Morir por la patria es bello

Foto Flickr: Fotomovimiento

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Una disciplinada muchedumbre de centenares de miles de personas, sin distinción de clases, rostros radiantes de esperanza, familias enteras ordenadas en filas rojo y gualda, formando una uve y unidas al solo grito de in-de-pen-den-cia liderada por sus legítimas autoridades, es algo que acojona… aunque no sea lo que parece.

Por razones biográficas me reconozco hipersensible al nacionalismo: cuando tenía ocho años en la escuela nos daban un libro de historia cuya portada era “España, ¡que grande eres!” lo que, en el año cincuenta, no parecía evidente. El contenido, tan verificable como la portada, nos contaba tan relevantes acontecimientos como el martirio por los judíos del Santo Niño de La Guardia o la intervención de Santiago Matamoros en la batalla de Clavijo. Parte de la adolescencia en un seminario de los dominicanos (canes del Señor) y cinco años cobijado bajo el lema Todo por la Patria (así, sin matices) hicieron de mí un individuo que, bajo los acordes de “El sitio de Zaragoza” y henchido de amor patrio el corazón, buscaba el imperio hacia Dios.

Afortunadamente malas compañías y buenas lecturas me libraron del desvarío y me hicieron un hombre normal, aunque algo (re)sentido en el tema patrio.

Desde la experiencia de las emociones vividas en un régimen exagerado y la libertad que me otorga la irrelevancia social de mi opinión, paso a plantear algunas obviedades.

 1.- El patriotismo es una emoción. Como el vino, solo es bueno si se consume con moderación.  Pero en estados de adicción, argumentos jurídicos, económicos u otros racionales pueden no funcionar. Así que si un pueblo mayoritariamente quiere independizarse sólo cabe negociar para evitar daños mayores.

 2.- El patriotismo no es espontáneo. En la mayoría de los casos es un sentimiento inducido por unas élites que buscan un beneficio propio. Por ejemplo, ser ministro mola más que consejero.

 3.- Es una construcción histórica. Es decir, algo no natural, sino inventado que nace y muere. Un poco de relativismo sobre el tema es sano.

 4.- En tal invento, la población no ha intervenido en absoluto hasta la aparición del Nacionalismo con las revoluciones del XVIII. A menudo, ni siquiera los constructores de naciones buscaban construirlas. Por ejemplo, los estados modernos aparecen en el Renacimiento como culminación de  un proceso de acumulación de feudos, por rapiña o matrimonio, donde el señor feudal más fuerte termina por llamarse rey, sin que en ningún momento éste tenga intención de formar una patria. La monarquía es el conjunto de tierras con sus habitantes de las que el monarca dispone vendiéndolas o repartiéndolas a su voluntad. Esto vale para Fernando el Católico y Wilfredo el Belloso. La patria reaparece (como sentimiento ya había existido en la época clásica de Grecia y Roma) con la monarquía absoluta. Así que, en vista de los antecedentes, más vale no ponerse místico.

 5.- Aún así,  su carácter mitológico lo convierte en una ficción conveniente (como llamar molt honorable a Pujol o excelentísimo a Rajoy) de cohesión social lo que explica que la historia escolar, incluso en su forma más sutil en las democracias, sea universalmente falsa.

2622721719_69267d2066_oEl relato oficial suele ser la historia de las clases dirigentes. A propósito, los intelectuales de la Ilustración y los viajeros románticos que visitaron España crearon el tópico de que que éramos un gran pueblo dirigido por unas elites corruptas, ignorantes e indolentes. Observación indiscutible en la segunda parte.

 6.- Reconozco la existencia de nacionalismos éticos y legítimos: los que luchan contra una opresión nacional. Es decir, los basados en un sentimiento de solidaridad.

 7.- Todo sentimiento de pertenencia a una nación, nace en pecado original: la relación conflictiva con el Otro. Digámoslo claro: el odio al extranjero es el cemento de la nación. Por supuesto, en ciertas épocas no conflictivas ese sentimiento se sublima tras valores más respetables.

 8.- Mi nación, España, tiene doscientos años de antigüedad, poco menos que Inglaterra o Francia y poco más que las demás europeas. Por razones demográficas, geográficas, económicas y culturales no ha sido ni es una gran potencia y ha contado poco, lo que tiene algunas ventajas como:

  1. a) Aparte de su Guerra de la Independencia y contados episodios coloniales nunca luchó con los vecinos, librándose de catástrofes de estupidez colectiva asesina tan grandes como la I Guerra Mundial, el Holocausto, la bomba atómica, la destrucción sistemática de ciudades, la guerra del Vietnam, etc…

Toda nuestra sangre y energía la hemos gastado en conflictos internos donde se jugaban cosas mas serias.

