Agravios y proyecto social andaluz

Palacio de SanTelmo, Sevilla. Foto flick de José Manuel Calvo

Por Javier ARISTU

Esta legislatura andaluza no pasará a la historia de las grandes gestiones parlamentarias. Las condiciones fiscales, económicas y “biopolíticas” en las que se ha desarrollado a lo mejor no daban posibilidades de grandes alharacas. Sin embargo, es indudable que esta legislatura 2012-hasta donde llegue marcará un antes y un después de la historia política andaluza. Me atrevo a pensar que las condiciones en que se va a desarrollar el próximo periodo de actividad política, cuando toque el clarín de las elecciones autonómicas, será sensiblemente diferente al que estamos viviendo desde hace dos años y medio. No sé qué partido ganará las elecciones, en qué situación quedará el PSOE tras el cambio de liderazgo, de generación política y de ciertas actitudes ante el fenómeno de la corrupción (no pienso que Susana Díaz haya impreso cambios profundos tanto en ideas como en proyectos de largo alcance). No atisbo a calcular la situación en que quedaría IU, caso de que se presentara en solitario a las lecciones, tras la aparición de Podemos y los nuevos fenómenos electorales locales. Ni siquiera me atrevo a calcular la fuerza y la presencia parlamentaria que podrá tener ese conjunto extraño y foráneo a nuestro actual sistema político-institucional que es Podemos, aunque cualquiera puede pensar que no será intranscendente. De la misma forma, no sé cómo afectarán estos años de gestión de Rajoy, y de crisis de los fundamentos sociales, económicos y políticos de nuestra convivencia, en los resultados de un PP liderados por un desconocido Moreno que no termina de encontrar un camino claro y positivo en ese liderazgo andaluz.

En definitiva, nadie apostaría a lo que va a pasar dentro de unos meses. Tan abierta es la perspectiva .

Pero todo ello no quita para que haya que pensar y reflexionar sobre los asuntos que de verdad nos interesan. Tras los titulares con los que desde hace años nos vienen bombardeando prensa y jueces, hay asuntos que son de verdad los decisivos, los que explican esos titulares de los que todo el mundo hablamos en nuestras conversaciones. Es evidente que la corrupción a partir de fondos públicos es cuestión a la que habrá que poner remedio; nadie duda, ni hay por qué dudar, que la gestión socialista de las últimas décadas, más allá de los resultados finales con que desde el punto de vista penal se cierren, ha estado marcada en ciertas áreas de la gestión por ese fenómeno llamado corrupción, para el cual es necesaria la colaboración de otros agentes sociales entre los que el empresario inmoral no debe faltar. A veces, incluso también sindicalistas sin ética de conducta.

Pero tras ese fenómeno de corrupción —fenómeno, hay que decirlo claro, que es general y universal en toda sociedad política, lo que ocurre es que en las sociedades democráticas ese fenómeno se conoce, mientras que en las autoritarias se oculta— se configura un sistema de sociedad y de política que es el que debemos cambiar si queremos de verdad disminuir (creo que nunca se eliminará del todo y al que eso prometa habrá que llamarle “demagogo”)  el impacto de la corrupción. Tal sistema incluye, entre otras formas, la manera de organizar la producción social; la relación economía-política —es decir, empresa y subvenciones de lo público—; la configuración institucional de las diversas organizaciones que actúan en dicha actividad social (empresas y sindicatos especialmente), la relación del poder institucional con los medios de comunicación, los públicos y los privados; la manera de seleccionar y promocionar los cuadros políticos e institucionales que nos dirigen; la financiación de las actividades políticas, empresariales y sindicales. Dicho todo lo anterior de manera sucinta, claro. De ello se deduce que nuestro sistema social y político andaluz necesita profundas, importantes y audaces reformas que van más allá de los simples relevos de liderazgo, de los cambios de caras o de discursos más rejuvenecedores. Lo que han manifestado estos años, al calor de la histórica crisis social y económica por la que estamos pasando, ha sido la crisis del modelo socio-institucional sobre el que se asentó la hegemonía del PSOE. No llego a decir —como expresan o desean algunos comentaristas y políticos, sujetos a las prisas de lo más reciente— que ese partido vaya a ser marginal o intranscendente en el próximo futuro; no lo creo. Pero de lo que sí estoy seguro es de que su modelo de gestión de Andalucía ha entrado en crisis definitiva y que, por tanto, habrá que recomponer uno nuevo. En el habla de los andaluces se expresa de forma clarísima lo que quiero decir: lo que necesitamos es un meneo, no un simple meneíto. Me parece, por tanto, que eso no se arregla simplemente levantando a la sociedad andaluza contra “el castigo que Rajoy da al pueblo andaluz” (véase la crónica de Luis Barbero en El País de hoy mismo). Sobre todo y ante todo: hay que mirar dentro de la comunidad y afrontar el nuevo ciclo histórico desde nuestras propias limitaciones y recursos; sin provincianismos -nunca mejor dicho-  ni aislamientos, pero poniendo en funcionamiento los clásicos aliados que en el pasado funcionaron y las nuevas capas sociales que poco tienen que ver con la actual Andalucía.

