La alternativa europea a los populismos

Foto Flickr: Patricia Simón

Por Nadia URBINATI

La larga marcha de los partidos hacia la degradación de su credibilidad parece no tener fin, como demuestran también los recientes resultados de las elecciones regionales italianas, donde la victoria de los candidatos del Pd ha sido al precio de una abstención que hace palidecer la bien conocida de los Estados Unidos. La acusación de muchos abstencionistas (se puede ver en las redes sociales) es que los partidos ocupan las instituciones sin que ello suponga beneficio alguno a la sociedad, en parte porque sus criterios de selección de candidatos premian el conformismo, en parte porque han renunciado a ser expresión de una identidad ideológica. Acusaciones que parecen dar razón a aquella enunciación que Roberto Michels sostenía hace ya un siglo: la fatal transformación oligárquica de los partidos. Pero si la anemia de participación está inscrita en el ADN del gobierno representativo, si los partidos no pueden ser sino lo que son, entonces, ¿por qué sorprenderse o por qué hablar del ocaso de legitimidad de la democracia de partidos? Si,  como los realistas, se piensa que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no tiene sentido lamentarse de nada, porque mientras los partidos hagan su trabajo —selección de la clase dirigente— serán objetivamente representativos. Quien vence vence, sea cual sea la afluencia a las urnas.

La desconfianza en la obstinada necesidad de tener partidos de identidad y participación es a menudo desconfianza hacia la disolución de los partidos en movimientos. La parábola del Movimiento 5 Stelle parece justificar esta desconfianza. Hay, sin embargo, un caso en Europa de un nuevo partido, Podemos, nacido del movimiento pero destinado a una organización estructurada (según sus críticos, centralista e incluso autoritaria). Podemos (cuyo líder Pablo Iglesias ha sido entrevistado en La Repubblica el pasado 20 de noviembre) ha interrumpido de esta forma el movimiento anti-partido de los indignados, de donde nació. Aquí está la diferencia respecto de sus hermanos americanos de Occupy Wall Street y los italianos del Movimento 5 Stelle. Al contrario que los primeros Podemos no ha renunciado a la representación política y a la participación electoral. A diferencia de los segundos, no ha exorcizado al partido sino que ha querido crear uno nuevo, sabiendo bien que esto le puede suponer el riesgo de convertirse en uno igual que los demás partidos. Como ha explicado Iglesias, el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos sino que los actuales partidos no tienen ya credibilidad. La alternativa a estos es crear nuevos partidos, no está en el movimiento anti-partidos.

Podemos nos hace reflexionar sobre la posibilidad de crear nuevos partidos políticos a partir del vacío dejado por los viejos. Partidos que consiguen ir a los fundamentos, a los compromisos de la constitución. Como ha dicho Iglesias, entrevistado por un  periódico inglés que quería comprender las razones del gran éxito de afiliados (Podemos tiene ya el doble de inscritos que el anémico PD italiano), “estar orgullosos de nuestro país significa estar orgullosos de las buenas escuelas públicas, de los buenos hospitales públicos”, de la realización de los compromisos de justicia y libertad.

Volver a la constitución en una época distinta a la que se redactó: con clases sociales más segregadas y menos permeables a la iniciativa de las personas, con  una sociedad más desigual y, sobre todo, con una reducción de la soberanía de los estados y la creciente influencia de la Unión Europea. En definitiva, con una política menos potente y una clase política  menos sensible a las necesidades de los ciudadanos. ¿Se puede ser partido político sin ignorar estos problemas y al mismo tiempo sin capitular ante el realismo cínico de las casandras del statu quo? Es a este reto al que Podemos trata de responder. Sea cual sea su destino futuro (y a pesar de las críticas de que vuelve a plantear el viejo centralismo democrático), hay que saludar su valiente decisión de ir más allá del lamento y la denuncia, para aceptar el principio de realidad.

Podemos es definido a menudo como populista, como si no pudiera haber otra alternativa al actual status que no fuera el populismo. Al contrario, su política parece querer demostrar que no hay necesidad de hacerse populista para ser representativo de la crítica social. Se puede ser realista sin arrodillarse ante el status quo. Las propuestas de Podemos tienen poco de populistas: ponen las libertades civil y política en primer lugar y no son intolerantes con las minorías; se reclaman del sentimiento de la solidaridad de ciudadanía; y critican la gestión tecnoburocrática de Europa pero no el proyecto europeo, ante el cual en cambio tienen la valentía de exigir lo que el Partido Socialista europeo  no ha tenido el coraje de plantear: una asamblea constituyente europea, o sea, la superación de la política de los tratados por una Europa que se fundamente directamente en el consenso de sus ciudadanos.

Se trata a todos los efectos de un nuevo partido político, nacido en un país de Europa y que se propone relanzar los valores de libertad y solidaridad a nivel continental, no solo nacional. Es en este sentido una vuelta a la política constituyente, porque no transforma la insatisfacción hacia los partidos y la rabia social causada por el desempleo en una requisitoria nacionalista y populista contra la democracia liberal. Y por último, aunque no menos importante, en su breve y excitante experiencia electoral Podemos ha demostrado que consigue derrotar el mal sordo del abstencionismo, no el estructural de los indiferentes sino el causado por los actuales partidos que dominan sin atraer consenso, que vencen con los números pero a costa de que muchos ciudadanos se alejen de las urnas.

  [Una versión reducida de este artículo ha aparecido en La Repubblica, el 28 de noviembre. Aquí ofrecemos la versión completa cedida por la autora. La traducción es de Javier Aristu.]

 

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