De los partidos a la audiencia (2)

Foto flickr por Tau Zero

Por Nadia URBINATI

Continuamos la publicación del ensayo de la politóloga italo-americana acerca de la democracia en directo y la crisis de los partidos políticos.

El plebiscito del público

La democracia de la audiencia —la que llamo plebiscitarismo de la audiencia— es el resultado no del fin de la democracia “de los” partidos sino de su afirmación como cuerpo oligárquico que de intermedio se hace ocupante directo y para su propio interés de la política representada. Este argumento quiere ser una respuesta al propuesto por Bernard Manin en The Principles or Representative Government.  La posición de Manin desarrolla la crítica de Carl Schmitt a la democracia parlamentaria de la que parte la teoría de la democracia plebiscitaria. Schmitt interpretó la democracia plebiscitaria basándose en la mutación de significado de “público” de una categoría jurídico-normativa (esto es, que pertenece al estado) a categoría estética (como eso que es expuesto a la vista, que es hecho ante los ojos del pueblo).

Esta visión romana del público —donde lo central es el forum— vuelve en el plebiscitarismo contemporáneo, como demuestran los recientes escritos de Jeffrey Edward Green y después los de Eric A. Posner y Adrian Vermeule (que recogen y desarrollan la intuición de Manin). El renacimiento de los argumentos e ideas que pilotaron la crisis del parlamentarismo en los primeros decenios del siglo XX —cuando la concepción plebiscitaria adoptó una configuración alternativa a la democracia representativa o de partidos— es una indicación preocupante del nuevo filón de investigación teórica y de aplicación práctica que hay en el interior de la democracia contemporánea, filón una vez más crítico en relación con la estructura parlamentaria  y la función mediadora de los partidos políticos. El libro de Manin es quizás el documento que mejor representa esta tendencia, al menos porque capta la transformación y la teoriza como señal de una mutación en sentido más democrático —donde por democracia Manin parece entender democracia de masas, como en la formulación de Weber y Schmit. El tema conclusivo del libro de Manin es el diagnóstico del ocaso de la democracia del partido político y del auge de la democracia del público, en la que la fe en el líder y la aceptación de una creciente exigencia de poder discrecional por parte del ejecutivo se encuentra con una mutación en la organización de la democracia electoral, que es ahora gestionada no ya por partidos de líder y militantes sino por partidos de expertos de la comunicación y de candidatos a la carrera política.”La democracia de la audiencia es gobierno de los expertos de los medios”, y por tanto la celebración del “poder ocular”, como escribe Green completando el diagnóstico de Manin. Mientras en la época de la democracia de los partidos políticos las elecciones se basaban en gran medida en la dimensión vocal y en el aspecto volitivo de la política —la participación en la decisión era expresión de la forma clásica de la soberanía popular que los partidos se encargaban de organizar—, la aparición en público o el sometimiento al veredicto de la audiencia es lo que define ahora el arte de la política.

La transición del predominio de la voluntad al predominio del juicio es un corolario de esta transformación. La voz es de hecho el órgano de una acción política que quiere ser de propuesta y de crítica, expresión de una idea de participación activa o dirigida a la decisión, según la definición clásica de la soberanía democrática como voluntad de autogobierno, es decir, dotarse de leyes. Del otro lado, la visión es el órgano de una acción juzgadora no aplicativa, valorativa de algo que existe y que otros hacen y que se muestra a los ojos de quien está reconocido para juzgar más que para actuar. Palabras, discusión y conflictos entre ideas e intereses (o entre programas de partidos), o sea, deliberación en sentido amplio, son prioritarios cuando la voz es el centro de la política; transparencia, “candor” (en el sentido romano clásico por el que quien era candidato se ponía una estola blanca o cándida indicando de esa manera que se quería exponer ante el público) son prioritarios en el caso de la democracia de la audiencia, en la que el órgano del poder popular llega a ser “la observación más que la decisión, y el ideal crítico del poder del pueblo es el candor más que la autonomía”.

La democracia de la audiencia constituye un significativo paso hacia la política de la pasividad “espectatorial” (de espectador). Como ha escrito Pierre Rosanvallon diagnosticando el incremento del poder “negativo” respecto al “propositivo” en las democracias contemporáneas, la legitimidad informal que la acción de contra-democracia genera no consiste en presionar a las instituciones desde el punto de vista de la voluntad popular (es el sufragio quien otorga esta legitimidad) sino el tener a las instituciones bajo los reflectores, si así se puede decir, bajo el ojo de un público que quiere mirar. En las democracias contemporáneas los ciudadanos no presionan ya a la democracia representativa en nombre de la democracia directa o de una mayor participación sino que la critican en nombre de la política representada, es decir, literalmente expuesta al público. Al contrario que el pueblo-elector, la legitimidad tiene como protagonista al pueblo-juez o inspector, el ojo público que quiere ver, no la voz que reivindica el hacer. El que juzga es un poder negativo o censurador.

