La ocultación de las izquierdas

Foto Flickr: PSOE

Por Sebastián MARTÍN

Atravesamos tiempos interesantes. El marco político no había sido tan incierto desde principios de los años 1980. La responsabilidad histórica que recae en las formaciones de izquierda es de notable envergadura. Ninguna de ellas, sin embargo, mantiene un discurso público que registre, sin reparos, las dificultades a la vista, y señale, con tangible concreción, las medidas practicables. Imbuidas de retórica electoralista, las tres formaciones principales de la izquierda estatal juegan a la ocultación. Proyectan a la ciudadanía un mensaje irreal, que nadie puede creerse, salvo que medien grandes dosis de ingenuidad.

Los líderes del PSOE repiten sin cesar que son una «fuerza de gobierno». No quieren ni oír hablar de pactos porque aspiran a obtener una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Se siguen presentando como la única formación de izquierdas en España con credibilidad suficiente como para ganar unas elecciones. Apelan a su historia para transmitir la idea de que un partido con más de una centuria no puede ser víctima de una coyuntura pasajera. Rechazan con acritud, enarbolando sus logros pasados, cualquier crítica procedente de otras sensibilidades. Desprecian lapidariamente o ignoran las nuevas alternativas.

Estas actitudes son inercia del pasado. Su desfase es evidente. Todo apunta a que el PSOE no podrá lograr una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Ni en Andalucía, ni en el Estado. Si no pueden lograrlo es a causa de sus propios deméritos. La corresponsabilidad en la causación de la estafa que padecemos, su implicación en tramas corruptas, la bochornosa trayectoria de algunos de sus líderes y sus políticas fiscales y laborales regresivas han mermado seriamente su credibilidad. En realidad, no estamos ante la continuación del PSOE obrerista fundado en 1879, sino ante el legado liberal de Suresnes, que no tiene más de cuarenta años. De la decisión que adopten ante los próximos dilemas dependerá su propia supervivencia a medio plazo.

Actualmente, el PSOE padece una evidente debilidad: ha dejado de ser la formación hegemónica de la izquierda social en España. Pero posee, a su vez, una fortaleza: sin sus votos, no cabe en este país un gobierno progresista sólido, capaz de acometer medidas de calado. Cómo va a capitalizar ese apoyo residual, tal es su disyuntiva: o se suma, en pie de igualdad, abandonando toda prepotencia, a una coalición de izquierdas, basada en algunos puntos programáticos claros, o se sacrifica en aras del régimen político-económico vigente, en una coalición con los conservadores.

Salvando las distancias, a IU le sucede algo parecido. Su discurso de la convergencia y de la representación de la «gente» azotada por la crisis corresponde a un escenario sin Podemos. Como el personaje de dibujos que continúa corriendo después de concluido el precipicio, toda esta retórica se produce ya en el vacío. Desdoblada en dos sectores divergentes, uno inserto en los movimientos sociales y otro burocratizado, sus pasos han respondido en demasiadas ocasiones a los designios de un aparato signado por el aislamiento, la mediocridad y el doctrinarismo. A duras penas pueden deshacerse del pegajoso perfume de la «vieja política». Baste recordar la reacción de casi todos sus dirigentes al órdago lanzado por Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero antes de las europeas. O la composición final de su lista electoral. La decisión adoptada entonces cuenta con efectos irrevocables. Como me dijo un conocido miembro de la coalición, la renovación de IU ya se ha producido, pero, ante tanta reticencia, se la han hecho desde fuera.

