Programa y discurso

Por Javier ARISTU

De la emoción de Cayo Lara, que abandona la carrera de las primarias para encabezar la candidatura de IU, a la consagración de Pablo Iglesias como líder del nuevo proyecto que ya ha puesto patas arriba el sistema político español. Y el PSOE que inicia los pasos prácticos para hacer posible la reforma de la Constitución. Mientras, Rajoy anuncia que visitará Cataluña. Ha sido un fin de semana muy productivo desde el punto de vista de la dinámica de los procesos. 2015 anuncia que será uno de esas grandes añadas en nuestra historia política. Seguramente pasará a los manuales de esa materia.

Hablemos de Podemos, que es lo que toca. Poco más puedo añadir a todo el caudal de análisis y comentarios, no coincidentes necesariamente entre sí, que se vienen desplegando desde los medios. Podemos ha atrapado el centro del debate y difícilmente lo va a soltar. Izquierda Unida ha sido su primera víctima y ya veremos si el PSOE no le sigue. No comparto la línea de algunos comentaristas que ven en esta nueva formación la reencarnación de los males de siempre. Pero tampoco creo que todo lo que hay en Podemos sea novedad, innovación y renovación de la política. Vayamos por partes.

Podemos es, en gran medida y ellos mismos lo repiten, producto de las movilizaciones urbanas de 2011, de los procesos de desarticulación y disgregación de la sociedad española que han venido desarrollándose a partir de mitad del comienzo de siglo. Podemos es la respuesta a la precarización y provisionalidad social de las generaciones universitarias y de clases medias de la última década. En ese sentido aporta una dimensión de transversalidad y representatividad social que hay que saludar positivamente y, al mismo tiempo, supone la incorporación a la política, al sistema político, de capas que el propio sistema productivo no ha sido capaz de integrar. Si a ello sumamos un cansancio integral de gran parte de la sociedad española con la manera de hacer política, y de aprovecharse de la política, que ha sido dominante en los últimos 15 años, el resultado es evidente: ha cuajado una forma política que es capaz de representar esa desarticulación social y cultural a través de mensajes claros, sintéticos y directos. Como dice el mismo Iglesias, por encima del programa (“programa, programa, programa”) lo importante es atinar en el discurso. Entre contenido y expresión, los de Podemos optan claramente por lo segundo. Como alguno de ellos dice: “Con el fin de hacer política de manera diferente, lo que necesitamos es un idioma diferente”. Y ese idioma, en clave española, está llegando sin duda a muchos sitios de fuera de nuestro país; está penetrando en otros lugares y no sabemos la capacidad de influencia que tendrá en el futuro. Valga como muestra el elogioso artículo que le dedica Owen Jones, el autor de la famosa crónica Chavs, en The Guardian de ayer domingo.

Lo que siempre le faltó a IU. Esta fuerza de izquierda siempre ha tenido la hipoteca de no saber construir un discurso, un lenguaje capaz de representar a mayorías sociales. Su manera de comunicarse, a través de lenguajes orales y escritos, símbolos, himnos, banderas y otros continentes, representaba lo clásico, lo de siempre, el rojo de toda la vida. Y así, solo llegaba a fragmentos —y no todos— de una clase que en otro tiempo se vio representada en el antiguo comunismo o bien a nuevos segmentos de una juventud que aspiraba a sustituir a los anteriores protagonistas. IU ha sido sin duda una formación capaz de continuar el hilo de la vieja izquierda, la de la confrontación de clases, pero sin los instrumentos de aquella. Era y es una formación que representa lo viejo pero en un tiempo que necesita seguramente nuevos códigos simbólicos. De ahí la paradoja y la angustia de muchos de sus honrados militantes: en un tiempo de crisis extraordinaria, la madre de todas las crisis, son otros quienes se llevan las rentas de una lucha y una resistencia. No sabemos si la simple renovación generacional de su equipo directivo será la solución si, a su vez, no va acompañada de una renovación de contenidos y de discurso.

Volvamos a Podemos. Sigo observando y siguiendo sus discursos, sus declaraciones, sus formas de actuar, sus instrumentos de movilización. Todo ello marca sin duda una distinta forma de hacer las cosas…no sé si necesariamente más democráticas o más transparentes. Han sido 100.000 los que han votado por internet la nueva dirección de Podemos (también nos dicen que hay 200.000 inscritos a través de las redes establecidos por sus técnicos por lo que podríamos deducir que sólo ha votado el 50% de su censo) pero esas 100.000 personas realmente no han participado en el proceso de construcción del contenido programático ni del equipo directivo. Han sido, y lo digo sin aspereza, 100.000 like o don’t like, me gusta o no me gusta, como cuando nos aparece en facebook algo puesto por otro amigo o amiga y expresamos nuestro acuerdo/desacuerdo con lo que nos han puesto delante. ¿Debe ir por ahí la nueva metodología democrática? ¿Estamos ante una nueva naturaleza de la democracia que pasa de construirse a través de la palabra, de la discusión, del debate,  a diseñarse a través del voto indicativo por Internet? No es ninguna tontería esta, ya que supone que, al contrario de lo que dicen los portavoces de Podemos, su modelo organizativo lejos de ser más participativo y democrático podría llegar a ser una nueva forma de asamblea donde unos pocos hablan y la mayoría asiente —o rechaza. De ahí que estas nuevas formas de democracia en directo (Urbinati), o democracia digital y electrónica se complementen necesariamente con la existencia de un líder individual y único capaz de personalizar y sintetizar las necesidades de la gente. No es algo nuevo, el PSOE (Felipe González) ya lo practicó desde 1977 y con notable éxito a través de los medios de entonces, especialmente la televisión. Hoy estamos ante un fenómeno ampliado: Pablo Iglesias, televisión, redes sociales y poderosas aplicaciones informáticas de masas.

Estamos experimentando un proceso de transición política, no sabemos si esta vez será con mayúscula o se quedará en minúscula. Una transición de un sistema político a otro que todavía no sabemos cómo será definitivamente. Nos quedan algunos años para que la foto todavía borrosa adquiera perfiles nítidos. Pero, en ese dibujo todavía impreciso se perciben ya algunos aspectos que, modestamente, no me gustan. I don’t like…too much!

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