La desigualdad, la mayor perturbación de la tecnología Internet

Foto Flickr John W. Iwanski

Por Andrew LEONARD

Llámelo “el Manifiesto de Silicon Valley”. El 4 de julio la NPR (radio pública nacional) citó a Sarah Lacy, la redactora jefe de Pando Daily, publicación dedicada a noticias de tecnología, que explicaba por qué en las empresas de Silicon Valley de la Bahía de San Francisco había producido estupor  la huelga de BART, la compañía de transportes de la bahía de San Francisco.

“La gente en la industria de la tecnología piensa que la vida se rige por el mérito individual, por la llamada meritocracia. Piensan que  uno trabaja muy duro, individualmente, para crear y construir algo y obtener, así,  beneficios, y esta es una visión contraria a la que tienen  los sindicatos”.

La metralla que lanzó Lacy  relacionada con esta manifestación de la lucha de clases se  difundió por el mundo de los medios de comunicación dedicados a la información sobre alta tecnología. Muchos comentaristas, incluido yo mismo, vimos en las palabras de Lacy  una revelación de la  torpe y  arrogante convicción de los miembros de Silicon Valley de que tienen  derecho a sus  grandes ganancias. Pero la  declaración de Lacy también se refirió a algo más profundo. Porque, cuando uno se detiene a pensar en ello, Lacy estaba descubriéndonos una  realidad. Ella resume, en sólo dos frases, el reto fundamental que plantea a la sociedad  la transformación económica  desatada por Internet. Las innovaciones pioneras en Silicon Valley recompensan el  “mérito” – si por mérito nos referimos a lo que los economistas les gusta llamar “trabajo del conocimiento basado en la capacidad”

Esto es un gran problema, cuyas consecuencias  la mayoría de los empresarios de empresas pioneras no les han dedicado mucho tiempo de reflexión. Los sindicatos y Silicon Valley ocupan los extremos opuestos de un espectro social, y no sólo porque en el primero se encuentren organizaciones en declive, mientras que en el otro extremo avanzan los otros como colosos. Los sindicatos son un medio para redistribuir la riqueza del capital al trabajo. Sindicatos fuertes reducen la desigualdad de ingresos y contribuyen a una clase media próspera. Silicon Valley, como estamos observando,  hace lo contrario. Durante las últimas tres décadas, la difusión de las tecnologías asociadas con el chip de silicio e Internet se ha visto acompañada por una creciente desigualdad en las rentas y con la repercusión de una clase media cada vez más reducida.

Naturalmente, los conservadores, los liberales y los optimistas tecnológicos no están de acuerdo. Desde su perspectiva, los sindicatos son un lastre para la economía que impide el progreso. Incluso si se acepta que la desigualdad está creciendo a corto plazo, ellos están seguros de que las ganancias de productividad asociadas a las innovaciones tecnológicas se traducirán en un crecimiento económico acelerado que beneficiará a todo el mundo. Dicen que eso es lo que siempre ha pasado antes y que, de todos modos,  aún estamos  en el principio de la nueva revolución tecnológica. ¡Caramba!, Si los gobiernos y los empleados de BART salen bien de esta, pronto estaremos llamando a la puerta de un futuro de riqueza inimaginable, una época en la que las máquinas inteligentes harán todo el trabajo necesario para mantener funcionando la economía mientras nosotros, los humanos, gastamos nuestro abundante tiempo libre perfeccionando cerveza artesanal y creando grandes obras de arte.

¡Tal vez! Eso sería increíble. Pero ese no es el mundo real. Y si se quiere entender porqué la retórica de Silicon Valley de “estamos cambiando el mundo para mejor” tiene cada vez menos autoridad, un análisis de los datos reales nos ofrece una explicación, al menos parcial. Veinte  años después de que Internet comenzase a transformar significativamente la forma en que vivimos, el resultado es que la sociedad se ha polarizado y se ha vuelto más desigual. Parece un fenómeno inevitable: las ganancias de productividad conseguidas por la utilización de Internet no están siendo ampliamente compartidas. Por lo menos, no todavía.

