El mercado de trabajo no es el problema

Obrero limpiando sobre el techo del Reichstaat. Foto flickr: Bernard Laffon

Entrevista con Michel Aglietta

La comprensión del desempleo divide enormemente a los economistas. ¿Cómo se sitúa usted en este debate?

la teoría económica estándar considera el mercado de trabajo un mercado como los otros, con una oferta y una demanda que se equilibran por el precio, es decir, los salarios.En ese enfoque, toda la oferta de trabajo (dicho de otro modo, la masa de trabajadores que buscan ser empleados) es absorbida por la demanda de trabajo de las empresas. Si esto no es así, es que existe una disfunción en el mercado de trabajo, que la gente no está dispuesta a trabajar por el salario equivalente a su productividad, con el que las empresas estarían dispuestas a contratar. Lo que viene a decir que el desempleo es voluntario, al menos colectivamente.

Esta visión ignora completamente la naturaleza de la relación salarial. El salario no es el precio del trabajo sino el precio del alquiler de las capacidades de trabajo que los asalariados ponen a disposición de los empleadores. Ahora bien, el trabajo no es un bien mercantil; es una actividad ejercida en una relación de poder y de subordinación en el seno de una empresa. La relación es doblemente simétrica. Por una parte, los empleadores no conocen previamente la adecuación de las capacidades de sus candidatos a las necesidades de aquellos -por eso la contratación es un riesgo que el empleador trata de reducir a través de un proceso de selección. Por otro lado, los asalariados ´no controlan la intensidad efectiva del trabajo, ésta no está sujeta a contrato.

Se deduce que no existe mercado allí donde la oferta de las capacidades de trabajo y la demanda de trabajo por los empleadores se equilibran. La demanda de trabajo está determinada por la expectativa de la rentabilidad que las empresas sacan del uso de las fuerzas de trabajo, que depende principalmente de las ventas anticipadas de las empresas. El paro involuntario es por tanto la consecuencia de una demanda agregada insuficiente. Una disminución de salarios puede agravar la situación del empleo si el efecto negativo del descenso de la demanda sobre el mercado de productos, debido a la bajada de ingresos, lo carga sobre el efecto positivo del descenso del coste salarial para las empresas.

Michel Aglietta
Michel Aglietta

Si lo hemos seguido en ese razonamiento keynesiano, la cuestión central llega a ser entonces conocer lo que determina las expectativas de las empresas.

Efectivamente. Para entender la importancia de las expectativas es necesario tener presente que la lógica del capitalismo se despliega siempre en el tiempo: esta consiste en comprometer dinero para alquilar fuerzas de trabajo y comprar factores de producción a fin de vender productos que reportarán más dinero que el que ha sido invertido y permitir de esta forma la acumulación.

En la actual forma de capitalismo, dominada por las finanzas, las expectativas de las empresas se encuentran de alguna manera objetivadas en los mercados de activos a través de las cotizaciones de bolsa. Esto no ha sido siempre así. Durante la posguerra, los mercados financieros estaban poco desarrollados y las expectativas se fraguaban a través de negociaciones colectivas: las empresas se comprometían con los sindicatos con el fin de fijar contratos plurianuales de salarios. Al hacer esto, las empresas podían anticipar los ingresos futuros, por tanto las ventas esperadas. Esta forma de mediación social permitía hacer funcionar la economía conectando los salarios con la productividad y ha marcado el gran periodo de crecimiento de la posguerra.

Todo eso desapareció con la crisis inflacionista de los años 70. El capitalismo sufrió una mutación total: la finaciarización de la economía. Esto no concierne solo al sistema financiero; esta lógica penetra en toda la economía, haciendo de la empresa un actor financiero dedicado a la valorización de los ingresos de los accionistas. Los accionistas toman de esta forma el poder, en el sentido de que los incentivos que orientan la evolución de las empresas apuntan hacia el incremento del rendimiento de capital.

Esta evolución se ha traducido en una fuerte alza del coste del capital y, consecuentemente, en una fuerte presión a la baja del coste del trabajo. Para hacer esto, las empresas han transformado su forma de dirigir las mismas (la gobernanza), han reducido las inversiones productivas para recuperar sus acciones de manera que fomenten la rentabilidad financiera, han individualizado los salarios y han destruido las formas de mediación que permitían conectar la evolución de los salarios con la de la productividad: por eso el salario medio no ha progresado en términos reales desde hace ya más de veinte años en los países anglosajones.

Esta evolución de los salarios plantea sin embargo un serio problema de ventas: ¿cómo mantener el consumo cuando la mayoría de los asalariados tienen sus ingresos estancados? La solución vino del endeudamiento. Endeudándose, los hogares compran ellos también activos -principalmente inmobiliarios- que esperan verse revalorizar. Apostando por esta riqueza futura, disminuyen su tasa de ahorro y continúan consumiendo. Es así como el capitalismo financiero penetra en todos los comportamientos: convierte a los asalariados mismos en capitalistas  y hace del endeudamiento el motor de las ventas y, por tanto, del empleo.

Moraleja, para entender la evolución del empleo, no hace falta ver lo que ocurre en el mercado de trabajo sino lo más lejos posible de ese mercado, allá donde se mueve verdaderamente la economía, en el mercado de capital.

Cómo es el impacto de la globalización en este proceso?

La lógica del capital que acabo de describir no está circunscrita al interior de las naciones. La internacionalización de las finanzas comienza en la década de los 80 en los países industriales y se extiende al mundo entero tras el desplome de la URSS. Tiene un centro, los Estados Unidos, que emiten la moneda dominante y que necesitan endeudarse para mantener el pleno empleo.

