Ara és l´hora (Ahora es la hora)

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me ha cogido la Diada en Barcelona. No he querido, por supuesto, vestido de rojo o amarillo,  ser un soldado más de las disciplinadas escuadras que han formado  la V de la Victoria por la Diagonal y la Gran Vía. Desarmado el ejército rojo, el federal, de izquierdas, de  la Barcelona abierta y humanista que yo conocí, las tropas nacionales parecen haber alcanzado los últimos objetivos …

Viendo los lemas de la manifestación, hay uno que me gustaría comentar:  “Ara és l´hora”. “Ara” porque coincide con el trescientos aniversario de la rendición de la ciudad de Barcelona (no de Cataluña en su conjunto) en 1714 a las fuerzas borbónicas -es decir, a los intereses franceses- en la guerra de sucesión. Ahora porque, repiten de carrerilla varios millones de telespectadores de TV3, la independencia será bien la solución de todos los males, bien la  manera más eficiente de pasar página a la España casposa de Rajoy, Aguirre, Gallardón, Montoro, Rouco, etc., bien una opción para que, fragmentando el territorio, el ámbito de decisión política, sea más fácil el cambio revolucionario.  

Sin embargo, por mucho que me lo quieran vestir de clamor popular, de innegable “derecho a decidir”, lo que se está dirimiendo “ara” es la suerte futura del capitalismo catalán (un capitalismo con componentes distintos a los del capitalismo “a la gürtel” madrileño o  a los del   “low cost” andaluz), y hay que reconocer que los “intelectuales orgánicos” de ese capitalismo han vuelto a tener, como en tantas ocasiones antes, al “pueblo” de su lado.

En la historia del capitalismo catalán ha habido muchos momentos críticos. Para defenderse de los carlistas y de los republicanos federales, el “pueblo” catalán fue isabelino borbón a mediados del siglo XIX; durante la Restauración, con otro borbón, la riqueza del principado se engrandeció echando mano de un nacionalismo bipolar: la nación como objetivo político en el territorio de Cataluña y la nación como mercado en el conjunto de España.   Era la época de la Lliga de Cambó en la que Cataluña pesaba en el Estado; es más, controlaba el Estado español. En ese contexto, el general  Martinez Anido ejerció de mamporrero entre 1919-1922 contra los trabajadores, al servicio de la burguesía del Eixample.  A Franco, el “pueblo” barcelonés le formó otra V de pañuelos blancos en 1939. En los sesenta,  volviendo del revés una reciente ocurrencia de Rajoy, Cataluña vivió con corazón andaluz. Desde la transición, los directivos del Fomento Nacional han copado los puestos directivos de la CEOE, etc.

Algo distinto ha ocurrido desde hace unas décadas para acá. “Ara” ni las muletas políticas que usó ese capitalismo existen, ni Cataluña tiene ya Estado que ocupar como antes -el poder es ahora transnacional y financiero-, ni el mercado español o “nacional” es ya suficiente para un capitalismo con destino en lo universal. España es más bien un estorbo.  En mercados globales, sin muletas, “ara” hay que competir sin fronteras, y para eso hay que ir reforzando y haciendo nacionales las estrategias adecuadas;  una es tratar de reducir costes,  revolviendo a un “pueblo” que cuenta en céntimos contra la solidaridad interregional -España nos roba-; otra es   acumular capital social para legitimar y concitar voluntades en torno a su nuevo proyecto. El tercer objetivo en tiempos de recortes y competitividad global es  segmentar los daños colaterales, fragmentando la población entre los cuatribarrados y la gente corriente, dividiendo al enemigo potencial. Al fin y al cabo, los nacionalismos no son sino una estrategia, aunque inútil, para desviar la atención de los problemas implícitos a cualquier tipo de capitalismo.