Una sardana en la azotea

Foto: Iñaki Calvo

Por Javier ARISTU

(El amigo López Bulla me incitaba a continuar tirando pelotas en campo abierto. Tras la pausa veraniega -larga, seguramente- seguimos lanzando bolas. A él va dedicada esta entrada con el propósito de volver a visitarle en su Pineda de Marx)

Razones familiares me han traído a Barcelona estas dos últimas semanas. He paseado por las calles de Barcelona, he gastado tiempo en bares y tabernas como las de antes –que todavía quedan-, he observado y escuchado a la gente por la calle y he leído algunas cosas sobre lo que está ocurriendo en esta tierra en relación con su futuro. He visto esta misma tarde, sobre una azotea de una casa del barrio de Gracia, a un grupo de jóvenes ensayando una sardana; imagino que preparando el 11 de septiembre. No voy a hablar de este proceso político que está provocando ríos de tinta. No me considero con la suficiente capacidad como para opinar, ni quince días viviendo en Barcelona me autorizan a escribir sobre los catalanes. Por eso recurro a un brillante artículo que acabo de leer. Es de Marina Subirats y se titula: Una utopía disponible.La Catalunya independiente. Ha sido publicado en el número 6 de la revista La Maleta de Port Bou. Un resumen de sus ideas se pueden leer también en la entrevista que ha concedido a El Diario.es [Leer entrevista] Marina Subirats es una conocida socióloga y ha formado parte de lo que llamábamos entonces “las fuerzas de la cultura”, es decir, los intelectuales aliados del movimiento obrero catalán y español. Lo que viene a continuación es mi lectura de su artículo. Que me perdone ella si no he captado bien lo que pretende decirnos.

 Una tesis central: dada la incapacidad de la izquierda cultural, social y política catalana (y española, digo yo) para construir un proyecto de mayoría que dé respuesta y alternativa a la profunda crisis de esta fase del modelo económico y social vigente, el proyecto independentista ha ocupado ese espacio y se ha convertido en estos momentos en la “síntesis perfecta” capaz de arrastrar a una parte muy considerable de la sociedad catalana. La imposibilidad de que la izquierda –española y catalana- haya podido liderar, como sí lo hizo en el pasado, en las postrimerías del franquismo, este proyecto que debiera ir más allá de una simple alternativa de gobierno, ha hecho que sean la derecha y el populismo catalanista los que se pongan al frente de la marea del descontento social y lo canalicen hacia la opción independentista. Se pregunta la socióloga: “¿Por qué un proyecto de esta naturaleza arraiga ahora? Por qué un proyecto que tiene una base cultural o territorial y no un proyecto de la izquierda, aparentemente mucho más acorde con el tipo de crisis que vivimos?” La respuesta está, según Subirats, en la evolución que se ha producido en el interior de las clases sociales desde los años 80 del pasado siglo y en la paralela evolución de los aparatos de clase y las ideologías políticas. Yo añadiría la base de lo anterior: el cambio del modelo productivo industrial fordista, hegemónico desde los años 60 en España -y especialmente en Cataluña-, hacia un nuevo sistema basado en las tecnologías de la información y en la globalización y dispersión de los procesos antes centralizados territorialmente. Aquel anterior modo de producción había dado como resultado una serie de fenómenos que marcaron la historia de Cataluña a finales del siglo XX. El más significativo, el nacimiento de una nueva clase obrera, proveniente en su mayoría de procesos de inmigración meridional y del campo, no contaminada con esquematismos y paradigmas de la primera mitrad del siglo XX, cuya toma de conciencia de clase se produce en la práctica diaria de unos centros de trabajo donde la demanda salarial, la reivindicación sobre aspectos de la organización del proceso productivo y la alternativa política van a la par. Segundo, una alianza de esta clase social con la mediana y urbana burguesía catalana que a través de la universidad y de los proyectos culturales es capaz de sintetizar la vieja demanda catalanista con las nuevas instancias de democratización y universalización de derechos; junto a esto se produce el extraordinario fenómeno de un mediano y pequeño empresariado catalán capaz de establecer acuerdos y plataformas comunes con aquella clase obrera, que es su antagónica en el centro de trabajo pero con la que puede a la vez establecer un amplio acuerdo para construir, como nos dice la autora, una Cataluña “moderna, secularizada y tecnológica”. Este es el gran pacto que hizo posible la historia de Cataluña de estos últimos treinta años, posiblemente sus mejores años en cuanto a desarrollo global social. Subirats alude a los índices en sanidad, educación, transportes, pensiones; los barrios de las grandes urbes catalanas –donde vive la gran mayoría de los catalanes- se beneficiaron de un intenso proceso de regeneración y rehabilitación impresionante: los que recuerden las condiciones de habitabilidad de aquellas colmenas humanas en los años setenta sabrán reconocer los cambios. Hoy este paisaje social está roto, dinamitado, en ruinas. A lo largo de estas tres décadas se ha ido viendo cómo a la vez que se renovaba o desaparecía el aparato productivo de la industria catalana, para ser absorbido-abducido-liquidado por otras empresas multinacionales o por capitales financieros no productivos, iban desapareciendo a su vez algunos de los  protagonistas de aquel modelo (PSUC como icono, organizaciones sociales y vecinales, propuestas y plataformas culturales progresistas), otros iban dejándose querer por la ideología de la derecha catalanista hasta que ésta no ha necesitado ya ningún pacto con sus antagonistas históricos y ha decidido marcar ya en solitario la agenda del nuevo “arco de la alianza”: amb el poble català, sin interferencias de otros sujetos sociales o políticos ni acuerdos orgánicos al viejo estilo. Pueblo, pueblo, y solo pueblo.

