De los partidos a la audiencia (y 3)

Foto Parlamento Europeo

Por Nadia URBINATI

Terminamos con esta entrega el ensayo de la politóloga Nadia Urbinati acerca de la crisis de los partidos en las actuales democracias representativas y el surgimiento de autodenominadas alternativas de democracia directa.

Transparencia y tribunal de la opinión

En la estela de Manin, los sostenedores de la democracia del público señalan que con la trasferencia del poder del juicio público de las palabras a la visión se puede conseguir que el “tribunal de la opinión” sea efectivamente eficaz y explotar mejor las potencialidades democráticas de los medios de información y de comunicación, instrumentos capaces de restituir al pueblo su papel más específico, que no es el de actuar (una masa, pensaba Weber, no es capaz de actuar sin un líder) sino el de mirar, observar y juzgar. La democracia plebiscitaria da como resultado un divorcio interno a la soberanía popular entre el pueblo como ciudadanos participantes (con ideologías, intereses y la intención de competir para obtener la mayoría) y el pueblo como una unidad impersonal y completamente libre de intereses que inspecciona y juzga el juego político jugado por algunos y gestionado por partidos electoralistas. El partidismo no es expulsado del dominio de la decisión; es expulsado del forum, en el que el pueblo está o actúa como público o masa indistinta y anónima de observadores que en calidad de supremo espectador “mira solamente” y juzga pero “no quiere vencer” de ninguna manera.

El precio para llegar a ser líder en esta democracia plebiscitaria debe ser alto y costoso: esta es la única arma de control que la audiencia tiene de su parte. El costo que el líder debe pagar a cambio del poder que del que goza es la renuncia a gran parte de su libertad individual. El líder se pone completamente en manos del pueblo-audiencia porque está permanente bajo sus ojos. Este es el “gran inconveniente  sobre las figuras públicas” que la democracia pública ejercita sobre quien tiene el poder. Jeffrey Green, el autor de esta interpretación, propone una idea interesante porque es innegable que aquellos que compiten por el poder deben ser conscientes de no poder reclamar la misma amplitud de derecho a la privacidad que un ciudadano normal. Más poder comporta más responsabilidad y por tanto menos libertad para ocultar y ocultarse. Por otro lado, quien ejercita el poder político desea ser invisible para conseguir hacer lo que no podría impunemente hacer en público sin sufrir rapapolvos o censuras. El secretismo es un bien fundamental en la vida privada de los individuos pero puede ser un obstáculo intratable en el caso de los funcionarios públicos y políticos. Ciertamente, un ministro o un primer ministro está protegido en sus derechos fundamentales como cualquier ciudadano. Sin embargo, a fin de que su vida privada se muestre transparente y dentro de la ley alguna inspección se debe hacer. En el caso de los políticos elegidos y si bien no están sujetos a ningún mandato imperativo, la confianza no viene dada y confirmada como un cheque en blanco sino que comporta, es más, exige ser corroborada por la evidencia. Los órganos de prensa o eso que se llama el poder negativo de la opinión cubren esta función de vigilancia. Es un  hecho que competir por puestos públicos es una libre elección del candidato, el cual debe tener en cuenta, cuando lo consigue, las cargas que se derivan.

Ciudadanos pasivos y electores ausentes

Pero de la consideración indiscutible acerca del “peso” de la publicidad que el político elegido soporta y debe tener en cuenta no se deduce la garantía de que llevar al líder al palco del teatro público comportará eo ipso una limitación y control de su poder; que en sustancia el público pueda sustituir la Constitución y la norma de la limitación del poder para hacer así la política más democrática, al no estar sujeta a organismos no democráticos (como los tribunales) o a cartas que, escritas por asambleas constituyentes en el pasado, valgan para limitar la voluntad de los ciudadanos actuales. La democracia plebiscitaria, ya sea de masas o de audiencias, tiene como objetivo polémico las instituciones que limitan la función democrática de legislar y tomar decisiones. Pero la motivación por la que los políticos aceptan ponerse una máscara que sea socialmente aceptable exalta el argumento de los plebiscitarios, según los cuales el auténtico poder de control es el del ojo popular, cuya eficacia es incluso superior a la de las normas constitucionales y que, por tanto, es verdaderamente democrático. Pero que el ojo del pueblo sea eficaz en el control no es convincente ni está probado. Es un argumento basado en una abstracta consideración acerca del papel del “público ocular” que las experiencias concretas parecen contradecir.

El primer ministro Silvio Berlusconi estaba permanentemente bajo el ojo de los medios que se entrometían en su vida no necesariamente para revelar sus potenciales ilegalidades sino para satisfacer la sed de escándalos del público, cosa que mientras tanto creaba el mercado de los escándalos y daba a la opinión pública la forma de tabloide (prensa amarilla). Exponer su vida al público no servía para controlar o limitar su poder; además, no tenía ni siquiera un papel disuasivo sobre las opciones o preferencias. El hecho de que Berlusconi poseyera o controlase seis televisiones nacionales ha sido ciertamente un factor agravante, pero no ha sido solo esta la razón que ha convertido a la democracia italiana de la audiencia en una democracia pasiva y muy poco capaz de controlarlo. De hecho, incluso más que la posesión y el control de los medios de información, el imperio del poder ocular o la inflación de las imágenes ha sido el factor que ha hecho al “ojo” particularmente inepto para controlar. La paradoja de insistir sobre el factor estético de la opinión pública a expensas del cognitivo y del político-participativo es que no tiene en cuenta el hecho de que las imágines son el origen de un tipo de juicio que valora gustos más que eventos políticos, y es por tanto irremediablemente subjetivo.

