De victoria en victoria hasta la derrota final (1)

Cuadro de Juan Genovés. Foto Antonio Marín Segovia

Por Javier TERRIENTE

La nueva cosa política, un término ambiguo que definiría la emergencia de un nuevo sujeto político aún por contrastar, ha encontrado en Podemos una manera de expresarse con todas las carencias y limitaciones propias de las rutas que conducen a inesperados descubrimientos. Nada ni nadie puede garantizar el éxito de la misión, pero la travesía, pese a vientos de signo contrario, materiales no testados de la embarcación y una tripulación poco convencional, cuenta, de momento, con un sistema de coordenadas y un punto de destino, cuando menos, verosímil.

PP y PSOE, se enfrentan a la irrupción de Podemos de diferentes formas pero bajo un común denominador: la inquietud, incluso la zozobra, envuelta en calificativos despreciativos y hasta calumniosos. No parecen conscientes de que se ha abierto una nueva etapa marcada por la insolente impugnación de las oligarquías políticas, económicas y financieras (la casta, de la que tan orgullosamente algunos dirigentes políticos se sienten parte), que los sitúa en el centro de la tormenta. Y es tal la ira desatada entre los ciudadanos de todas las condiciones, que los habituales esquemas de izquierda-derecha han quedado sobrepasados por una voluntad unitaria y democrática de cambio que interpreta la recuperación de los derechos sin exclusiones, el empleo y la ética pública como el programa de una nueva mayoría social y de gobierno. 

Ambos partidos se ven arrastrados por el declive del bipartidismo, pero no pueden evitar su decadencia, acelerada a golpes de una corrupción sistémica que afecta a todas las instituciones del Estado, y en cuyo socorro acuden precipitadamente como si corriesen a salvar a Roma de la llegada de los bárbaros. Hacen meritorios esfuerzos por recomponer la vieja política aferrándose a un tren desbocado que ellos mismos pusieron en marcha y del que han obtenido ventajas comparativas obscenas, pero sus intentos de recuperar el terreno perdido con propuestas para una regeneración democrática, primarias y cambios de liderazgo e imagen, resultan poco convincentes. Por ello se necesitan desesperadamente, para hacer que la maquinaria del sistema funcione, aunque se nieguen a reconocer una identidad compartida y de mutua complementariedad. En el fondo no podrían sobrevivir fuera del abrigo bipartidista. De modo, que no hay solución a sus aprensiones, por otra parte justificadas.

Paradójicamente, el que más lealtades exige y, sin embargo, menos se siente comprometido con su contraparte, al que ningunea irrespetuosamente de forma habitual, es el PP. Su plan, implacable con los débiles, que tan buenos réditos le ha dado en el pasado, no admite demoras ni compasión, aunque su ardor doctrinario le impide ver que es ahí donde se encuentra la clave de su probable derrota. Y si aún se empecinan en no alterar el plan preestablecido no es porque que sean torpes, no, es que no han necesitado ser inteligentes; ni sean malvados ni egoístas de nacimiento, no, es que no se han exigido ser generosos ni solidarios. Con el poder les bastaba. Tampoco es que sean analfabetos ni desprecien la ciencia por aquello de la herencia tridentina tan española. No. Es que tienen más que suficiente con las franquicias, las investigaciones y patentes extranjeras, combinadas con un tipo de productividad/competitividad protoindustrial, basado en la extrema precariedad de las fuerzas del trabajo, la cultura y la ciencia, y en una inmensa legión de parados empobrecidos. Hagamos memoria: El sueño de las clases dirigentes de este  país fue tener una chacha que les lavara la ropa a mano por dos duros, antes que adquirir una lavadora. De ahí que pretendan imponer un modelo de dualización social de nueva planta, que dimanaría del orden natural de las cosas y de la propia condición humana. No hay más que oírlos hablar de los huelguistas, los sin casa, los sin trabajo, los sin de todas las clases y categorías: “la chusma”, “la gentuza”, “que se jodan”. Naturalmente, la vía centralizadora y la de un autoritarismo expansivo forma parte orgánica de un proyecto que no admite acuerdos ni consensos, sólo sumisión. Su complemento perfecto se identifica con una clamorosa ausencia de alternativas creíbles, lanzadas a toda prisa, como si fuese necesario sobreactuar para encubrir pasados errores y un presente inacabable de corruptelas, en una agenda marcada por el empuje de Podemos. En este escenario de pesadilla, con vocación intemporal, los ciudadanos serían despojados de su condición de tales y castigados con la pérdida completa de sus derechos asociados. Mientras tanto, se difunden en el universo fragmentado del mundo del trabajo redes feudalizantes que reemplazan antiguas y sólidas alianzas y relaciones contractuales, por la sumisión incondicional de un sinfín de categorías profesionales desreguladas por la crisis. Se trata de la nueva versión de Ley y Orden para una época postfordista, que pretende sustituir las tradiciones de resistencia y solidaridad de las clases subalternas por espacios de obediencia debida, y reorganizar las complejas relaciones sociales de hoy sobre el epicentro del autoritarismo, la antipolítica y la mística de un mercado sin reglas.

Una cosa es cierta, la irrupción de Podemos está agitando las aguas largamente estancadas, diríase que pantanosas, por años de alternancia cortesana de la política española. De repente, se han encendido todas las alarmas: Podemos representa un riesgo real para la estabilidad del reparto político. Y puede que no se equivoquen. Urge, por tanto, anatemizarlo, tenerlo a raya fuera del recinto de la realpolitik en el que confraternizan los falsos herederos de la Transición, segregándolo con el estigma de lo profano: Pragmatismo frente a populismo, realismo frente a demagogia. Hasta cierto punto es lógico que el uso despectivo del término “populismo” referido a Podemos tenga un cierto éxito entre quienes han contribuido a que este país haya acabado en manos de un grupo de intocables. Hasta ahora. No obstante, causa cierto rubor que tales afirmaciones procedan de partidos que por haber hecho bandera del “pragmatismo” y del “realismo”, hayan perdido la confianza de sectores importantes de las clases populares e intenten sacudirse sus derrotas por la vía exprés de medidas urgentes anti corrupción, débiles, limitadas y a destiempo. Probablemente ya sea demasiado tarde.

[Continúa]