De los partidos a la audiencia (1)

Por Nadia URBINATI

Por su interés y cercanía con el desarrollo de la situación  en nuestro entorno social y político, iniciamos hoy la publicación por partes de un ensayo de la politóloga italiana, profesora en la universidad Columbia de los Estados Unidos, Nadia Urbinati acerca de los cambios estructurales en las sociedades políticas occidentales, debidos en gran medida al impacto de los nuevos medios de comunicación de masas y el papel de los expertos en los mismos. Dicho ensayo constituye el cap. VI de su libro titulado Democrazia in diretta. Le nuove sfide alla reppresentazione (ed. Feltrinelli, 2013).

La gran transformación

En este capítulo querría retomar el hilo de los capítulos precedentes —destinados a explicar las actuales transformaciones en la democracia representativa por el declive de los partidos políticos y el auge de la democracia de la opinión y en directo. Declive y crecimiento que ponen el acento sobre un hecho registrado por la reintroducción del sorteo en Islandia: la idea de que la democracia puede ser corregida mediante instrumentos que reducen el partidismo (llamada a la opinión general imparcial) y con ello el papel de la autonomía política, o sea, de la soberanía del ciudadano. Examinaré una tesis fuerte y probablemente controvertida: en la democracia contemporánea (la italiana de forma muy visible) los partidos políticos, actores esenciales del sistema representativo desde su aparición en la Inglaterra de los commonwealthmen[i], han  mudado su función pero no están en decadencia o acabados como frecuentemente se oye afirmar. Esta mutación se corresponde con una transformación de la democracia de representativa en plebiscitaria, con la puntualización de que la forma  plebiscitaria contemporánea no está compuesta de masas movilizadas por líderes carismáticos, como había presagiado Max Weber y teorizado Carl Schmitt, en tanto que forma más completa de democracia. La nueva forma plebiscitaria es la de la audiencia, el aglomerado indistinto y des-responsabilizado de individuos que componen el público, un actor no colectivo que vive en la privacidad de lo doméstico y cuando es sondeado como agente de opinión opera como receptor o espectador de un espectáculo puesto en escena por técnicos de la comunicación mediática y representado por personajes políticos.

La personalización del poder y de la política es un síntoma y una señal tanto de la transformación de los partidos como de la formación de la democracia de la audiencia.

La transformación de los partidos tiene que ver con su adelgazamiento democrático, no con su desaparición. No creo convincente la teoría de Bernard Manin según la cual la democracia de partidos es una fase transitoria de la democracia representativa, ahora conclusa. Como hemos observado a lo largo de este volumen, la democracia representativa no puede ser operativa sin partidos, aunque los partidos cambien de forma y vocación. La democracia es hoy percibida en crisis no tanto porque hayan desaparecido los partidos sino porque estos han sufrido un formidable adelgazamiento democrático, al que le corresponde una obesidad del poder material efectivo en las instituciones del estado y, sobre todo, en la cadena de funciones que se devana del ejecutivo, el poder del estado que esta transformación ha exaltado más allá y por encima del propio parlamento.

No es por tanto convincente presentar la democracia de partidos como una fase, ya declinada, de la historia del gobierno representativo. Es verdad que aquella ha llegado a ser a todos los efectos una democracia “de los” partidos, es decir, ejercitada por estos sin buscar ya una relación con los ciudadanos que no esté orientada a la conquista de los votos: democracia “de los” en vez de “por medio de los” partidos. El ocaso de los partidos es ocaso de un modo de ser democrático del partido político; un ocaso que se manifiesta con el encogimiento hasta la desaparición de la estructura organizativa periférica o territorial, señal tangible de una mutación de función, ya que la organización (partido sólido) se destina a un partido que debe buscar una relación muy estrecha y regular (no solo en el momento de las elecciones) con los ciudadanos, para movilizarlos o hacerlos partícipes ( a favor de una parte) a través de los relatos ideológicos que crean identidad de pertenencia o de inspiración ideal, y funcionan como  instrumentos interpretativos y críticos; el partido como estructura articulada desde la base al vértice y viceversa, regula la designación colectiva y por consenso de los líderes locales y nacionales, y se constituye en un actor colectivo público. La erosión del partido-organización no ha significado el fin del partido sino el fin de un partido que buscaba dar nervio a la sociedad porque aspiraba a construir consenso y obtener una afirmación que no fuese solo numérica sino también de proyecto. Este partido sólido, porque está basado en la organización, estaba mitad dentro y mitad fuera de las instituciones estatales, bisagra entre estado y sociedad, un “cuerpo intermedio” de la democracia representativa que desplegaba varias funciones de limitación del poder, o sea, como hemos visto: selección de los elegibles, control de los elegidos (que el mandato representativo los hace legalmente irresponsables ante los ciudadanos), estímulo y orientación de la opinión; en fin, funcionaba como verdadera escuela para la formación del personal político de las instituciones periféricas y centrales del estado.

