Participación política e Internet

Por Nadia URBINATI

En la edad de la representación, los partidos políticos han puesto en contacto a los ciudadanos entre ellos y después a los ciudadanos con el estado; han resuelto con la presencia directa de alguno la distancia física y la ausencia de la gran mayoría de los centros y del ejercicio del poder. Han estabilizado ese contacto por medio de ideas, es más,  han construido verdaderos relatos sobre la situación de la sociedad y sobre las perspectivas futuras que han unido a muchos ciudadanos en torno a  algo, por ejemplo en torno a las creencias; han unido y dividido intereses; han dado voz a demandas; han hecho de la arena política un sucedáneo de la lucha violenta, transformando las armas ofensivas en palabras y concepciones del mundo, al fin y al cabo, en votos. Los partidos políticos han funcionado como mediadores pero también como constructores de la dialéctica política sobre la que se basa la competencia electoral. Los pocos (afiliados y dirigentes de esos partidos) han dado voz a muchos, por lo menos a aquellos que se identificaban en parte o completamente con las ideas y propuestas que aquellos representaban. Los partidos han unido y hecho frente a la imposibilidad de la presencia directa. Con el tiempo han transformado el servicio público de la representación en un verdadero oficio.

La política como profesión no ha sido una desviación o una degeneración, como han sostenido los críticos de la democracia de partidos, sobre todo a partir de los elitistas, como Mosca, Michels y Pareto, sino una consecuencia previsible en un mundo en el que la división del trabajo ha sido la estrategia que la economía ha ofrecido a la política para resolver los problemas de la comunicación en diferido, para recortar las distancias del espacio y simplificar la oferta en un mercado populoso y variado

La fisicidad de la presencia en la política ha sido durante siglos un obstáculo insuperable que el método de la división del trabajo (unos actúan por los otros), por un lado, y la introducción de la moneda de valoración (el voto), por el otro, han tratado de resolver. Hoy este escenario parece destinado a cambiar gracias a la difusión del uso de Internet.

  La revolución informática promete resolver el problema fundamental de la presencia física aun sin resolver la brecha de la fisicidad (y de la voz). No es ya necesario mover el propio cuerpo para estar presente directamente con voz propia. Las ideas se hacen fisicidad. Todos pueden estar en conexión con el mundo público y con los otros ciudadanos sin tener que servirse de mediadores y, sobre todo, sin estar obligados a apartarse de la actividad  de trabajo. Pueden, en fin, hacerlo sin tener que situarse dentro de relatos que se despliegan en una temporalidad tridimensional, para los que las ideas toman justificación del pasado por lo que interpretan del presente y proponen para el futuro. La narrativa de Internet se hace de una cascada de instantes u opiniones y de solicitudes que actúan en el presente y no conservan memoria o la conservan durante un tiempo que es el del pasado inmediato. Los actores sienten que pueden interactuar con todos sin tener como punto de referencia una unidad ideológica o interpretativa. La línea divisoria entre ellos se mide por las opiniones que se aceptan o rechazan, raramente por las razones que se aportan. Esta disociación de la voz de la narrativa es el aspecto más significativo de la democracia en directo. Incluso está más preñada de consecuencias para la política que la misma disociación entre fisicidad y voz, como se ve con el Movimiento 5 Estrellas que, no por casualidad, llama a sus seguidores “ciudadanos”, evitando cualquier apelativo colectivo, como, precisamente, “pueblo” o “partido”.

La democracia en directo a través de la red (la web) ha puesto en marcha la siguiente novedad: ha dado la impresión de que se puede utilizar la representación sin utilizar a los partidos y que haciendo esto se podría realizar la promesa de la democracia directa sin tener que sentar a todos los ciudadanos en asamblea. Eliminando así ese cuerpo intermedio que había hecho posible la designación, el control y la forma de la representación y que se había expandido a expensas de los ciudadanos y de las mismas instituciones, hasta conquistar su propio poder, autónomo de la voluntad de los electores, gravando enormemente sobre la legitimidad del estado democrático y sobre todo creando las condiciones para una penetración sistemática de los intereses en los órganos del estado, con efectos perjudiciales en términos de corrupción y de manipulación de las instituciones.

De cuerpo intermedio, el partido político –lo hemos constatado en estos últimos años esparcidos de historias de escándalos y de apropiaciones indebidas de fondos públicos por parte de sus miembros y de sus representantes en los órganos políticos locales y nacionales–  se ha convertido poco a poco en un  cuerpo autónomo más que de intermediación. Como cuerpo intermedio se había encargado de permitir la gestión de la máquina del estado, de formar una clase política diseminándola por el territorio nacional, seleccionando las candidaturas y, finalmente, controlando a los electos. El partido de masas de la democracia de postguerra era una palestra y una escuela de ciudadanía y de funciones públicas. Con el tiempo se ha transformado en organización que ha creado un poder autónomo y sobre todo ha dispensado privilegios económicos y de reconocimiento a sus adeptos, violando la regla que lo legitimaba: intermediar en la participación de los ciudadanos de modo que así la voz de estos fuera vehiculada de la sociedad al estado y que ellos mismos se convirtieran, si lo quisieran, en administradores de la cosa pública. El partido ha sustituido a los ciudadanos.

 La democracia de partidos se ha convertido en una forma oligárquica de sustitución de los fines por el medio. De medio, el partido ha pasado a ser  un recurso de poder para los cooptados. De una democracia de la intermediación hemos pasado así  a una democracia poseída, secuestrada por quien estaba delegado para permitir la intermediación: la democracia a través de los partidos ha dejado el puesto a una democracia poseída por ( o de) los partidos. Se ha tratado de un verdadero y preciso deslizamiento oligárquico, por añadidura costosísimo para los ciudadanos y sin capacidades internas de autocorrección y regeneración. Con la web, muchos ciudadanos, y desde luego los que se reconocen solo en los movimientos en la red, creen que a través de esta forma consiguen superar esta deriva oligárquica de los cuerpos intermedios y piensan que se hacen de nuevo dueños de la política.

 (Resumen y adaptación del capítulo VII de su libro La democrazia in diretta. Traducción de Javier Aristu. En un próximo futuro lo editaremos en formato e-book)