Foto: Simon Bisson
Foto: Simon Bisson

Eso no es un cambio para mejor. Es una receta para tener problemas. Y si las tendencias actuales continúan, se requerirá una respuesta política que haga posible algún tipo de redistribución de la renta y la riqueza. Fíjese en esta ironía por un segundo: ¡El éxito de Silicon Valley  exige inevitablemente una respuesta socialista!

El misterio fundamental de cara a cualquier persona que quiera evaluar la contribución de Silicon Valley en el bienestar general es la siguiente: ¿Por qué el aumento de la productividad de tanto cambio tecnológico radical no ha elevado el nivel de vida de la mayoría de la gente?

Desde el momento en que todos comenzamos utilizar el  correo electrónico  como  locos, la economía estadounidense empezó a registrar fuertes ganancias de productividad, que  la mayoría de los economistas atribuyen a las innovaciones basadas en tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Pero durante ese mismo periodo la desigualdad de ingresos ha ido creciendo de manera constante.

De acuerdo con un estudio publicado por la Reserva Federal de Kansas City, que cubre el periodo 1996-2006, “los hogares de bajos ingresos no han visto ningún aumento en el ingreso real, y, como máximo, sólo el 10 por ciento de los hogares  experimentó un crecimiento del ingreso real igual  o mayor que el promedio de crecimiento de la productividad laboral”.

Por otra parte, desde por lo menos el año 2000, la relación histórica entre los aumentos de la productividad y el crecimiento del empleo ya no existe. Después de 2006, aunque se contemple una  situación bastante confusa  por la Gran Recesión,  el panorama general  sigue siendo sombrío. Los profesores del MIT, Erik Brynjoflsson y Andrew McAffe, autores del libro “La Carrera contra la Máquina”, escribieron en el New York Times que en el  2012, el ingreso promedio de los hogares fue inferior a 1997, y “los salarios como porcentaje del PIB se encuentran ahora en su punto más bajo, aun cuando los beneficios empresariales están en su punto más alto”.

“El hecho es,” dice Paul Krugman, “que los ingresos se han estancado y ha disminuido en las clases medias la seguridad económica.”

Esto, por supuesto,  sucedió al mismo tiempo que el mundo abrazaba el correo electrónico, los teléfonos inteligentes, Amazon, Google Maps y todo lo demás que la mayoría de nosotros no puede imaginar fuera de nuestra vida cotidiana. Y ahí está el problema: las mismas innovaciones que han creado tanta riqueza en Silicon Valley y que han penetrado tan profundamente en la sociedad, dan  una respuesta parcial a nuestro misterio.

“Creo que muy pocas personas negarían que la tecnología ha jugado un papel muy importante en el crecimiento de la desigualdad”, dice el economista del MIT, Daron Acemoglu, el co-autor junto con James A. Robinson de “¿Por qué fracasan  las Naciones?: Orígenes del Poder, Pobreza y la Prosperidad

Foto: Bob Mical
Foto: Bob Mical

Acemoglu advierte que la tecnología está lejos de ser la única razón por la que, en los últimos años,  se ha producido la concentración de la riqueza creada en las últimas décadas, acumulándose en  los hogares  del extremo superior del espectro económico. Hay muchos factores relacionados entre sí que explican esta situación, incluyendo la disminución del poder de los sindicatos, los cambios en la estructura de impuestos, que data de la década de 1980, y la globalización. Sin embargo, un creciente cuerpo de investigación identifica  los avances en tecnologías de la información como principal causa de lo que los economistas llaman “la polarización trabajo”. En la parte superior, los llamados trabajadores del conocimiento basados ​​en la excelencia están aprovechando las ventajas de la innovación de una manera importante. En la parte salarial inferior se encuentran un montón de puestos de trabajo de baja remuneración “complementarios” a esos trabajos superiores.[Puede consultarse la difusión de este fenómeno laboral y social en la zona de Silicon Valley en el libro de Enrico Moretti, The New Geography of jobs. Nota de ECA]

Pero el centro está colapsado. Es demasiado fácil  reemplazar el trabajo humano con la automatización informatizada.

