Sobre el equilibrio norte-sur en España

Por Carlos ARENAS POSADAS

Hace unos días, la presidenta de la comunidad autónoma, señora Díaz, hizo unas declaraciones en Madrid a poco de conocerse que el desempleo en Andalucía no solo no menguaba como en el resto de España (ya sabemos por otra parte cómo es el empleo que se crea y lo mal que huele esa basura), sino que aumentaba  hasta el 33 por ciento, a once puntos porcentuales de la media nacional. La presidenta hacía un llamamiento para solventar urgentemente el problema, comparándolo con una “crisis alimentaria” y  proponiendo como solución una transferencia de recursos financieros y de inversiones hacia Andalucía similar a la que realizó Alemania desde el oeste hacia el este tras la unificación.

A mi juicio, la declaración de la presidenta es, en primer lugar, el reconocimiento palmario de la impotencia. Treinta y cinco años de gobierno socialista en Andalucía no han servido para mejorar un ápice la situación de paro y de precariedad laboral que ha perdurado durante siglos en Andalucía como un tatuaje indeleble grabado en el cuerpo. En las últimas décadas, se han aludido a razones de todo tipo para explicar las causas “estructurales” de esa lacra: mayor tasa de crecimiento de la población, una estructura productiva de escasos valores añadidos, bajos niveles en la formación de capital productivo  y de capital humano, un tejido empresarial en el que predomina la microempresa y el autoempleo, estacionalidad, etc. A pesar del esfuerzo econométrico desplegado, los esfuerzos realizados para implementar las soluciones académicas “convencionales” –una mayor flexibilización y abaratamiento del mercado de trabajo, por ejemplo- de nada han servido para cambiar la tendencia; más bien esta se ha reforzado. Además, ya sabemos en qué han  derivado los incentivos públicos en políticas de formación y de empleo.

Reconocida la impotencia, a la señora Díaz le vuelven a susurrar los más veteranos de sus asesores aquellos suspiros victimistas de los años setenta y primeros ochenta: España nos debe una. Dicho y hecho; como la vaca que espanta moscas con el rabo, se ahuyentan  responsabilidades reclamando un plan estratégico de Estado que pase por la inyección masiva de capital desde el norte al sur.

 Es verdad; podría alinear en las próximas páginas toda una serie de agravios históricos que empalidecerían el hipócrita “España nos roba”. Sin embargo, como creo haber dicho más de una vez en estas páginas, el problema del atraso relativo, la desigualdad social y las insoportables tasas de paro y de precariedad laboral en Andalucía es, sobre todo, un problema endógeno.

Los partidos socialistas se desarrollaron en Europa a principios del siglo XX para hacer sostenibles los distintos capitalismos nacionales, sumándoles consensos mediante políticas asistenciales que conformarían más tarde el Estado del Bienestar; especialmente, dentro de él, políticas activas y pasivas de empleo. Esa ha sido también la misión del socialismo andaluz, aunque, a la vista está, aquí las segundas hayan predominado sobre las primeras. Al fin y al cabo, el andaluz ha sido y es un  capitalismo que necesita la desigualdad social y el paro masivo para reproducirse.

Con la crisis y los recortes el consenso se desvanece, y para reactivarlo  se alude a saldar, mediante mayúsculas inversiones, los desequilibrios de renta y de bienestar existentes entre el norte y el sur del  país. Ese no es el camino; “cambiar el paso” por esa ruta no solo no solucionaría sino que agravaría la situación. Es imprescindible cambiar completamente el sentido de la trayectoria, haciendo un diagnóstico correcto de la naturaleza del modelo productivo andaluz y de su encaje con el español y mundial, alentando la participación efectiva de los andaluces en la construcción de su propio futuro,  porque de lo contrario, por el camino de  siempre, la casta española y andaluza seguirán controlando y aprovechando este “subdesarrollo racional” que tan buenos dividendos les ha proporcionado hasta la fecha.

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