los entresijos de la cosa pública.
Justamente ahora el Partido Popular lanza la idea de una gran coalición postelectoral con el PSOE, «no en contra de nadie» sino en defensa de la gobernabilidad. Típica, esa presunción sin pruebas de que la gobernabilidad se encuentra radicada en los estamentos representativos de la vieja política, y toda novedad aboca al país a la imprevisibilidad del caos.
Pero el viento fresco que aportan los/las dirigentes de Podemos es precisamente la posibilidad, la inminencia diría, de una regeneración democrática. Predican la viabilidad de unos partidos políticos no enquistados en sí mismos sino abiertos al exterior, que ofrezcan a la ciudadanía puntos de referencia en lugar de jerarquías establecidas. Proponen la exploración de una relación nueva entre esos partidos y los movimientos sociales, capaz de fecundar y vigorizar a las dos partes, al asegurar de un lado la continuidad en el tiempo y el debate en las instituciones de las reivindicaciones esgrimidas por los movimientos, y favorecer, del otro lado, una aproximación de los partidos, en tanto que estructuras políticas intermedias, a sus bases potenciales, desatascando y revitalizando un intercambio fluido de ideas tanto de arriba abajo como de abajo arriba. Todo lo cual resulta urgente y necesario para una etapa política que va a tener en nuestro país, sin la menor duda, características de período constituyente.
Podemos no va a poder hacer todo eso en solitario. Está explorando caminos nuevos en los que se mueve por el método del tanteo y el error. Se le achaca ambigüedad cuando está aún buscando su camino, un camino enrevesado que otros se apresuran a declarar inexistente. Los llaman populistas, y cada vez está más claro, como lo señala la propia Urbinati, que son el polo opuesto del populismo, porque su apuesta por una auténtica democracia representativa es limpia y transparente.
Claro que sus dirigentes reconocidos se equivocan de vez en cuando en sus propuestas o en sus comentarios, ¿alguien esperaba que tuvieran el don de la infalibilidad? Su actitud, el coraje que demuestran, las ganas de explicarse en todos los foros mientras no estén sembrados de trampas, son en todo caso cualidades positivas, provechosas para la comunidad. Y por eso mismo la «demagogia científica» que se está asestando contra ellos desde prácticamente todos los ángulos del cuadrilátero político es una actitud miserable y retrógrada. Falta aún ver si Podemos es capaz de merecer nuestra confianza y nuestro voto, pero está visto ya para sentencia el rechazo contundente que merecen quienes les atacan. Por lo menos, sabemos ya a quienes no hemos de votar. En nombre, precisamente, de la democracia.
[Publicado en Punto y Contrapunto]
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