 El poder negativo

La historia de las formas de poder negativo es prolongada y rica: va desde el tribunado y del eforado[i] a la petición al monarca y la denuncia por la prensa, a la vigilancia a través de las asociaciones de la sociedad civil, a la protesta por obra de los movimientos sociales y partidos políticos, y ahora también a la acción de Internet, y después incluso a las formas jurídicas de impedimento como el Tribunal Supremo americano y los Tribunales Constitucionales en nuestros ordenamientos europeos, a las formas de acción judicial individual y colectiva contra las decisiones políticas y administrativas del estado, y finalmente a las modernísimas formas de oposición puestas en marcha por los movimientos antiglobalización, al poder de las agencias internacionales como la ONU para interferir en las acciones de los gobiernos vigilándolos con la vista puesta en defender los derechos humanos, pero también al poder mucho más invasivo del mercado, quizá el poder negativo moderno más influyente principalmente por la capacidad que hasta ahora ha tenido de reivindicar la legitimidad de poner vetos a las decisiones políticas en nombre de presuntas reglas neutras y hasta naturales, reglas impersonales y completamente indirectas. De las tres formas de poder negativo —la del impedimento, la de vigilancia y la de juicio—, la últimas es sin duda la más moderna y la que ha tenido un extraordinario auge en la segunda mitad del siglo XX, sea como consecuencia de la victoria judicial con la que se concluye la Segunda guerra mundial (hecho excepcional que ha llevado al juicio a cumplir una tarea absolutamente inédita de legitimación en razón de una “victoria” probada en el campo de batalla), sea después en relación con la innovación tecnológica de los medios de información y el auge de la sociedad civil, nacional y global.

Está bien precisar que el juicio como forma de acción política plantea una serie de problemas a las estrategias clásicas de oposición y de denuncia y no debe ser concebido como constitutivo de la decisión política democrática. Sobre todo porque esto acrecienta el poder de los procedimientos jurídicos y de los jueces (sean estos los de la opinión mediática, de los mercados de valores o aquellos que tiene su sede en tribunales), y tiende a deprimir el de los cuerpos políticos, como precisamente los partido-organización pero también los parlamentos y los ciudadanos electores. En segundo lugar, mientras la decisión política —también cuando es objeto de contestación— pone en marcha al ciudadano activo, la acción juzgadora da realce al papel del “espectador” y activa un criterio de juicio, el de la imparcialidad, que es externo a la política. En tercer lugar, la acción del juicio amplia la dimensión pública pero en una forma que es de teatralidad o estética y que por eso se presta a ser instrumentalizada por los medios de comunicación de masas, los cuales tienden a transformar el proceso de formación de las opiniones en una suerte de tribunal de la transparencia y del desvelamiento que se corresponde más con la demagogia que con la deliberación razonada.

Volviendo a Manin, en la conclusión del análisis histórico de las formas del gobierno representativo él sostiene que, respecto a la gestionada por los partidos, la democracia post-partidista o “del público” prefigura una ampliación de la libertad porque “la ascensión de los medios de comunicación de masas no de parte determina una consecuencia importante: sean cuales sean sus preferencias, todos los individuos reciben las mismas informaciones sobre un determinado asunto. Las personas, obviamente, continúan teniendo opiniones divergentes sobre las cuestiones políticas, pero la percepción misma del asunto tiende a emanciparse de las tendencias políticas individuales”. Este corolario vale a condición de que los medios de información sean públicos y no sujetos al monopolio de los capitales privados o de las mayorías parlamentarias. En estas condiciones, la democracia de la audiencia, según Manin, sería más democrática porque pondría todo indistintamente en condición de recibir las informaciones sin hipoteca ideológica o partidista.

No obstante, la “democracia del público” ofrece una imagen algo distinta, incluso en el caso de que las fuentes de información sean públicas e incluso cuando, aunque privadas, no estén monopolizadas por quien aspira al liderazgo político: la de una reestructuración y una reorganización de la forma partido sobre la base de objetivos y criterios que no son necesariamente más democráticos. En Italia, el país en el que el telepopulismo ha lanzado un desafío radical al sistema de partidos tradicionales, Silvio Berlusconi ha llegado a conquistar una mayoría estable solo cuando ha creado su propio partido, promoviendo una fuerte identidad ideológica (incluso más marcada que la de los viejos partidos) y dando a sus electores la certeza de pertenecer a una parte, no solamente a una televisión comercial. Si de entrada la “democracia del público” parece encarnar un sistema de representación fluido, abierto, caracterizado por la indeterminación y gestionado por candidatos individuales en vez de por miembros del partido-organización, en un análisis más atento, sin embargo, tal sistema se revela no menos jerárquico, rígido y homologado que su antecesor, con la notable (y negativa) diferencia de que ahora el elemento unificador es, directamente, la persona del líder e, indirectamente, el poder subliminar de los medios y de los técnicos que los utilizan. Mientras tanto, además, los partidos no han desaparecido sino que se han convertido en máquinas para la construcción y el mantenimiento del poder del líder y de sus agentes, fuera de cualquier control por parte de los militantes y, cada más fácilmente y más frecuentemente, de la ley.

[Continuará] Traducción de Javier Aristu

Leer primera parte

[i] Función pública de gobierno y control que realizaban algunos ciudadanos en los sistemas políticos de la antigua Grecia.