De la calle al parlamento

Por Javier ARISTU

La entrada de Javier Terriente y la última de Nadia Urbinati, ambas publicadas los pasados días en este blog, me invitan a dialogar con ellos a propósito de Podemos.

Posiblemente desde los tiempos de la transición democrática no asistíamos a una efervescencia política en España como en estos meses. Los programas de la noche del fin de semana de las grandes cadenas (exceptuemos desgraciadamente a las cadenas públicas RTVE y Canal Sur, por lo que nos toca como andaluces) están dedicados no a la canción, ni a concursos ni a grandes películas sino a debates políticos con representantes de partidos y periodistas. Al margen de lo que nos parezca el formato, el estilo, la metodología de esos programas, es evidente que esto no pasaba desde los gloriosos tiempos de La Clave, de José Luis Balbín, que todos veíamos con cierta devoción hace ya tres décadas. No está mal recordar que fue precisamente el delegado socialista en RTVE, José Mª Calviño, quien acabó con aquel programa mítico en 1985, tres años después de la llegada al gobierno del PSOE. Pues bien, los fines de semana hemos vuelto a ver debates políticos en las cadenas nacionales. ¿Señal de que este país está cambiando? Sin duda, algo está pasando en nuestra sociedad que ha hecho que los directivos de esas cadenas introduzcan la política en estado puro —bien es verdad que con bastante salsa del reality-show— en sus horarios de máxima audiencia.

No descubro nada nuevo bajo el sol si digo que el principal fenómeno que demuestra lo anterior es la presencia de Podemos en el panorama español, y me atrevo a decir que europeo. La formación de Iglesias ha desencajado literalmente toda la arquitectura establecida no desde la transición sino precisamente desde la constitución del mapa institucional bipartidista formado a partir de 1990 por el PSOE de Felipe González y el PP de Fraga Iribarne primero y posteriormente José Mª Aznar. Una precisión para los críticos del bipartidismo: la transición y los primeros años de la democracia no fueron años de bipartidismo puro, o al menos no iguales que los que siguieron a los de González-Aznar. En aquellos años de los primeros gobiernos de la democracia funcionaban otros parámetros políticos distintos a los que luego impuso el PSOE. Conviene explicitarlo porque frecuentemente se confunde en un totum revolutum todos los años de la transición pura (1976-1982) y los que podríamos llamar años “del sistema PSOE” (1982-1996).

No sé si Podemos es causa o efecto del terremoto pero el seísmo es evidente que existe: por primera vez desde 2011 —y a partir de las elecciones europeas de este año— vemos una caída en picado del PP en lo que se refiere a expectativas de voto; el PSOE contempla que el bocado que le había causado la abstención de su electorado lo continúa ahora Podemos llevándosele una parte muy importante; IU, que era la gran expectativa para recibir el  descontento se ha quedado congelada e incluso descendería. Y lo que es más importante: la abstención desciende y la gente se apunta ya en las colas para votar, lo que hace pensar que las elecciones de 2015 pueden ser históricas en cuanto a participación. Estamos hablando, obviamente, de sondeos y estudios electorales: ya veremos los resultados reales.

Podemos está despertando duelos y quebrantos en los sectores del bipartidismo sistémico, pero es significativo también los efectos que está causando en todo el sistema político. Veamos el ejemplo de IU: dos secretarios generales del PCE durante los últimos treinta años, tan distintos y tan opuestos como Gerardo Iglesias [leer su último artículo] y Julio Anguita [declaraciones a La Sexta], saludan positivamente la llegada de Podemos; mientras, la actual dirección de IU no sabe a qué carta quedarse: o reafirmarse como fuerza de izquierda frente al transversalismo de Podemos o apostar por una alianza estratégica IU-Podemos. Un dato más para pensar que estamos en una fase terminal de los partidos de identidades ideológicas cerradas, lo cual no quiere decir que aceptemos sin más una nueva historia política basada en partidos sin ideología, partidos sin principios, partidos que son más plataformas electorales por la conquista del gobierno que agrupaciones que aúnan intereses sociales determinados.