Y aquí entra la nueva contradicción, según Subirats. No son precisamente “els de sempre” los que están hegemonizando el proceso independentista. Al contrario, “los de siempre” se enfrentan claramente a esta dinámica soberanista e independentista porque ellos, los catalanes de toda la vida, los de los ocho apellidos catalanes, que basaron sus patrimonios en la explotación de los obreros del textil, de la Maquinista, de las empresas del Vallés o del Baix Llobregat, y que establecieron sin problemas un pacto con el viejo poder de Madrid, hoy ya no tienen sus patrimonios en Cataluña; los han diversificado, transformado, reconvertido en patrimonios financieros mundiales. Es “la nueva clase corporativa transnacional, cada vez más ajena a los vínculos territoriales”, que habla más inglés que catalán, la que controla los mecanismos de acumulación de capital, la que está integrada en los circuitos globales y pasa ya de cualquier broma llamada “capitalismo catalán”. Frente a ellos ha surgido un nuevo grupo social: “es la clase que ocupa la administración pública, la que gestiona los asuntos y el dinero públicos. La que de ningún modo está interesada en volver a las etapas de centralización administrativa [llámese Madrid], que supondría perder esta posibilidad. Se trata de una clase joven, educada, mayoritariamente de origen catalán, en expansión, que de pronto choca con la realidad de la falta de puestos de trabajo y la frustración de sus grandes expectativas, creadas precisamente en la etapa de crecimiento económico”. Este conjunto social es, nos asegura Subirats, el motor político del nuevo proyecto independentista. De este modo asistimos no precisamente a una agudización de la lucha de clases –como la ortodoxia histórica nos debería hacer pensar- entre capital y trabajo sino a una recolocación dentro del bloque de poder: ante el absoluto control de los circuitos del capitalismo que un sector de la burguesía catalana (y española) tiene, otro nuevo segmento de la burguesía forjada al calor de la Catalunya autonómica quiere su lugar al sol; y ese lugar piensa que solo lo tendrá en una Cataluña independiente.

Y, mientras, la izquierda y la base que debería representar se va diluyendo, poco a poco pero de forma imparable, en ese proyecto utópico. Antes escuchábamos lo de una Catalunya popular y entendíamos que tras esa frase residía un proyecto social y político de envergadura: construir una sociedad más justa, más equilibrada, plural y más democrática. Hoy, la izquierda heredera de aquellos partidos va al pairo de la derecha independentista, o mejor, simplemente rentista y clientelar. ¿Cómo acusar al ciudadano de Cataluña, que antes votó al PSUC o al PSC de que hoy vote a ERC? ¿Ha sido capaz esa izquierda de crear ese proyecto utópico que atraiga a la Catalunya de antes y a la surgida al calor de la crisis? Cuando lo tenga, que avise. Mientras tanto, Eduardo Mendoza podría pensar en escribir la tercera novela tras el Savolta y el Onofre Bouvila…materia hay.

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