“Muchas de las tecnologías que hemos visto en los últimos 30 años, y que se asocian con Internet – o el chip de silicio -, han supuesto la sustitución  tareas que se realizaban por  trabajadores de bajos y medianos salarios y cualificación – especialmente de los trabajadores  medianamente cualificados” dice Acemoglu. “Y como resultado, Internet  sólo ha creado beneficios limitados, y en ocasiones pérdidas,  en los trabajadores que desarrollaban esas  tareas intermedias.”

En la primera década del nuevo milenio, los números son elocuentes. Un informe de enero emitido por la Associated Press ofreció un recuento preliminar nos dice:

En los EE.UU., más de 1,1 millones de secretarias desaparecieron del mercado laboral  entre 2000 y 2010, su seguridad en el empleo fue destrozada por el software que permite a los jefes  llamar por sí mismos y organizar sus propias reuniones y viajes. Durante el mismo período, el número de operadores de telefonía bajó el 64 por ciento, los procesadores de texto y los mecanógrafos un 63 por ciento, las agencias de viaje  un 46 por ciento y los contables   un 26 por ciento, según las estadísticas del Departamento de Trabajo.

Acemoglu se apresura a señalar que las consecuencias negativas de los avances tecnológicos para algunos trabajadores no significa que Internet no tenga ningún valor. El mero hecho de que hayamos gastado incontables millones de dólares en la compra de 250 millones de iPhones es la prueba más clara que cualquier economista necesita para entender que la  gente está consiguiendo utilidad de sus vidas interconectadas. Y, por otra parte, los ahorros de costes empresariales generados por todos los secretarios desaparecidos  podrían ser sometidos a usos más productivos. Esto debería, en teoría, ser bueno para la salud general de la economía.

“Decir que Internet no va a ser tan transformadora, como algunos de sus más grandes detractores argumentan, de ninguna manera implica que no haya contribuido a nuestro bienestar, a  nuestra productividad y a nuestro tejido social”, dice Acemoglu. “Pero no es en absoluto compatible con la tesis de que esas ganancias van a ser ampliamente compartidas.”

De acuerdo con la teoría económica estándar, los aumentos de productividad derivados de las nuevas innovaciones tecnológicas deben traducirse en nuevas oportunidades de empleo en otros sectores de la economía. Esas secretarias y telefonistas y agentes de viajes deben ser el equivalente moderno de los agricultores que tenía que encontrar puestos de trabajo en el sector manufacturero en el siglo 20, o los trabajadores de la manufactura que se vieron obligados a cambiar al sector servicios en el último cuarto del siglo XX.

Foto Flickr tec_estromberg
Foto Flickr tec_estromberg

Pero en la economía cada vez más estratificada de hoy, si usted no tiene formación para ascender a puestos de trabajo de mayor categoría, es más que probable que su movilidad vaya más hacia abajo que lateralmente. Las oportunidades no están, necesariamente, creciendo. La competencia es cada vez más difícil. Todo el mundo tiene que encontrar la manera de ofrecer algo realmente útil, o resignarse a cocinar hamburguesas.

Las anteriores transformaciones  tecnológicas ofrecieron oportunidades a amplias capas de trabajadores, argumenta Acemoglu. Al principio de la Revolución Industrial del siglo XIX, los trabajadores cualificados (artesanos) eran los que tenían más riesgo por la aparición de  las nuevas tecnologías de aquel periodo. Los luditas, que rompieron las nuevas máquinas de tejer y las trilladoras, eran artesanos que acertadamente temían que su  saber artesanal fuera sustituido por trabajos en las plantas fabriles, que cualquier persona podría desarrollar.

¿Entonces qué? No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, ¿verdad? La Revolución Industrial puede haber aplastado el poder adquisitivo artesanal, pero en términos de impacto social se compensó la desaparición de esos oficios con  la apertura de grandes oportunidades para los trabajadores no cualificados. La clase media, más o menos, fue posible gracias a la Revolución Industrial.

Hoy en día, cuanto más conocimiento tengas, más te puedes beneficiar de las nuevas tecnologías. No hay duda de que para los que tienen talento y el acceso a la educación, la sociedad conectada ofrece oportunidades prácticamente ilimitadas. Pero si usted no  está tan preparado, eso supone una historia diferente.

