Miseria y grandeza del Estado social

Foto Flickr por Nukamari

Por Alain SUPIOT

La Fundación 1 de Mayo acaba de publicar el discurso que Alain Supiot dio en noviembre de 2012 para celebrar su entrada como profesor en el Collège de France, prestigiosa institución académica francesa, con notable presencia de investigadores sociales. Con el título de Grandeza y miseria del Estado social, Alain Supiot desarrolla una exposición acerca de la situación actual del mismo, tras la crisis industrial de los años 70 del pasado siglo y en pleno caos financiero, analizando sus causas y abriendo vías y perspectivas muy interesantes de las nuevas formas de solidaridad. Recomendamos la lectura del texto completo en el sitio de la Fundación [DESCARGAR] La traducción ha sido realizada por Pedro Jiménez Manzorro y Javier Aristu Mondragón.  Mientras, ofrecemos un breve extracto del mismo.

 

Solidaridad en su sentido más amplio designa eso que solidifica a un grupo humano, sin prejuzgar la naturaleza y la composición del aglutinante que mantiene juntos a los miembros de ese grupo. Tiene así una generalidad y una neutralidad que no poseen ni la noción de caridad (y menos aún su avatar contemporáneo: el cuidado, care), ni  la de fraternidad (que reclama un ancestro mítico). Esta es la razón por la que el concepto de solidaridad, a pesar de un empleo delicado, conserva un gran valor heurístico para estudiar la condición del Estado social en el contexto de lo que, con un término tan impreciso como omnipresente, se llama globalización.

Este nuevo contexto internacional es indudablemente la causa más evidente de la desestabilización del Estado social, aunque no sea la única. El término globalización mantiene sin embargo la confusión entre dos tipos de fenómenos que en la práctica se conjugan, pero son de naturaleza diferente  Por una parte los fenómenos estructurales, como la abolición de las distancias físicas en la circulación de los signos entre los hombres, o su común exposición a los riesgos sanitarios o ecológicos engendrados por el desarrollo técnico. Estos fenómenos son irreversibles y deben ser concebidos como tales en su impacto sobre las transformaciones en el trabajo y en los vínculos sociales. Por otra parte, la libre circulación de capitales y mercancías, que es un fenómeno coyuntural, que proviene de opciones políticas reversibles y va a la par con la sobreexplotación temporal de los recursos físicos no renovables. Es esta confusión de los dos fenómenos la que lleva a algunos a ver en la globalización la manifestación de una ley inmanente, que escaparía a todo control político o jurídico. […]

La lengua francesa ofrece, con la distinción autorizada entre globalización y mundialización, el medio de poner un poco de rigor en este debate. En el sentido primero de la palabra (donde mundo se opone a inmundo, como cosmos se opone a caos), mundializar consiste en hacer humanamente vivible un universo físico: hacer de nuestro planeta un lugar habitable. Dicho de otro modo, mundializar consiste en dominar las diferentes dimensiones del proceso de globalización. Dominar su dimensión tecnológica supone adaptar las formas jurídicas de la organización del trabajo heredadas del mundo industrial a los riesgos y oportunidades engendradas por la revolución informática. Dominar su dimensión comercial supone concebir un orden jurídico internacional que prohíba utilizar la apertura de fronteras comerciales para escapar a los deberes de solidaridad inherentes al reconocimiento de los derechos económicos y sociales.

¿Es el Estado social todavía capaz de asegurar este dominio o bien está condenado a ceder el sitio a otros mecanismos institucionales? Esta es la pregunta central que trataremos de aclarar teniendo en cuenta dos imperativos de método. El primero es que tal pregunta obliga a salir de la matriz jurídica occidental que ha engendrado el Estado social, para abrirse a otras formas de establecer las solidaridades humanas. […] Tal apertura es indispensable para desprenderse de la ingenua fe según la cual nuestras categorías de pensamiento serían la razón escrita y tendrían vocación de imponerse por todas partes. Y es necesaria para distinguir esta otra cara del Estado social: no la de un monumento europeo en peligro sino la de un proyecto de futuro perseguido bajo formas diversas por todos los grandes países emergentes.

El segundo imperativo de método consiste en no ignorar los factores internos de desestabilización del Estado social. Éste es un hijo de la sociedad industrial. Ha crecido para servirla y ha heredado de ella rasgos que le limitan hoy severamente.

Su primer límite es haber reducido el perímetro de la justicia social a medidas cuantitativas, compensando con tiempo o dinero una cosificación del trabajo considerada necesaria por principio. Para comprender la suerte reservada de este modo al trabajo hay que tener en cuenta lo que Cornelius Castoriadis llamó «la institución imaginaria de la realidad». El derecho, la ciencia y el arte van al mismo paso en una civilización dada. Porque el hombre marcha tras imágenes que viven en él y el sentido de esas imágenes —comprendida la imagen científica del mundo— es indisociable del sentido de esa marcha. Representando al universo como una relojería completamente sometida a las leyes de la física clásica, el imaginario industrial ha metamorfoseado a los obreros en engranajes de una vasta máquina productiva. Siguiendo los preceptos de Taylor, han sido sometidos, tanto en tierra capitalista como en tierra comunista, a una organización llamada «científica» de su trabajo cuyo primer principio era el de prohibirles pensar. El mundo industrial ha instituido de este modo una división del trabajo entre aquellos a quienes se paga por pensar y aquellos que tienen prohibido pensar. Filósofos que han tenido la experiencia de la fábrica, como Simone Weil, o artistas como Charlie Chaplin o Fritz Lang, han  denunciado en vano esta injusticia fundamental. Al ser  considerada la deshumanización del trabajo como el precio del progreso, el derecho al empleo ha establecido el intercambio de la abdicación de la libertad del asalariado a cambio de un mínimo de seguridad física y económica. Devenido de esta forma ciego a las realidades del trabajo, el estado social es incapaz de hacer frente a sus transformaciones.

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