Frente a ellos, países como China o la India se abren al comercio internacional. De esta forma el mercado de trabajo se expande de forma considerable hacia una masa de de trabajadores pagados con sueldos de subsistencia. Todo ocurre como si las empresas del mundo entero tuvieran la posibilidad de seleccionar la mano de obra sobre una base mucho más extensa. Una bicoca para el capitalismo financiero, que busca el coste de trabajo más bajo posible a fin de satisfacer sus exigencias de rendimiento.

Pero estos países no escenifican ya el juego de la liberalización financiera. China desarrolla una estrategia de industrialización impulsada por las exportaciones, controla su tasa de cambio y utiliza sus excedentes comerciales para comprar títulos americanos y amasar reservas de cambio en dólares. Hay que decir que la sucesión de crisis financieras en los países emergentes desde los años 90 ha mostrado los peligros de la extrema volatilidad de los flujos de capitales. También, tras la crisis asiática de 1997, los países emergentes reaccionaron constituyendo ellos también reservas de cambio a partir de sus excedentes comerciales.

De esta forma la lógica del endeudamiento llegó a ser global en la década del 2000. Por un lado, la economía americana ha funcionado como un pozo de consumo, impulsado por el endeudamiento, y ha acumulado los déficits exteriores; por otro lado, los países emergentes han acumulado los excedentes. La misma lógica se produjo dentro de la zona euro, entre los países deficitarios de la periferia y los del centro, excedentarios.

Pero este proceso es insostenible porque descansa sobre un endeudamiento creciente, fundado a su vez sobre la creencia en una valorización indefinida de los activos. Pues bien, «los árboles no llegan hasta el cielo». Llega siempre un momento en que este crecimiento se revela esencialmente imaginario. La crisis financiera es por tanto endógena: hay un momentum financiero que vuelve.

Obreros
Foto: Jef Safi

Y es el empleo el que se ha visto afectado…

Por supuesto, ya que una masa de  actores se encuentran real o potencialmente insolventes. Cuando todo el mundo necesita desendeudarse al mismo tiempo, nadie gasta y la demanda efectiva se debilita terriblemente. Todo ello crea un clima de pesimismo generalizado y permanente dado que el desendeudamiento es forzosamente prolongado, a la medida de los anteriores excesos. Y así se crea una situación de desempleo masivo.

Solo la demanda pública puede entonces formar un suelo sobre la demanda efectiva para tratar de distribuir el empleo. El problema de la zona euro es de desconocimiento de esta realidad.

Desde 2011, los países europeos persiguen políticas de austeridad en un periodo en que la economía privada no puede generar un nivel de demanda suficiente; no es sorprendente, por lo tanto, que la economía europea haya vuelto a caer en recesión. Alemania escapa a la misma porque no había conocido la burbuja inmobiliaria antes de la crisis y porque exporta bienes de equipo que demandan los países emergentes. Por lo demás, se ha creado un auténtico círculo vicioso: las empresas no invierten, la productividad se estanca, incluso baja. Además, el coste del trabajo es siempre demasiado alto con relación a la productividad, lo que lleva a una mayor austeridad. Cierto, se comienza a salir de la recesión pero hará falta tiempo antes que el empleo le siga: en el mejor de los casos, las empresas van a comenzar por restablecer su rentabilidad, después de cumplir su retraso de inversión. Sólo a partir de entonces comenzarán a contratar.

¿Y todo comenzará como antes?

La cuestión consiste, en efecto, en saber cómo cambiar de régimen de crecimiento para salir de una crisis a la vez financiera, económica, social y ecológica. Pues bien, la recuperación  de la economía americana es la vuelta al pasado: se apoya sobre todo en la» reanimación del endeudamiento inmobiliario y sobre la bajada de los precios de los hidrocarburos, todo ello sobre el fondo de una polarización aún mayor de la riqueza. Los salarios han bajado de forma enorme en relación con los beneficios desde el comienzo de la crisis.

Para no tropezar con la falta de demanda, y, sin embargo, volver a entrar en la deriva del endeudamiento, es absolutamente necesario volver a conectar salario y productividad. Pero ello no se hará a través de la vuelta a anteriores formas de negociación colectiva. Hay que llegar a transformar la gobernanza de las empresas de manera que sus estrategias  no estén marcadas solamente por los mercados bursátiles, sino que tengan en cuenta los intereses de los asalariados, de los territorios, de la sociedad. Introducir más democracia en la empresa forma parte del proceso que dé pie a una nueva forma de regulación.

De manera más amplia, hay que considerar la redefinición de la noción de capital. Hoy, el capital está fuertemente asociado a un derecho de propiedad reconocido, individualizado y negociable. Es necesario poderlo definir de manera mucho más amplia, introduciendo en dicha definición las fuerzas productivas que no son objeto de los derechos de propiedad privada. El capital social total de la nación incorpora los recursos humanos pero también el «capital institucional», es decir, la calidad de las formas de organización y evidentemente el capital natural.

Un cambio de esta categoría en la contabilidad de las empresas y de las naciones descubriría la rentabilidad de las inversiones que hoy día están fuera del ámbito capitalista, al servicio de la calidad de los ecosistemas y de la inclusión social. Ello haría posible una nueva ola de innovaciones ya que ha sido siempre de esta manera que el capitalismo ha salido de una gran crisis.


Michel Aglietta es profesor emérito de ciencias económicas en la Universidad de París X Nanterre. Desempeña también las funciones de consejero científico en el Centro de Estudios Prospectivos y de Informaciones Internacionales (CEPII).

La entrevista apareció originalmente en Alternatives Economiques. Hors-Série,  1º Trimestre 2014.

[Traducción de Javier Aristu]

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