A medida que se avance en el progreso de la  inteligencia de las máquinas, advierten algunos observadores, el alcance de los empleos amenazados por el cambio tecnológico parece destinado a crecer. El trabajo digital siempre  sale más barato. Así que las diferencias salariales y la desigualdad serán más marcadas.

Silicon Valley y sus defensores  se burlan  de los escenarios catastrofistas. Don Boudreaux, un economista de tendencia liberal-libertaria de la George Mason University, me dijo que “la historia económica está plagada de preocupaciones de ‘esta vez las pérdidas de empleo son diferentes.’ No veo ninguna razón por la que debamos tomar esas preocupaciones hoy en día más en serio que las preocupaciones  que deberían haberse tenido en el año 1800 o 1900 o 1950 … La tecnología nunca ha sido, en la historia humana, causa de un desempleo significativo y permanente”.


 Si las consecuencias lógicas de la permanencia capitalista de Silicon Valley  implica una sociedad en la que una minoría cosecha ganancias desproporcionadas, mientras que la mayoría se esfuerza cada vez más duramente  en sobrevivir, lo lógico es que , a largo plazo, sea inevitable una respuesta políticamente explosiva. La redistribución será inevitable.

Tim Worstall, columnista en Forbes que se enfrenta regularmente con los críticos de Silicon Valley, fue aún más lejos. “Yo  insisto en que no nos preocupamos por las personas que tienen puestos de trabajo. Tampoco nos preocupamos por las rentas. La cosa real por la que nos preocupamos es que las personas no sean  capaces de consumir. Y si todo es elaborado por las máquinas y es tan  es tan barato como escupir, entonces ¿cuál es el problema?”

Worstall reconoció que los trastornos estructurales y el desempleo masivo es probable que se produzcan como en  cualquier gran transición tecnológica, pero insistió en que el caos sólo debe ser temporal. El verdadero peligro, advirtió, es que los gobiernos se empeñen en proteger el statu quo e impidan que  Silicon Valley construya el futuro cuerno de la abundancia.

“Basta con mirar a Uber,” dice Worstall. “Una de sus aplicaciones es simplemente un método electrónico de parar un taxi. Llevan 12 meses operando y  18 meses de peleas con cada una de las administraciones de cada una de las grandes ciudades sólo para que se les permita funcionar. Este tipo de proteccionismo que exigen los titulares de permisos de transporte en vigor afecta a la economía. Es una de las cosas que hace más lento el crecimiento económico. Son en gran parte los liberales de izquierda los  que están preocupados por el desempleo que surgirá en el proceso de  transición tecnológica. Son, también, en gran parte,  los liberales de izquierda los que apoyan al Estado regulador y  limitan las posibilidades de crecimiento económico. Y así tenemos que la misma gente que se preocupa por el desempleo futuro es la que apoya al sistema que hará que  las cosas vayan  a peor”.

Martin Ford,  autor de “Las Luces en el túnel: Automatización, Aceleración Tecnológica  y  Economía del futuro“, es un experto en software y empresario de Silicon Valley de empresas start-up,   ha sido una de las voces más significadas advirtiendo sobre las consecuencias negativas que el Cambio Tecnológico tiene sobre el empleo y la desigualdad. Pero reconoce  que las generaciones anteriores han vivido  alarmas similares y se han  equivocado.

“En definitiva, es cierto que hay un efecto de “niño que gritó: ¡que viene el lobo!”,  dijo Ford. “Esta cuestión se ha planteado una y otra vez y se remonta a los luditas. También había un montón de preocupación en los años 50 y  60. Creo que esos argumentos eran simplemente prematuros, dada la tecnología disponible en esa época. La ironía es que ahora la nueva tecnología ha llegado  y, sin embargo, las preocupaciones sobre el impacto han disminuido en gran medida”.”Es curioso  que la gente de orientación tecnológica ponga tanta fe en la idea de que  ´nunca ha sucedido en la historia´. Después de todo, en el ámbito de la tecnología, las cosas que suceden en el presente nunca habían sucedido antes. No creo que haya una ley económica que estipule que las máquinas nunca podrán destruir puestos de trabajo. En última instancia, la cuestión se reducirá a si es o no es la tecnología lo suficientemente avanzada para competir con la gente. Es sobre todo una cuestión de tecnología,  no es un problema económico “.

