Y la nave va…

Por Javier ARISTU

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Una película que no se puede dejar de ver. Dos días, una noche, bajo la dirección de los hermanos  Jean-Pierre y Luc Dardenne. ¿Por qué es película para no dejar pasar? Sencillamente, porque retrata un fragmento significativo de nuestra actual Europa, porque es una fotografía exacta y precisa de una parte explicativa de nuestro continente social. En ella se relata la odisea en 48 horas de una mujer por evitar que la despidan de su trabajo en el que llevaba ya varios años y del que depende una gran parte del sustento de su familia.

El asunto: una pequeña empresa belga de placas solares, de menos de veinte trabajadores (por cierto, con muchas y diversas nacionalidades y etnias) , agobiada por la competencia asiática, ofrece a sus obreros conservar su prima de productividad (1.000 euros) si a cambio votan en asamblea el despido de Sandra, una colega que ha estado una temporada en baja por depresión. La empresa considera que el trabajo encargado se puede hacer con 16 trabajadores, y no con 17, con Sandra, que le sobra a la empresa. Bajo la presión del encargado del taller, votan a favor del despido de Sandra, es decir, por conservar su prima de productividad. Esta, aconsejada por una compañera y por su marido, y tras acuerdo con el jefe de la empresa, consigue que se repita la votación y dispone de un fin de semana para convencer a sus compañeros de taller de que voten su permanencia en la empresa, a cambio obviamente de perder los 1.000 euros de prima. Durante ese fin de semana recorre los lugares de una zona industrial belga donde viven sus compañeros a fin de conseguir convencerles. Unos estarán con ella, otros preferirán conservar su salario completo. No cuento el final porque es mejor ver la película.

A vuela pluma se me ocurren algunos comentarios que subrayan la importancia de este filme que viene a acompañar a otros testimonios de estos últimos años de crisis europea y del mundo del trabajo. Me acuerdo, entre otros, de los títulos Las nieves del Kilimanjaro, de Robert Guédiguian (2011), El espíritu del 45 (2013), y otras de Ken Loach, que se suman a una de las primerizas sobre el asunto de la pérdida del trabajo en este comienzo de siglo, Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa (2002). Enfocadas la mayoría a partir de un relato personal, como en la que estamos comentando de los hermanos Dardenne, nos dejan ver clara y nítidamente las extraordinarias mutaciones que está sufriendo el mundo del trabajo, debidas básicamente a la presión brutal que ejerce la globalización sin gobierno, el pensamiento neoliberal (el beneficio y el factor empresarial-ejecutivo ante todo) y la carencia de respuesta eficaz desde el lado sindical y desde ese universo trabajador.


La clase trabajadora no es la que era antes, los cambios productivos y la cultura del consumo generalizado de masas ha provocado una brecha profunda en el mundo de los valores clásicos y de las cosmovisiones culturales de dicha clase


La novedad de esta película belga es que el empresario, la antítesis perfecta, queda en el fondo, diluido, como causa final, sin duda, del conflicto, pero logrando que el problema pase a ser una batalla entre los trabajadores: «o votas el despido de Sandra o no te puedo pagar los 1.000 euros de prima; tú decides». Ya no despide la empresa, deciden sus propios compañeros. De esta forma, la individualización del conflicto, la atomización de la clase aparece descarnada. Ya no hay clase, hay individuos sueltos que sobreviven de cualquier forma, con trabajos negros extras los fines de semana, con chapuzas, bajo la presión de sus esposas o maridos que les exigen esos 1.000 euros de prima y, por tanto, que no cedan a la presión de Sandra. O ella o nosotros. Individuos con casas con jardín (e hipotecas que pagar), con coches de primera mano (cuya cuota tendrán que abonar a la financiera cada mes), con una vida perfectamente organizada en torno al consumo de masas (que tendrán que financiar). La solidaridad ya no es patrimonio de la clase sino de aquellos que, por una decisión ética individual, deciden apoyar a Sandra. ¿Esta es la clase obrera que nos ha dejado el neoliberalismo? ¿Es esta la sociedad de trabajadores que va a propiciar el cambio social? Los creadores de la película, podría pensarse, destruyen esos conceptos decisivos que han dado sentido a un movimiento, el de los trabajadores, durante todo un siglo; se podría deducir que ya no creen en el valor del trabajo y de los trabajadores como factor de cambio. Y, sin embargo, yo creo que los hermanos Dardenne, desde esa visión realista y dura del actual mundo de las relaciones laborales no hacen sino describirnos el paisaje que algunos no quieren ver. Es como si nos dijeran: «así funcionan hoy las cosas, eso es lo que tenemos delante y algunos no quieren ver; es hora ya de comenzar a cambiar todo esto». La clase trabajadora no es la que era antes, los cambios productivos y la cultura del consumo generalizado de masas ha provocado una brecha profunda en el mundo de los valores clásicos y de las cosmovisiones culturales de dicha clase. ¿Recuperarlos? Sin duda, pero desde otras realidades, desde otros trayectos de vida que no son ya los de la fábrica sindicalizada o los grandes centros de trabajo donde el individuo era parte de un colectivo unitario y homogéneo.

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Y, sin embargo, la nave va…los trabajadores, como clase, como colectivo social, existen. Veamos lo sucedido en Roma este sábado pasado. Se ha celebrado la mayor concentración de trabajadores de los últimos años, un millón venido de toda Italia, reclamando Dignidad, Igualdad, Trabajo, e iniciando una batalla contra las medidas del gobierno Renzi (Véanse los análisis en este mismo blog y en Metiendo bulla) que marcarán sin duda este otoño. Mientras, Renzi ataca “la antigüedad del sindicato”, “la vieja cultura del sindicato” que —dice el primer ministro italiano— sigue empeñada en mantener el trabajo como un valor de vida (“el trabajo fijo ya no es posible”, nos dice), usando la estúpida metáfora del Iphone y la ficha telefónica de hace algunos años para justificar la destrucción de derechos en relación con el puesto de trabajo: ¿cuándo van a dejar estos políticos modernos su obsesión por estos latiguillos del software como si la política fuera un software?

Esta guerra no se gana, ciertamente, utilizando la estrategia del cuartel general del ejército francés en el verano de 1940, pretendiendo centrar el eje de la defensa contra el ejército alemán en la línea Maginot. Ya sabemos cómo les desbordaron los carros acorazados de la cruz gamada. A Renzi, como a Rajoy o a Merkel —pero sobre todo a los que están tras ellos— no se les gana con posiciones numantinas o de resistencia sin alternativa: es necesario un proyecto general que sea capaz de recoger dentro de él a la mayoría de los diversos componentes de una clase trabajadora atomizada, descompuesta, disgregada… pero que existe como tal y la a que hay que darle otra vez las ganas de ser. Hay que cambiar, hay que innovar, hay que detectar los nuevos problemas del mundo del trabajo y las nuevas realidades sociales a fin de diseñar nuevas estrategias de defensa. Pero manteniendo la base fundamental que hizo del movimiento de los trabajadores el movimiento más innovador y decisivo del mundo industrial moderno: solidaridad, generosidad, visión de futuro. Es decir, nunca aceptar la disyuntiva: O defender el puesto de Sandra o mi prima de productividad.

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