De victoria en victoria hasta la derrota final (y 2)

Muchedumbre, cuadro de Juan genovés. Foto Antonio Marín Segovia

Por Javier TERRIENTE

[Viene de Parte 1]

¿Pragmatismo? ¿Acaso la historia reciente de España no ha sido sino la exacerbación de un pragmatismo difuso, mezclado con altas dosis de populismo en interés de los de siempre? Por lo visto, lo pragmático es privatizar empresas públicas, desregular las relaciones laborales, las políticas de suelo, vivienda, medioambiente, la contratación pública, modificar el artículo 135 de la Constitución (y ahora defender lo contrario por razones de imagen), por no hablar de regalar los bancos y cajas rescatados con dinero público a otros bancos parasitarios del Estado, arrojando a la pobreza a millones de trabajadores y a centenares de miles de personas fuera de sus hogares. Pragmatismo debe ser proteger, ocultar o colaborar con los corruptos, permitir que la economía sumergida y el fraude fiscal alcance el 24, 6 % del PIB (Gestha), elevar las tasas de desigualdad a niveles inauditos u obligar a emigrar los jóvenes científicos, en medio de una tasa desempleo juvenil que ronda el 55% (Andalucía, el 65%).  Etc, etc.

Luego entonces, ¿desde qué cima del pensamiento y de la razón ética condenan la falta de pragmatismo de sus oponentes políticos o sociales, incluido Podemos?, ¿a qué se refieren cuando hablan de populismo en tono acusatorio? A un vocablo en el que cabe lo uno y su contrario. Una palabra de significados opuestos que diluye las diferencias y contradicciones entre los sujetos e individuos a los que hace referencia. Ese milagro semántico suele emplearse desde una supuesta equidistancia político-moral (o una evidente mala fe), que permitiría adjetivar como “populistas” al Front National, al UKIP, la Liga Norte, el Movimiento 5 Estrellas y al resto de fuerzas y gobiernos de ultra derecha y parafascistas europeos, al lado de Syriza o Podemos (A. Guerra, dixit). A este propósito, Alex Grijelmo (El País, 27.07.14) acota oportunamente que populismo y populista….”ya no sirven tanto como términos que describen, sino que se han ido transformando en palabras que juzgan”.

Surge entonces una paradoja sorprendente que atenaza a los partidos tradicionales de la izquierda, y que recuerda las escenas finales del Baile de los Vampiros de R. Polanski: Mientras el joven y feliz protagonista abandona en trineo el castillo de los monstruos, junto a su novia y al viejo profesor experto en vampirismo, convencido de su destrucción, la cámara nos muestra discretamente a la chica en el asiento de atrás inoculada por el Mal, mostrando los colmillos. Moraleja: Combatir el Mal (la corrupción y los efectos sociales del saqueo) con las armas tradicionales (ajos, cruces, estacas, exorcismos), es decir con políticas y partidos de viejo cuño, sirve de poco; como mucho, crear una apariencia engañosa de victoria momentánea, bajo la cual podría anidar el germen de la derrota.

A este propósito,  los partidos socialdemócratas festejaron como un triunfo propio la disolución de la URSS y del “socialismo real” tras la caída del Muro, creyendo que ello les abriría el camino hacia la gloria y la hegemonía definitiva en la izquierda. Tanta arrogancia les impidió ser conscientes de que el radical cambio de reglas que ello comportaba, los arrojaba a los márgenes de una imparable marea ultraliberal que se había desatado en los años 80 celebrando el “Fin de la Historia”. Esto es, la Historia, entendida como el proceso hacia el socialismo, la utopía y los sueños de emancipación social, había muerto, profetizaron. Y con este anuncio apocalíptico, los conservadores se lanzaron por mares y montañas a la demolición del Estado social y de derecho  y de los supuestos privilegios de las clases trabajadoras, de las tutelas públicas y de los espacios de intervención del Estado. Lo que ha sobrevenido después es bien conocido: remite a un proyecto europeo truncado, cuyo mejor exponente es el Tratado de Lisboa, en vías de des-socialización y des-democratización, fruto de un nuevo pacto social- conservador hacia el abismo; una larga etapa que aún perdura, de inmersión del movimiento socialista y socialdemócrata en la buena nueva del pensamiento neoliberal con rostro humano, que en España derivó en nuevo modelo político de corresponsabilidad bipartidista. Sin embargo, ¡ironías del destino!, después de tantos años combatiendo a los partidos comunistas, sin distinción, sobrecargándolos de toda clase de tópicos, la forma-partido socialdemócrata no puede evitar, ahora, semejanzas evidentes con su ex enemigo soviético de antaño, que explican en buena medida su decadencia: la función subsidiaria de los ciudadanos y de sus organizaciones respecto al Partido, que actúa de guía providencial en los procesos políticos; la (con) fusión del partido con los poderes políticos y administrativos (estatal, comunitarios o municipales); la intolerancia hacia la pluralidad interna; la reducción del papel de los afiliados al refrendo de dirigentes y candidatos, previamente cooptados; la concentración del poder en un grupo reducido de dirigentes, irrevocables y sin limitación de mandatos; las malas prácticas clientelares y corruptas; el empleo habitual de puertas giratorias …En definitiva, hay una ley de hierro inexorable que domina el funcionamiento de los partidos socialdemócratas, basada en el poder de una trama de barones territoriales interdependientes y jerarquizados que alcanza a todos los escalones de la estructura: Paz interna por territorios. Puro “pragmatismo”. Puro centralismo burocrático. Puro sovietismo.

Al final, la historia política se repite en un bucle interminable: nominalismo de izquierdas mientras se está en la oposición,  pragmatismo de derechas en tiempos de gobierno. A continuación, descalabro electoral y vuelta a empezar el ciclo de nuevo. O lo que es igual: Puerta de Elvira en Granada (oposición) y en Sevilla Doña Elvira (gobierno).

Es cierto que las encuestas confirman que la derrota del bipartidismo en las pasadas elecciones europeas no es un fenómeno efímero, al igual que el ascenso de Podemos y el evidente retroceso de IU.  En tanto, el PSOE, estancado en su regresión, se encuentra ante un dilema dramático que trasciende la simple “renovación de personas y métodos”, al pretender encontrar un espacio equidistante, imposible, entre el PP y Podemos, en una carrera a contra reloj por descargarse de las políticas que lo llevaron a la bancarrota. Sin embargo, dar por muerto al bipartidismo sin que este haya agotado el ciclo electoral completo (municipales, autonómicas y generales) llevaría a una imperdonable subestima de la resistencia del sistema. Que haya surgido una situación excepcional en todos los sentidos, no significa en absoluto que se traduzca automáticamente en un nueva mayoría liderada por Podemos. Entre ganar y alzarse con la victoria hay un largo recorrido que puede interpretarse en clave de derrota, si la apuesta de asaltar los cielos fuera inalcanzable  al primer intento. Otra cosa sería si se produjera por grandes etapas o por consensos postelectoralesAhora bien, ¿está preparado Podemos para digerir una amarga victoria aunque la aproxime a su objetivo? Más vale que entrene la resistencia. Y la humildad. Por si acaso.

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