Después del 9N (1)

Fotomovimiento. Autor: Pedro Mata en Flickr

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Al fin llegó el 9N. El tan temido choque de trenes no se ha producido… aún. Pero esta historia no ha terminado, en realidad no ha hecho más que empezar. La mayoría de las previsiones daban por hecho que las afirmaciones de Mas acerca de que la consulta se celebraría eran para la galería y que, a la hora de la verdad, Mas acataría la suspensión del TC y convocaría posteriormente elecciones plebiscitarias. Pero Artur Mas ha demostrado ser mucho más “astut”  de lo que muchos pensaban. Siguiendo esa antigua máxima tan usada en España de “se obedece pero no se cumple”, acata formalmente la decisión del TC pero rápidamente sustituye la consulta por un sucedáneo de la misma, el “proceso participativo”, es decir la misma consulta pero sin las garantías formales inherentes a la misma, sin censo previo de votantes, con “voluntarios” en las mesas y en la intendencia del proceso, sin interventores…. El malabarismo del President sorprendió primero a sus aliados del proceso soberanista, que pasaron rápidamente de criticar el proceso a participar de manera entusiasta en el mismo, y más tarde al Gobierno que comenzó “mirando para otro lado”,  esperando que al menos la Generalitat disimulara entregando el control del proceso a los partidos y entidades  colaboradoras y pasó después a impugnar ante el TC  este segundo “proceso” al estar claro que la Generalitat seguía responsabilizándose del mismo. El resultado de todo ello a la vista está; la votación se ha realizado ignorando las decisiones unánimes del TC y todas las advertencias del Gobierno. Artur Mas, que muchos consideraban un “político amortizado”, ha resurgido cual Ave Fénix  como figura exultante y desafiante, asumiendo abiertamente la responsabilidad ante la amenaza de un hipotético enjuiciamiento penal. Ahora está en bastante mejores condiciones de disputarle el encabezamiento de una hipotética lista independentista a Jonqueras que ha proyectado una imagen mucho más plana en todo este proceso. Al menos ha conseguido frenar el deterioro electoral de CiU tras el “caso Pujol”.

Pero las consecuencias del 9N son mucho más graves que las pequeñas mezquindades que afectan a uno u otro partido. Por una parte, el Estado central y la legalidad constitucional, materializada en las  decisiones del TC, han sido abiertamente ignorados y cuestionados, no ya por un determinado conjunto de ciudadanos sino por una institución esencial, que representa al Estado en Cataluña, como es la Generalitat. Y esto no significa que me hubieran parecido deseables medidas contundentes basadas en el uso de la fuerza. Eso hubiera sido aún peor y hubiera supuesto una ruptura probablemente irreversible entre Cataluña y el resto de España; Tampoco me parecen oportunas las hipotéticas querellas que el Fiscal general pueda tomar contra los dirigentes de la Generalitat que, aparte del escaso recorrido judicial que creo que van a tener, no van sino a contribuir al victimismo y a hacer de Mas  un mártir de la causa. El problema es que nunca se hubiera tenido que llegar a esta situación  porque cuando la gente se acostumbra a ignorar la legalidad se están sentando las bases para que esta legalidad sea recurrentemente ninguneada en el futuro.

Lo cual nos lleva a la segunda consecuencia grave del 9N. En la hoja de ruta independentista se ha llegado al punto culminante que se esperaba hace poco menos de un año, la consulta sobre el futuro de Cataluña. A pesar del carácter descafeinado de la misma, se ha subido el penúltimo escalón de esta hoja de ruta. El siguiente serán las elecciones plebiscitarias y la posible declaración unilateral de independencia. Como decíamos al principio no ha habido choque de trenes… por ahora. Pero ¿qué ocurrirá cuando un hipotético Gobierno de la Generalitat proclame la independencia? Esta hipótesis ya no está tan lejana como podía pensarse antes del 9 N y en principio es la hipótesis más probable en caso de triunfo de Esquerra o de una candidatura unitaria independentista. ¿Y qué ocurrirá entonces?  ¿Volverá el Gobierno central a mirar para otro lado o recurrirá al artículo 155 de la Constitución que posibilita al Gobierno “adoptar las medidas necesarias para obligar a aquella…” (La Comunidad Autónoma) al cumplimiento forzoso de la legalidad?  El choque de trenes entonces sería inevitable. Todo un cúmulo de despropósitos por parte del Gobierno central y del autonómico, por parte de los partidos estatales y los nacionalistas nos han llevado a esta situación; pero esto sería materia de otro análisis, el de las responsabilidades, que tendría que ser largo y tendido. Pero ahora es mucho más urgente plantearnos como salir de este atolladero, como evitar este choque de trenes.

Existe una tendencia extendida fuera de Cataluña, especialmente entre la gente de Izquierdas, a obviar este tema, a no plantearse el problema catalán o bien a minimizarlo, a pensar por ejemplo que no pasará nada si Cataluña se independiza. Yo creo que esto es un grave error. En el mejor de los casos la independencia de Cataluña significaría la amputación de uno de los territorios más dinámicos y desarrollados dentro de España lo que, especialmente en la situación de crisis económica en que nos encontramos, no contribuiría desde luego a mejorar las perspectivas de la economía. En Cataluña probablemente las consecuencias serían igualmente negativas por la previsible deslocalización de empresas sobre todo si el nuevo país está fuera de la U.E. aunque sea temporalmente. Pero además mucho me temo que, en caso de producirse la independencia, el cambio no sería suave, nada parecido al panorama idílico que describía Jonqueras a la familia andaluza en el famoso programa de Évole. No olvidemos que uno de los argumentos centrales de la campaña independentista ha sido el “España nos roba”, el que, en palabras de un nacionalista “moderado”, “en otros sitios de España, con lo que damos nosotros (los catalanes) de aportación conjunta al Estado, reciben un PER para pasar una mañana o toda la jornada en el bar del pueblo“. Es de temer que en estas circunstancias la independencia catalana vendría seguida, al menos en el corto plazo, de una campaña de fobia a Cataluña a la que se culparía de la mala situación económica; sería un buen chivo expiatorio en quien descargar las responsabilidades de la crisis; la extrema derecha tan poco visible hasta ahora probablemente irrumpiría en el panorama político. Y esta situación tendría con seguridad una réplica en Cataluña donde sería España la culpable del empeoramiento de la situación económica por la deslocalización de empresas, la previsible exclusión de la UE. …

Pero además no podemos excluir el efecto dominó. ¿Alguien imagina que, con una Cataluña independiente, Euskadi no seguiría de inmediato por el mismo camino? Y tras Euskadi, ¿Cuánto tardarían las Baleares en plantearse la independencia o la integración con Cataluña? Podría producirse un proceso de “balcanización” de la Península Ibérica que como mínimo produciría fuga de capitales, desinversión y aumento del paro a corto plazo. Puede ser que esta sea una visión excesivamente catastrofista, apocalíptica y alejada de la realidad. Pero si lo pensamos bien, lo difícil es que se produzca la independencia catalana; si esta se produce el resto no resulta descabellado. En cualquiera de los casos lo prudente sería intentar por todos los medios que no se llegue al enfrentamiento explorando posibles soluciones.

[Continuará]