En los primeros decenios de la segunda postguerra, edad de la formación y consolidación de la democracia representativa en Europa, la democracia de partidos ha gestionado el reclutamiento entre ciudadanos/as ordinarios/as de alcaldes y dirigentes, de parlamentarios y ministros.

 Del partido-identidad al partido-esponja

El ocaso de esta forma de partido se ha correspondido con un crecimiento proporcional del partido electoralista, dedicado exclusivamente a la reproducción de sí mismo como organismo interno a las instituciones, o sea, a la reproducción de la clase política; una función muy parecida a aquella cuyo nacimiento habían diagnosticado Robert Michels y Vilfredo Pareto. Los partidos de la democracia “de los” partidos están bien incardinados en la estructura del estado y todo lo contrario que en su ocaso; están, para retomar el análisis de Mauro Calise, recluidos en el estado y son capaces de reforzar “su propia capacidad de control de los accesos al poder institucional, contando con el hecho o la ilusión de que, a la larga, el monopolio del poder permanecerá en sus manos”.

 Esto no significa que gocen de legitimidad moral ante los ciudadanos; nunca como ahora han gozado menos de la misma. Significa, al contrario, que se han convertido a todos los efectos en un medio indispensable a través del cual poder desarrollar una carrera (cada vez más privilegiada principalmente porque cada vez es menos democrática) y que tienen  como referente principal las instituciones del estado en todas sus ramificaciones, desde el nivel ministerial al regional, frecuentemente impermeables a las voces de los ciudadanos. La descripción propuesta por Calise es, una vez más, muy elocuente: “En los partidos tradicionales, los militantes desarrollan el papel crucial de ‘terminales inteligentes’ de las demandas provenientes de diversos segmentos de la sociedad… constituyen un sistema capilar y difuso de detección de las preferencias del electorado, proporcionando a la organización del partido y a su dirección las informaciones necesarias para adoptar las decisiones en una dirección u otra”.

Con los nuevos partidos líquidos o ligeros, la función de captar los intereses y las opiniones, una función que es de representatividad, es realizada ya no por las ideas y los relatos ideológicos sino por los sondeos. Salvo que los sondeos sirven al partido no para representar lo mejor posible o dirigir la política gubernativa sino para triunfar en las elecciones y seguir lo más fielmente los humores sociales. El ocaso del partido-organización se ha correspondido con el crecimiento de un partido-esponja, es decir, que sigue los flujos y de algún modo los rocía o alimenta para alcanzar el consenso de mejor manera. En fin, el partido ligero es de difícil control por parte de los ciudadanos simpatizantes y afiliados, los cuales no disponen ya de estructuras y reglas para la articulación interna del disenso y del control, mientras que es propenso a exaltar la persona del líder y, por esto, puede hacerse instigador de políticas populistas, las encuentra por eso convenientes, en vez de ser un dique que las contiene como era el partido-organización. Este deslizamiento de organización a liquidez y profesionalización de sondeos, de educador político a seguidor e instigador de los humores populares hace que la democracia “de los” partidos sea una democracia extendida hacia nuevas formas plebiscitarias. Este es el aspecto sobre el que quisiera ahora detenerme.

[Continúa segunda Parte]

Traducción de Javier Aristu

[i] Grupo de reformadores políticos ingleses de principios del siglo XVII. Influyeron en cierto modo en los fundadores de los Estados Unidos.

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