Un Papa en Estrasburgo

Por Javier ARISTU

Ayer martes 25 el Papa Francisco I visitó el Parlamento europeo y dio un discurso ante el plenario de diputados. Al comienzo del mismo un grupo de la izquierda unitaria española abandonó el hemiciclo “como protesta contra la presencia de la religión en la esfera pública y política”. Por las redes anda bastante gente revuelta a propósito de este asunto. Unos defienden a los eurodiputados de IU, otros atacan a Pablo Iglesias por quedarse durante la sesión papal y enviar unos tuits elogiosos con el representante del Vaticano. Yo sé que me meto en un charco y que puedo salir manchado de barro,  pero voy a tratar de dar mi opinión sobre este tema porque entiendo que, a pesar de ser anecdótico y que posiblemente se olvidará en una semana, es significativo de algunos de los tics que identifican una forma de pensar y hacer la política en nuestro país. Y, además, como hay personas muy cercanas, amigos y conocidos que se han manifestado con sincera combatividad contra la presencia de Francisco I en el Parlamento europeo me parece necesario expresarles desde aquí mi discrepancia con ellos.

Dijo la eurodiputada Marina Albiol: “El Parlamento Europeo no es lugar para sermones religiosos. La religión pertenece al ámbito privado y ahí debe quedarse. Las instituciones, las escuelas, los espacios públicos no son lugares para la fe y las creencias religiosas”. No voy a oponerme yo a esta reflexión que me parece surgida de la más honda convicción laica. Sí la veo, si quiero ser sincero, desproporcionada en una Europa donde, guste o no, la religión fue en el pasado y sigue siendo hoy asunto de primera importancia política, es decir, cuestión que merece la atención de la política y de los políticos porque afecta a las convicciones e intereses de muchos millones de personas. Afirmar desde un abstracto laicismo la pareja independencia abstracta de la religión respecto de la vida social de las gentes es —así lo digo aun pudiéndome llevar bofetadas dialécticas— vivir en Marte. En toda Europa las convicciones religiosas impregnan la vida  social y afectan a la política; otra cosa es que ésta, la política, se deje gobernar por las instituciones religiosas. Durante mis años fuera de España, en un país mediano en población y en geografía como es Bélgica, me vi rodeado en mi centro de trabajo (más de 300 personas) por gentes de culturas tan diversas como la danesa, holandesa o alemana —representativas de un mundo luterano y hasta a veces provenientes del rigor calvinista—, o la italiana y portuguesa —en nada que envidiar a la religiosidad barroca y efusiva de la hispánica raza—, además de la cultura francesa,  representativa del más intenso y militante laicismo republicano. Pues bien, mi asombro llegaba en diciembre cuando días antes del día 24, la Nochebuena, todos ya con ganas de salir de estampida para celebrar las fiestas en casa, asistíamos a la celebración adelantada de la Navidad por los niños daneses que, cada uno con una vela y acompañados de sus maestras y maestros, cantaban juntos canciones religiosas en honor de un niño dios nacido. Dinamarca, seguramente el país más aséptico y laico en política manifestaba a la vez ser el país más tradicional en la celebración religiosa…¡y en la escuela!

Otro ejemplo. Si repasamos los diferentes sistemas educativos europeos nos daremos cuenta de que en la mayoría de ellos la presencia de la religión en la escuela es constante; es precisamente en los países nórdicos y centroeuropeos donde los padres más interés ponen en que sus hijos reciban formación religiosa dentro de los programas escolares. Francia es el ejemplo contrario, expresión de una sociedad donde la separación entre iglesia y estado es contundente, absoluta. Polonia, España e Italia serían tres modelos extremos también de una manera de entender la educación en valores religiosos.

Papa-Consejo-Europa-Santo-Padre_TINIMA20141125_0238_5¿Qué es lo que hace que un asunto como este del discurso de un Papa en una asamblea de diputados desate en nuestro país tantas pasiones? Una razón fundamental está en la historia de nuestra península,  en el de que el nuestro haya sido un país al margen de la dinámica generalizada en el resto de Europa, sobre todo a partir de 1789, con las excepciones de los tres católicos países citados. La cultura nacional-católica, dominante durante siglos, es la que ha hecho que este debate sea difícilmente racional dentro de nuestras fronteras. La continua injerencia de nuestros obispos rouqueros-varelianos en los asuntos de estado y de la sociedad es la que ha hecho, a su vez, que la izquierda esté también un tanto dislocada en el tratamiento del asunto de la religiosidad en la sociedad española. Pero es necesario que la izquierda sea capaz de levantar una constructiva propuesta política donde por un  lado se reconozca el valor de la religión en la vida de muchas gentes y por otro se defienda con valentía la independencia del poder civil frente al religioso. Ni discursos de alcaldes democráticos ante la Macarena ni obsesiones antirreligiosas contra ciertas tradiciones.

Por eso no entiendo la postura de los eurodiputados izquierdistas abandonando la sala donde daba el discurso el papa Francisco. No sé si los diputados de la izquierda de anteriores legislaturas abandonaron la sala cuando la visitaron y hablaron representantes de otras comunidades religiosas. Tampoco entiendo la excusa que alude Marina Albiol y lo voy a explicar.