Nadia Urbinati escribía ayer en este blog un favorable artículo sobre Podemos. Dice la politóloga italiana: (Podemos) «es en este sentido una vuelta a la política constituyente, porque no transforma la insatisfacción hacia los partidos y la rabia social causada por el desempleo en una requisitoria nacionalista y populista contra la democracia liberal». Para ella, pues, la gran aportación que da Podemos a la crisis actual de la política en Europa sería precisamente conseguir derivar la rabia popular hacia un constituyente político organizado. Todo lo contrario de lo que está haciendo Grillo en Italia pero algo parecido —digo yo aun siendo polos distintos— a lo que desde  hace décadas y desde otros paradigmas viene realizando Le Pen y el Frente Nacional francés.

Hay un hecho evidente y es que Podemos ha logrado, de momento y a la espera de las elecciones de 2015, catalizar y ensamblar todo el descontento difuso que anida en la sociedad española. Es su primer éxito y hay que saludarlo porque —lo dice también Urbinati— eso refuerza de una manera u otra la democracia, incluso la representativa, a pesar de algunos. No estoy tan seguro sin embargo de que Podemos tenga una posición clara pro-Europa. Tampoco me convence su forma de percibir el problema de las alianzas sociales (y políticas) en un país tan diverso y complejo como el nuestro. Y está por ver cómo van a resolver en el futuro las dos dinámicas a las que ineludiblemente se van a enfrentar: la dinámica de estructurarse como partido, con sus órganos, procedimientos y reglas que han sido de hierro en todos los partidos que hasta ahora han existido, sean de la ideología que sean, y por otro lado la dinámica de las asambleas y círculos ciudadanos donde a veces puede predominar la espontaneidad y la frescura de la reunión abierta pero donde no reina precisamente el método y la cultura política. Entre la asamblea en la plaza y el escaño en  el parlamento ¿cuál será la opción ganadora en Podemos? En otro tiempo a la dicotomía se le dio respuesta con la fórmula partido de lucha/partido de gobierno; funcionó bien durante algunas décadas porque entre otras razones había un liderazgo potente, un conjunto social cohesionado y, además, una estructura partidaria sólida y con reglas claras. Hoy es evidente que esa fórmula ya no da respuesta al problema porque solo se da la primera, el liderazgo, pero faltan las otras dos. ¿Cuál será la respuesta que dará Podemos a esa bifurcación? De cómo lo resuelva dependerá en gran medida su morfología como fuerza política.

Cuatro grandes movimientos sísmicos están produciéndose a la vez y eso convierte a la experiencia española en una crisis de época: la crisis económica, la crisis social, la crisis territorial y la crisis política. Son muchos factores los que están mutando y los que están provocando una modificación extraordinaria de las formas y estilos de vida de millones de personas. Los líderes de Podemos le llaman a esto crisis de régimen; yo, sin ocultar la crisis del sistema político que proviene de la transición,  lo llamaría crisis social histórica porque entiendo que es más profundo y de envergadura —con consecuencias sociales terribles— lo que está ocurriendo en el mundo de la producción, de la vida económica y social de la gente, que lo que divisamos a través de las historias de corrupción y de fracaso del sistema parlamentario y de la democracia representativa. Una corriente de enorme fuerza va por debajo del mar; lo que estamos viendo en los televisores cada día —y en los debates políticos de los fines de semana— son las olas superficiales. No sé si esto es esquematismo de un antiguo militante o simple sentido común de un observador crítico.

De cualquier manera, la crisis política tendrá que resolverse en un marco más amplio y de mayor alcance que afecta necesariamente a las relaciones económicas, al modelo de relaciones sociales y al encaje territorial de las actuales comunidades autónomas. ¿Se llama a eso proceso constituyente? ¿Nueva transición? ¿Un nuevo pacto social? Me da igual el término, lo importante es que desde el campo progresista haya inteligencia política y fuerza capaz de influir en esos procesos a fin de conseguir una mejor sociedad y una mayor convivencia que la que tenemos en la actualidad.