La salida del laberinto

Foto Flickr por Tunelko

Por Javier ARISTU

Haría falta, seguramente, cambiar las prioridades y los incentivos no solo de las clases dirigentes sino de la sociedad entera. Una verdadera refundación de mentalidades e instituciones”. Son las palabras con que Jordi Maluquer de Motes cierra su recién salido libro La economía española en perspectiva histórica (Pasado y Presente).

La primera noticia que he tenido del mismo me la dio el amigo López Bulla que en su blog hablaba de dicho título como algo indispensable en estos tiempos que corren. Luego he leído la reseña que el profesor Josep Fontana ha publicado en El Periódico el pasado 16 de septiembre, donde nos dice que ofrece una visión innovadora de la historia económica de la España contemporánea, basada en un enfoque distinto al convencional, «en la medida en que concede una gran importancia a la historia política y social». Corrí inmediatamente a comprarlo.

maluquerHe comenzado a leerlo y lo he hecho como se hace con algunos libros que te interesan, en principio, mucho: he ojeado atentamente la introducción y el epílogo, el principio y el final. Confío en continuar la lectura del núcleo del libro en los próximos días. De entrada puedo decir que, escrito con una enorme y sorprendente claridad para un economista, el profesor Maluquer nos aporta con su escrito una panoplia de reflexiones e ideas que tenemos que agradecer en estos tiempos de profundo desconcierto y derivas precipitadas. Me detengo en su epílogo titulado, no por casualidad, La salida del laberinto, y lo resumo en breves líneas porque me da el pálpito de que dice cosas a las que no estamos muy acostumbrados a oír dado el tumulto y alboroto de la actual política.

La depresión que comenzó en 2007 es la más grave de la historia de la España contemporánea en un periodo de paz. No estamos, pues, ante una clásica crisis cíclica, un periodo breve del que saldremos “porque sí, porque de todo se sale”. Nos enfrentamos a uno de esos momentos que los historiadores futuros clasificarán como decisivos, trascendentes, definitivos para entender nuestra historia y donde la reacción que los grupos dirigentes, y la sociedad en general, ponen en marcha será igual de decisiva para situarnos en el futuro de una manera o de otra.

La crisis financiera mundial no hizo otra cosa que revelar y agudizar los graves problemas que la economía española ya estaba atravesando y poner de manifiesto la insostenibilidad del modelo de crecimiento en que se había apoyado en la etapa anterior. Es decir, que no debemos mirar todos los pecados en Nueva York, en Frankfurt o en Londres. Algo de no veniales tienen los nuestros cometidos en Madrid, en Barcelona, en Bilbao, en Sevilla. Nuestro modelo de crecimiento, el forjado, diseñado y desarrollado a través de los diversos gobiernos de González, Aznar y Zapatero —dejemos en este momento tranquilo a Rajoy— tenía los elementos concentrados para que, al llegar una crisis mundial financiera como la de 2008, saltara por los aires de forma más estruendosa que ningún otro modelo.

¿Cuáles han sido los defectos nucleares, las causas inmanentes de dicho modelo? Citemos tres: la Administración pública emprendió multitud de actuaciones sin controlar costes y rentabilidad futura (que cada uno ponga nombres, provincia y capital a esas actuaciones); una financiación cuasi ilimitada (privada) facilitó excesos de gasto desaforados, ante la complacencia de las instituciones, los medios de comunicación y la práctica totalidad de los expertos; la enorme burbuja inmobiliaria debido a diversos y variados factores (pág. 607). De aquí, ante el impacto del golpe que viene de Nueva York en 2008, se derivan las consecuencias en políticas públicas que hoy todavía estamos pagando y sufriendo. Citemos solo algunas: insolvencia del sector público, recortes cuantiosos de la financiación pública, paro formidable, empobrecimiento general y aumento de la desigualdad, colapso de las políticas sociales. La pobreza y la desigualdad como seña del país.

¿A dónde nos ha llevado todo este programa de adelgazamiento público y privado? El profesor Maluquer se refiere a algunas consecuencias de tipo social y político con las que tendremos que estar de acuerdo, por obvias: se ha dinamitado la confianza de los ciudadanos en los poderes públicos y en el papel del Estado, ha habido divergencias políticas y rupturas de muy difícil o tal vez imposible reparación. El autor nos dice que «quedan pocas dudas de que la catástrofe no se habrá limitado a la esfera de la economía sino que afectará profundamente al marco institucional, las relaciones interterritoriales, las actitudes colectivas, las formas de vida e, incluso, las mentalidades». Más adelante nos avisa: «No parece sencillo, ni cercano, llegar a construir un nuevo modelo de crecimiento sólido y competitivo». Y nos advierte de que lo más importante ahora es tratar de «sacar las lecciones más claras de los errores cometidos» superando los modelos económicos y sociales que nos han llevado a esta catástrofe guiados fundamentalmente por «la búsqueda de ventajas a corto plazo»; habrá que virar hacia un modelo «capaz de reforzar la iniciativa individual, la capacidad de emprender, la economía productiva y la competitividad».

Como vemos, el profesor Maluquer no dice en este epílogo cosas extraordinarias que no hayamos leído en otras firmas y responsables sociales; ocurre que, posiblemente, las dice con la certeza del científico, apoyado en las bases de datos y estadísticas que aporta la ciencia económica. La historia social y económica de este país en los últimos años ha sido, en cierta medida, un desastre, un despropósito. Se trata por tanto de reconducir y girar la dirección del proceso. Y no parece que eso se esté haciendo desde los grupos dirigentes y de liderazgo del país; al contrario, lo que se está haciendo es posiblemente ahondar en las consecuencias deprimentes para la mayoría social buscando exclusivamente el beneficio y provecho privado de unos pocos (esto lo digo yo).

Terminaría con un comentario de mi morral: o las izquierdas social y política españolas (y europeas en general, añado) se ponen las pilas o pueden ser,  si no destruidas,  sí desbordadas por esta destrucción/construcción en marcha. Ponerse las pilas significa básicamente dos cosas: 1) asumir que el proceso es de cambio de paradigma, de sustitución de gran parte de nuestros parámetros de teoría y práctica social por una nueva manera de pensar el proceso social. Estamos ante una revolución industrial y productiva global con consecuencias sociales históricas, de largo plazo. 2) por ello, habrá que construir un programa de cambio social acorde con dicha perspectiva donde bastantes de las clásicas demandas y expectativas relacionadas con el empleo, modelos de trabajo, relación público/privado y configuración de los agentes sociales del cambio son ya distintos a hace 30 años.

¿Significa esto borrar el pasado y liquidarlo? Todo lo contrario, significa facilitar que la savia que hizo posible en el pasado que los trabajadores y los sectores sociales subalternos intervinieran efectivamente en los procesos de cambio económicos y tecnológicos sea renovada y refrescada con la nueva de las actuales capas sociales que poco tienen que ver con sus antecesoras pero que, igual que ellas, desean alcanzar horizontes de justicia, bienestar e igualdad. Me da que todo esto va a durar su tiempo, que no estamos ante procesos que se vayan a solucionar en las elecciones de 2015 ni de 2016 y dudo que los actuales protagonistas y dirigentes de la política española (de izquierda y de derecha, de la vieja y de la joven) vayan a ver el final de la película. Queda bastante rollo.

 

 

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