También IU se la juega en el próximo ciclo electoral. Su retórica de la victoria contrasta con la certeza de su imposibilidad. Viendo que la cosa funciona con Podemos, muchos adoptan su método y su discurso. Pero el personal suele preferir el original al sucedáneo. Y suele además considerar prescindible a quien, sin necesidad, se rompe en vano los nudillos llamando a las puertas del pacto de izquierdas. Con tanta inteligencia como desdén, algunos dirigentes de Podemos han dejado claro cuál es el campo que pueden cultivar: el de una ciudadanía de izquierdas convencida, que no se avergüenza de sus señas de identidad tradicionales, por más derrotadas que hayan resultado en la historia. También su método podría ser diverso: no se trata de simplificar el discurso para ganar la adhesión de los despolitizados con vivo sentido de la justicia, sino de convencerlos y atraerlos a las propias convicciones. Aunque minoritaria, esta es la base social con la que todavía puede contar IU. Mantenerla depende tanto de la credibilidad del programa propuesto como de la solvencia de las personas llamadas a encarnarlo. Si continúan incurriendo en su desprecio al liderazgo, comprobarán que nada hay que no pueda seguir empeorando. Y si su honroso gesto de incorporarse, en las locales, a plataformas ciudadanas, se traduce en la colonización descarada de sus listas, perderán todavía más confianza.

Muy diferente posición ocupa Podemos. Su horizonte sigue siendo de crecimiento. Su irrupción ha hecho subir enteros el nivel intelectual del discurso político. La honestidad pública de sus promotores, su rectitud y austeridad moral, y su procedencia profesional, ajena a las canonjías políticas, les confiere una credibilidad de la que otros carecen. La inquietud, por no mencionar las salidas de tono, que provocan en lo más conservador y oligárquico del país, permiten atisbar, en negativo, la intensidad del cambio que comportaría su victoria. A su favor juega además una evidencia democrática: tras ver los resultados alcanzados por los dos grandes partidos en los últimos cuarenta años, parece que ha llegado el momento de conceder una oportunidad a otra formación, que representa además un relevo generacional. Y aunque la juventud de sus miembros y sus tics vanguardistas les cierren vías de comunicación con el sector más maduro de la población, la solidaridad de los padres y abuelos con los hijos y nietos parados, en precario o exilados les abre aquí las puertas.

Sin embargo, también en su caso existe una notoria discordancia entre su retórica y la coyuntura real. Han logrado introducir un nuevo marco interpretativo de la realidad política, que revisa y sustituye las claves intelectivas tradicionales. Pero ese marco, el de la casta y la gente, no puede remplazar del todo la cartografía y las identidades acostumbradas. Ha añadido complejidad, pero no ha relevado lo existente, que seguirá orientando decisiones futuras. Por eso el escenario más probable, que ni siquiera mencionan de pasada, será el de un porcentaje electoral relativo, lejano de sus anhelos de triunfo inapelable. Para enfrentarse a esta evidencia de muy poco sirve el discurso monocorde de la victoria total, que, como Grillo en Italia, viene a exigir a los españoles una mayoría absoluta e incondicionada para poder romper, por fin, con el actual sistema de corrupción, descrédito institucional y desigualdad. Habrán de luchar por ese objetivo, pero en una situación que les obligará forzosamente al pacto.

Además, ya a estas alturas, aparecen flancos débiles. En su afán de crecer, dan por descontado el apoyo de los que llaman «convencidos», quienes, ante tanto desprecio altanero, muy bien podrían decidir pasar de ellos. El desproporcionado peso del tacticismo, el abuso de la retórica maquiavélica de la conquista del poder, acaso terminen haciéndole un flaco favor, demostrando que nada mejor que la humildad y la discreción. Su propio proceso constitutivo, marcado por la prepotencia, que ha colocado a los 160.000 inscritos ante una votación imposible, basada en la lógica de la adhesión y carente de deliberación entre las diversas iniciativas, en buena proporción coincidentes, comunica una falta real de confianza en sus propias bases que contradice los postulados fundacionales. Sus continuas alusiones a la necesidad de adaptarse a la realidad objetiva existente anuncia además un temperamento acomodaticio, que nada nos garantiza que no continúe desplegándose en caso de tocar poder gubernamental. Y su preferencia por no revelar las dificultades que entraña la realización de su proyecto, en el supuesto de que hacerlo les haría perder apoyos, implica una forma de tutela moral sobre los ciudadanos, que olvida aquella máxima que Juan de Mairena daba a los retóricos, a quienes recomendaba «no engañar a los hombres con sus propios deseos, porque el hombre ama la verdad hasta el punto que acepta, anticipadamente, la más amarga de todas».

Aparecido originalmente en Contrapoder/El diario.es.