  1. b) Esta circunstancia nos hace poco competitivos en un campo tan abonado para la estulticia como el nacionalismo, evitándonos la vergüenza de cantar himnos que dicen cosas como Alemania sobre los demás o Inglaterra domina el mundo. No contamos, pero no cantamos.
  1. c) La guerra contra el enemigo externo cementa la unidad nacional y vacuna contra nacionalismos internos. No ser una potencia resultó una bendición que nos permitió la supervivencia de idiomas como el vasco, gallego o catalán.

Francia e Italia impusieron el idioma nacional único con las bayonetas que ensartaban alemanes o austriacos.

Partiendo de los anteriores presupuestos generales que, como toda generalización, se presta a todo tipo de excepciones en su aplicación a casos concretos, opino:

1.- Resulta difícil creer que, en el siglo XXI, el país receptor de emigrantes, Cataluña, esté oprimido por el emisor. Esa no es una afirmación de naturaleza ética, sino etílica.

2.- Las elites separatistas han extendido entre el pueblo llano la idea de que los catalanes, con sus impuestos, están subvencionando a las gentes del Sur que, como todo el mundo sabe, son indolentes, derrochadores y corruptos (y, encima, les roban). A su vez, las elites nacionalistas españolas han extendido la idea de que los catalanes son avaros, despectivos y traidores (¡unos auténticos  judíos!). Para quien crea en el carácter de las naciones son conceptos de fácil comprensión.

3.- Creo que la desafección mutua es tan alta y creciente que, como no se ponga remedio, pronto, en ambas orillas del Ebro, quien “no se defina” se verá marcado primero como tibio y después traidor.

4.- La actual crisis deja en evidencia que la nación es un marco insuficiente para lidiar con los problemas de la globalización. Sin fronteras reales, sin moneda, sin ejercito disuasorio, sin capacidad para mantener un mínimo Estado de Bienestar,  ¿de qué soberanía nacional estamos hablando? Nuestras naciones son construcciones anacrónicas destinadas a desaparecer para fundirse en, otra, Europa. Y en éstas, viene la izquierda independentista y propone otra solución liberal ¡el estado mínimo!

A mí lo que mas me aflige en este conflicto es el hecho irrefutable de que, con la que está cayendo en forma de paro, desahucios, corrupción, recortes sociales, impunidad, precariado, miseria general creciente y enriquecimiento sin precedentes de los mas ricos…, ahora que la sociedad civil se moviliza por la política, el debate nacional haya sustituido al debate social. Ya pasó en Europa en los 30.

Mi otra pena es que en Europa, el nacionalismo ultraderechista avanza viento en popa, a menudo ondeando banderas separatistas. El nacimiento de nuevas naciones es una prueba de la desesperanza en la idea Europa.

¿Dónde está la izquierda? ¿Buscando votos en los caladeros nacionalistas? Supongo que nos dirán que están donde está el pueblo…Si triunfó electoralmente robando a la derecha la ideología liberal, ¿toca ahora disputarles las esencias patrias?

Y digo yo, dado que el debate aún está en la fase de violencia verbal, pero sin que la ultraderecha haya aparecido todavía (situación anómala que se normalizará con la primera hostia), ¿porqué no permitir una consulta que ponga las cosas claras? Eso sí, previo debate en el que se oyeran argumentos contra la independencia, porque hasta ahora solo habla uno y prohíbe el otro. Cualquier resultado desactivaría la nefasta posibilidad de que el nacionalismo, enfermedad altamente contagiosa, nos pusiera al resto de españoles en situación de manifestarnos con nuestros amados lideres a la cabeza. Porque la fanfarria nacionalista es música para infinidad de fanfarrones castellanos.

En serio, ¿alguien puede entender que con el mogollón de crisis social, política, económica, institucional…y aún teniendo en cuenta los agravios centralistas, los ciudadanos se pongan detrás de sus autoridades (que algún grado de culpabilidad tendrán, digo yo) y no con intenciones aviesas, gritando al alimón que los autores son los vecinos? ¿Quien puede dudar de que, en caso de escisión, nuestros ínclitos de ambos lados del Ebro nos impondrían los tradicionales sacrificios que exige la recuperación nacional? ¿He de volver ahora a los hervores patrios y odiar a los catalanes a petición de mi presidente español (porque de que las próximas elecciones las gana el PP no me quedan dudas)?

Como los patriotas, decían los romanos que “morir por la patria es bello”. Vale, que se mueran…pero que antes paguen los impuestos.