Tradicionalmente el Parlamento europeo recibe a representantes de otras instituciones y estados que dan allí, delante de los diputados, un discurso donde exponen, con el protocolo y diplomacia que un acto de este tipo demanda, la visión general que da sentido a sus mandatos o representaciones. Quien tenga interés en saber cuántos jefes de estado, cuántos líderes religiosos y cuántas personalidades han intervenido ante la sesión plenaria extraordinaria del Parlamento europeo puede consultar esta página que, ante mi demanda, me han facilitado con extraordinaria rapidez y eficacia los servicios de prensa del PE: Jefes de Estado de todo el planeta comparecen ante el Parlamento Europeo desde 1979. Destaco algunos jefes de estado entre los que hay varios que seguramente no pasarían el filtro de países democráticos: el vicepresidente norteamericano Joe Biden el rey Abdullah II, de Jordania, el emir de Qatar, el presidente de Mali, el de Liberia, el de Senegal, el de Uganda (Musebeni, en 1991), Sadat y Mubarak de Egipto, Karzai, de Afganistán, Arafat y Abbas, de Palestina, Saakashvili, presidente de Georgia, lo hizo dos veces, y muchos más. ¿Líderes religiosos? Cito algunos: el Dalai Lama lo ha hecho dos veces, en 2001 y en 2008; Ahmad Badr Al-Din, el Gran Muftí de Siria, en 2008, el Patriarca de Constantinopla, en 2008, el papa Juan Pablo II en 1988. Por eso, y además de eso, mostrar el rechazo a la visita del papa Francisco precisamente en estos momentos y ante esa figura es, perdónenme la expresión, demostrar una profunda inexperiencia en política. En los mismos días en que toda la prensa española e internacional destaca que ha sido una intervención directa del papa Francisco la que ha destapado una trama de pederastia religiosa en la diócesis de Granada, enfrentándose al arzobispo del lugar —el fatídico y apocalíptico Javier Martínez—, nuestros izquierdistas representantes en el parlamento europeo abandonan la sesión donde habla ese papa. ¡Cráneo previlegiado! diría Valle-Inclán. Todo el mundo que esté medianamente informado sabe que este papa trata precisamente de romper ciertos círculos que han convertido a la iglesia católica en una institución desprestigiada por sus escándalos financieros y de pederastia. Y que la jerarquía española (llámese Rouco Varela) no estaba precisamente por esa línea marcada por Francisco I. Todo el mundo debía saber que hay una lucha sorda y no tan sorda entre el actual gobierno de Roma y la jerarquía española en relación con los cambios que exige una sociedad dinámica y más secular que la que desean los rouco-varelianos. Por eso, en mi laica y modesta opinión, el gesto de dejar al papa Francisco con la palabra en la boca es literalmente abandonar la batalla de las ideas a otros representantes populares y de izquierda (que han sabido captar el valor de la presencia de Francisco I en el parlamento de Europa) y primar la batalla de las consignas arcaicas.

Y hablemos de ideas, leamos el discurso que Francisco I leyó en el parlamento. Está en internet y aquí lo facilito. Comparémoslo con los que dio en otra ocasión Juan Pablo II o el anterior, Ratzinger. Saquemos conclusiones tras su lectura. Es un muy buen discurso, toma posición en relación con los conflictos que hoy devastan el mundo y nuestras sociedades: el desempleo, la inmigración, la violación de los derechos humanos; destaca el valor de Europa como crisol de civilización y proyecto de convivencia. ¿Qué habla de los cristianos perseguidos en el mundo? Bueno, es su papel también. ¿Qué habla del aborto diciendo algo que no nos gusta? Es lo normal, ¿no? viniendo del líder de la Iglesia antiabortista. Pero, ¿se va por ello a rechazar que Francisco I significa hoy un puntal en la batalla de ideas contra una sociedad reaccionaria y contra un capitalismo salvaje? ¿No es cierto que trata de modificar la doctrina eclesial acerca de la homosexualidad? Y a la izquierda que abandonó el plenario: ¿Es mejor decantarse por una política donde la batalla contra el aborto sería el eje —repito, el eje— de las alianzas de izquierda? De verdad ¿creen los líderes de una parte de la izquierda que esa es una buena plataforma de convergencia social en la España de 2015? ¿No se está confundiendo la integridad con el integrismo?

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido momentos de retroceso y momentos de avance. En cada una de las coyunturas que podemos denominar como cambios de ritmo hacia posturas más progresistas ha habido hombres y mujeres decisivas. Decisivas por su inteligencia, por su compromiso y por su sabiduría a la hora de manejar situaciones difíciles. En mi vida recuerdo algunos de esos nombres determinantes y sin duda figuras ya de la historia. Entre los que me vienen a la memoria Gorbachov aparece como destacado. En el verano de 1991, un golpe de estado trató de destituirlo y sus consecuencias provocaron la posterior caída del líder soviético y el rompimiento de la URSS. En aquellos fatídicos y tensos días de agosto de 1991, lo recuerdo bien, un sector de la izquierda española también dudó si apoyar o no a Gorbachov frente a los golpistas que querían restaurar el viejo orden brezneviano. Menos mal que se consiguió que la IU de entonces condenara el golpe. No es la misma coyuntura pero no vaya a ser que por renegar de la postura del papa Francisco se esté posibilitando la vuelta de los roucos y los varelas.

Y, por si hubiera dudas, todo lo dicho no contradice que el concordato debe ser denunciado, que hay que quitar los crucifijos de los actos protocolarios civiles, que la guardia civil no debe ir en las procesiones acompañando el paso, que hay que revisar la financiación de la Iglesia, que esta debe pagar sus impuestos como toda institución, y algunas cosas más que no me gustan… porque al césar lo que es del césar y  a dios lo que es de dios.

 NB. Este artículo no habría sido posible sin la documentación facilitada por Damián Castaño, de la oficina de prensa del PE. En pocos minutos me resolvió las dudas y me suministró la documentación que necesitaba. Un magnífico esfuerzo que le agradezco.

 

Anuncios