Al punto de vista  de Ford vale la pena darle vueltas. La retórica de la autosuficiencia individual para la consecución de una gran riqueza  es inseparable del Silicon Valley de 2013 y a veces oscurece el hecho de que los avances en la tecnología de la información y la comunicación de los últimos 30 años son realmente sorprendentes e  impresionantes. El cincuenta por ciento de todos los estadounidenses ahora poseen un teléfono inteligente, un dispositivo que a todos los efectos prácticos no existía hace siete años. Vemos normales  una asombrosa variedad de cosas  que las generaciones anteriores considerarían absolutamente alucinantes.

Foto Flickr de HJL
Foto Flickr de HJL

Tanto los creadores de la tecnología como  las personas que difunden de manera efectiva dicha tecnología están seguros de cosechar grandes beneficios. Esa es la “meritocracia” de Silicon Valley. Ingenieros, científicos, desarrolladores de software, personas con alto nivel de educación en todos los campos  siempre tendrán sitio en una sociedad que ofrece herramientas  para las personas altamente cualificadas, y así puedan desarrollar  sus talentos con ellas.

Pero al final, uno tiene que preguntarse cómo puede ser sostenible una democracia si aumenta la estratificación y la desigualdad. La reacción violenta que está empezando a manifestarse será más fuerte si la tendencia actual de polarización de trabajo continúa.

¿Qué se va a hacer entonces? ¿Desregular todo, automatizar todos los empleos sindicalizados molestos, y dejar que el darwinismo  social haga su tarea? Ese podría ser el enfoque del Rand Paul (candidato liberal-libertario para el Congreso, una de las estrellas ascendentes del conservadurismo norteamericano. NdT).

Otra posibilidad es que los antagonismos de clase de la Nueva Economía se agudicen  hasta el punto de que las soluciones de gobierno más agresivas se vuelven factibles. Martin Ford aboga por una propuesta de política a largo plazo que él describe como ” un ingreso mínimo garantizado”, con incentivos incorporados que recompensen los logros educativos. Daron Acemoglu cree que tendremos que invertir sumas muchos mayores en los programas de educación y capacitación para el trabajo.

Obviamente, los obstáculos políticos a cualquiera de esos esquemas, en el mundo en que vivimos hoy en día, serían inmensos. Pero la razón por la que un creciente coro de voces es cada vez más crítica con Silicon Valley es precisamente porque existe, para una gran cantidad de gente,  la evidencia de que el mundo podría ser cada vez mejor si se aprovechase esa innovación. Si las tendencias actuales persisten, el impulso político para redistribuir la riqueza irá en aumento. Claro que ese futuro sería un anatema para los actuales propietarios de capital, para los barones ladrones de Silicon Valley, ricos de los últimos tiempos,  que están siendo tan bien recompensados ​​por una economía basada en el chip de silicio.

Pero  esa es la hermosa ironía de la nueva economía. Si las consecuencias lógicas de la permanencia capitalista de Silicon Valley  implica una sociedad en la que una minoría cosecha ganancias desproporcionadas, mientras que la mayoría se esfuerza cada vez más duramente  en sobrevivir, lo lógico es que , a largo plazo, sea inevitable una respuesta políticamente explosiva. La redistribución será inevitable.

En alguna parte, Karl Marx se acaricia la barba, y asiente con la cabeza: ¡Mira, ya  te lo decía yo!


Andrew LEONARD es redactor especialista en tecnologías y mundo digital en la revista norteamericana Salon, donde ha aparecido este artículo. La traducción es de Javier Velasco Mancebo.

Nota: Cuando el comentarista norteamericano usa  la palabra “liberal” realmente está refiriéndose a lo que en Europa llamaríamos “socialista” o “de izquierdas” en sentido amplio. El término liberal-libertario alude a nuestro más cercano ultra-neoliberal, es decir, conservador en cultura y neoliberal en economía.

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