El gusto, ha explicado Immanuel Kant, exalta en lugar de contener las potencialidades retóricas del mundo de la visión, y además aísla al observador en vez de facilitar la comunicación con los otros observadores. De hecho, mientras es posible “hablar de gusto” es imposible “discutir” sobre por qué una persona tiene ese gusto, al estar esto más allá de la objeción y la razón deliberante ya que es una expresión personal que no tiene parámetros de medida más allá del sentir del sujeto. El gusto es y queda subjetivo y difícilmente puede ser vehículo para una compartición o incluso un acuerdo entre observadores.

El gusto es distinto a la ideología como poder emotivo y retórico de los ideales. Al contrario de lo que pueda parecer, no es el órgano de la ideología, la cual es hija del razonamiento hipotético y de la imaginación.

La ideología nos hace preconizar el futuro, para movilizar en el presente nuestra voluntad y la de los otros para tratar de realizarlo. Es una especie de comportamiento racional en un campo que, como el político, tiene que ver con la incerteza y la imposibilidad de hacer previsiones científicas. La ideología encauza las emociones hacia comportamientos que son de cualquier modo racionales respecto a lo que los actores quieren hacer en su ambiente social. El “afecto”, reprobado por Kant en la esfera del conocimiento, es considerado más benévolamente por el mismo Kant cuando se refiere a “lo que es ideal e incluso puramente moral”. “Esta disposición moral no puede abstenerse de mirar a una Constitución republicana”: por lo además, ¿con qué “instrumentos” se puede pasar de un orden despótico a un orden republicano si no se tiene en cuenta el crecimiento de un tipo de creencia colectiva en algo bueno y posible, tan fuerte como para lograr superar el sentido del peligro y el cálculo de la conveniencia? Esta es la ideología.

 ¿Cuál es al contrario el resultado de las imágenes visuales y del gusto? “El resultado es este: que la prioridad de la televisión son los scoop (noticia exclusiva) y el rating (la audiencia más amplia posible)”. Es por tanto previsible que la información no dé por sí misma más poder o no refuerce la facultad de juicio de más poder. Es más, la hegemonía del ojo llevaría al público exactamente en la dirección opuesta a la prevista por los sostenedores del plebiscitarismo de la audiencia. La audiencia no controla al líder pero sugiere al líder y a sus técnicos de la imagen lo que debería hacer para encontrar el favor del pueblo y, si es necesario, ocultar a la vista lo que el pueblo no quiere ver. Además, el imperio de la visión deteriora inevitablemente el tenor de estilo del discurso político. La experiencia italiana confirma este diagnóstico porque en los años en los que Berlusconi ha reinado como líder plebiscitario con una política de la audiencia, las cuestiones prioritarias en las conversaciones eran sugeridas por la lógica de la mercadotecnia o de la publicidad. Los temas y problemas políticos eran mientras tanto borrados del discurso público que los medios gobernaban, dado que no eran atractivos ni para los dispositivos televisivos ni para los espectadores.

La paradoja del público-ojo-total, es decir, de la idea de que la audiencia ha de ser un eficaz impedimento al poder del líder precisamente por su exigencia de transparencia, es que las decisiones políticas quedan no vistas o no reveladas porque pertenecen a objetos que son generalmente menos atrayentes para los gustos estéticos de los espectadores y su deseo de espectacularidad. Conocer muy poco de eso que los políticos elegidos hacen cuando gobiernan es el coste que los ciudadanos italianos han pagado convirtiéndose en un ojo que quería ver todo y era alimentado por un tipo de información que estaba guiada por el objetivo de impresionar la mente de la audiencia con imágenes que provocaban compasión, rabia, simpatía, envidia, etc. Producir efecto emotivo, ha escrito Niklas Luhmann, es la función de los medios de comunicación de masas, los cuales reproducen por tanto la no transparencia precisamente cuando propagan la transparencia y el pan-conocimiento. Hacer la vida del líder visible y objeto de espectáculo permanente puede generar opacidad con la pretensión de publicidad.

El caso italiano parece probar —contra quien cree que la democracia plebiscitaria de la audiencia es más cercana a la democracia que la de partidos y elecciones— que la transformación de la base de la política de partidos-organización y de programa a partidos líquidos y de sondeos ha dejado al pueblo no solo menos capaz de control sino incapaz a todos los efectos de controlar, mientras que ha dejado el dominio de la política más vulnerable al secretismo, a la opacidad y a la corrupción.

Hace algunos años Alessandro Pizzorno interpretó la paradoja contenida en esta transformación mediática de la política como una señal de ocaso del lenguaje y del juicio político, y de su sustitución con el lenguaje y el juicio de la moralidad subjetiva o dictada por el gusto. El predominio de los símbolos sobre los programas, de la persona del líder sobre el colectivo del partido-organización, se traduce en el predominio de las cualidades morales frente a las políticas en la formulación que los ciudadanos dan a sus juicios políticos. Las virtudes políticas (prudencia, competencia, etc.) decaen mientras que las morales (estéticas, sensuales, etc.) se convierten en dominantes. Un resultado probado de esta transformación, según Pizzorno, es el aumento de la corrupción, porque lo que debería ser objeto de visibilidad no es interesante ni  para la audiencia ni para los técnicos de los medios, ni obviamente para los expertos que cuidan la imagen pública del líder. La política se hace más profesional en el sentido de que se convierte en una actividad que vive de intercambios privados y ocultos, aunque menos atenta al interés de los ciudadanos y en este sentido menos competente políticamente. Finalmente, el plebiscito de la audiencia facilita la corrupción precisamente cuando pretende hacer del pueblo un gran ojo.

Traducción de Javier Aristu.

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