En este blog hemos ido expresando de manera continua cuáles podrían ser los elementos que podrían ayudar a sacarnos de este momento crucial en el que estamos los andaluces. Son elementos, repito, que van más allá de la política, más allá de las elecciones, más allá de las respuestas que puedan dar los partidos. Estamos hablando de procesos de cambios y reformas en los que la sociedad más activa y dinámica de Andalucía debe tomar parte, debe comprometerse. Hay que plantear y luchar por otra Andalucía. Subrayo de momento uno de esos componentes que pueden ayudarnos a prefigurar otro modelo social, político e institucional para los próximos años.

No hay modelos productivos nuevos sin modelos sociales nuevos. Me refiero a que plantear la cantinela de “construir un nuevo modelo productivo andaluz” sin hablar con qué modelo social se va construir es hablar de pura teoría académica. Hay sectores del antiguo modelo agrario-industrial-terciario que es obvio que nunca más van a  recuperar su presencia en la sociedad de nuestros hijos y nietos. En mi juventud y primeros años de vida laboral recuerdo cuando todavía se recogía el algodón a mano y el problema número uno era conseguir el máximo de peonadas en esa campaña. Hoy, a nadie se le ocurriría plantear esa reivindicación: la mecanización global de la agricultura andaluza ha implantado un nuevo paradigma en la acción social y sindical. Y todo ello —mecanización, apertura de mercados, Europa, incorporación de trabajo intelectual y nuevas tecnologías— ha cambiado el universo social y cultural de nuestros pueblos agrícolas. Solo con mirar la evolución del voto en esos lugares durante los últimos veinte años nos podemos dar cuenta cómo han cambiado los comportamientos culturales a consecuencia de esos cambios técnicos. Igual podríamos decir de la industria: hace ya mucho tiempo que están obsoletos o desaparecidos los viejos modelos de concentración industrial tipo fordista (astilleros, siderurgia, automóvil, salvo excepciones). Habrá que ir, se ha dicho ya tantas veces, a nuevos modelos más flexibles, adaptables y donde el factor tecnológico y de fuerza intelectual de trabajo (batas blancas) debe ser mucho mayor que el simplemente de mano de obra clásica (mono azul).

El error hasta ahora ha ido de la mano de pretender implantar nuevos sistemas productivos exclusivamente a partir del argumento, ya cansino, de “los emprendedores”. Parece como si la simple presencia de esta nueva fauna social llamada “emprendedor” (¿por qué no empresario de nuevo tipo?) fuera a ser la solución para crear empresas “high-tech”, de alto valor añadido, cuando, la verdad sea dicha, el “nuevo emprendedor” tiene su caldo de cultivo en la hostelería de “la nueva tapa”. Si a la reflexión sobre el papel del “emprendedor” no le acompañamos otra sobre el “nuevo trabajo” necesario para alcanzar esos objetivos el proyecto es irrealizable. Lo que ocurre es que pasamos por una revolución cultural de la derecha que nos transmite que “el que crea empleo es el empresario”, no la sociedad. El factor empresario se ha convertido para algunos en la única pata capaz de sostener el tinglado social. Podemos poner el ejemplo reciente de los fallecimientos de un conocidísimo banquero y un muy importante empresario español: ¿no han sido próceres de la patria? ¿No han sido ellos solos quienes han generado tanto empleo y tanta riqueza al país? Ningún comentarista ha hecho referencia a que esa empresa y ese banco tienen detrás miles de personas que trabajan y con cuyo excedente de productividad ellos han amasado las fortunas de sus consejos de administración. Aceptemos el modelo, de acuerdo, pero no nos tomen por tontos o incautos súbditos.

Se trata en consecuencia de replantear un nuevo pacto social, que es a la vez un pacto de agentes sociales directos como de las instituciones andaluzas con toda la sociedad andaluza, a fin de conseguir lo que podríamos llamar una nueva comunidad social del bienestar (me parece más acertado que estado del bienestar) que solo puede estar basada en una nueva, innovadora y más equilibrada forma de producir bienes y servicios. ¿Hay que reformar este actual Estado social? Sin duda, pero no en la línea del PP (recortes financieros y privatización de servicios) sino en la de la creación de una nueva “sociedad solidaria de las oportunidades” (Trentin), que supere la gestión burocrática y privatizadora presente en casi todas partes. Todo ello implicaría medidas a largo plazo entre las que destaco la reforma de los modelos de gestión del bienestar, tendiendo a una mayor presencia social de la comunidad en los instrumentos de ese bienestar, a una nueva relación entre servicio público y comunidad ciudadana que vaya en la línea de desburocratizar el primero y, especialmente, a un replanteamiento general y profundo de la formación, tanto como valor para hacer ciudadanos como instrumento para cualificar en el empleo. Se trataría de un desafío general a toda la sociedad, a empresa y a trabajadores, a la Comunidad como Estado y a los ciudadanos, a organizaciones empresariales y sindicatos, a políticos y a la ciudadanía en general.

 El asunto da para mucho más pero el espacio y la paciencia del lector son limitados. Seguiremos.

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