Una alternativa republicana

Foto Flickr por Mario Mancuso

Por Carlos ARENAS POSADAS

Mi amigo y cobloguero Javier Aristu ha dedicado tres entradas de En Campo Abierto a glosar el libro de Alberto Garzón “La Tercera República”. Desde el respeto, pero también desde la perplejidad, Javier se manifiesta crítico con algunas de las tesis expresadas por el joven parlamentario de Izquierda Unida. Digo desde la perplejidad porque no acaba de entender que un miembro cualificado del PCE como Garzón haga de la “República” el objetivo estratégico de la izquierda, y de los “ciudadanos” el sujeto colectivo revolucionario, en detrimento del “comunismo” como meta final y de la “clase obrera” como el grupo social que debería conducir la sociedad a un mundo mejor.

Vivimos en una encrucijada histórica en la que existen fuertes incertidumbres sobre lo por venir. Es lógico, por tanto, que se manifiesten inquietudes y dudas acerca de nuevos movimientos políticos de izquierda que apuntan ideales que apenas se concretan en fórmulas alternativas de gobernanza y que, por tanto, comunican una cierta sensación de conducirnos al vacío, a lo desconocido. En estas circunstancias, es lógico que se apueste por el “déjà vu” y se resalten las posibilidades que aún tienen, eliminando los vicios propios de la “casta”, los instrumentos  de transformación social que han usado las izquierdas de inspiración socialdemócrata o eurocomunista en las últimas décadas: la democracia parlamentaria –antes que la democracia directa-, la participación en las instituciones vigentes para transformarlas desde dentro –antes que destruirlas-, la conservación y ampliación del Estado del Bienestar.

Me centraré en el Estado del Bienestar. Es verdad que nunca los trabajadores (europeos) han gozado de mayores niveles de bienestar y de más equitativa distribución del producto social que en la época en las que estuvo vigente el consenso estratégico entre capital y trabajo en las décadas centrales  del siglo XX. Admitimos como verdadero que las conquistas sociales que se sucedieron desde comienzos del siglo XX y que culminan en el Estado del Bienestar fue el resultado de las luchas políticas y sindicales de la clase trabajadora. Siendo en buena parte verdad, no hay que olvidar, sin embargo, que el Estado del Bienestar surge como un trasunto de las ideas keynesianas tendentes a salvar el capitalismo inviable de los años treinta, mediante potenciación del pleno empleo y la demanda agregada, y que solo fue factible mientras los distintos mercados nacionales estuvieron reservados para los empresarios nacionales.

 El Estado del Bienestar entró en crisis cuando el  sistema fordista de producción masiva reventó las costuras de cada uno de los mercados nacionales, estableciéndose una dura pugna entre países por ocupar o defender cuotas del mercado global. Esa pugna hizo insostenible el modelo de consenso keynesiano-fordista de posguerra. Los otrora aliados se hicieron enemigos en la conflictiva e inflacionaria década de los setenta. En esa batalla perdieron los trabajadores, derrotados por una oleada de nueva tecnología sustitutiva de trabajo, por el downsizing y la deslocalización de las empresas. Desde entonces el paro masivo, la precariedad laboral y el recorte del Estado del Bienestar se han empuñado como las armas de la victoria del capital sobre el trabajo, aunque se presenten como herramientas inevitables para la competitividad.

Pero no trato aquí de repetir lo ya archisabido sobre la naturaleza de la crisis sistémica del capitalismo “del bienestar” desde los años setenta, sino de preguntarnos si es recuperable en las circunstancias de hoy. Por muy deseable que así fuera, no me lo parece. Al menos no me parece que recuperemos lo que identificó el Estado del Bienestar: la voluntad política de alcanzar el pleno empleo y un empleo estable y de calidad.

No me parece que sea recuperable en las circunstancias de un capitalismo financiero especulativo, de mercados abiertos a la competencia global para los que  “deben” aplicarse estrategias “desde la oferta”, de reducción de costes laborales, fiscales, financieros, políticos, etc., Si acaso, potencias industriales como Alemania o Suecia que mantienen elevadas cuotas de mercado para su industria a base de calidad e innovación pueden tener cierta chance en ese sentido, no sin antes haber asegurado que, en la división europea del trabajo, no haya lugar para los competidores en la Europa del Sur.

No me parece porque los paladines de aquel Estado del Bienestar, los socialdemócratas, se han rendido con armas y bagajes a la idea de la competitividad “nacional” –es decir, a los lobbies empresariales que acumulan el capital político, hacen y deshacen en los consejos de ministros-. Capital nacional y socialdemocracia “en su solo país” han ido de la mano desde que esta se creó a finales del siglo XIX y siguen de la mano en las circunstancias actuales, siendo conniventes o primeros actores en los sucesivos recortes que han hecho saltar por los aires los fundamentos del viejo consenso y le han hecho perder gran parte de su credibilidad.

No me parece porque el “movimiento obrero”, el mítico sujeto revolucionario de antaño, está hoy partido en fragmentos nacionales, regionales, sectoriales; segmentado entre trabajadores fijos y  precarios, hombres y mujeres, nativos e inmigrantes, empleados y parados, parados con y sin cobertura de desempleo, etc. etc., sin que las instituciones encargadas de “empoderar”  a la clase trabajadora sean capaces de reunir los trozos y recuperarlos para el supuesto objetivo “final”.

En este contexto de desarme e impotencia de la izquierda tradicional,  la nueva izquierda  representada en España por una parte de IU, Podemos, Equo o Compromis incorpora a la acción política un nuevo sujeto revolucionario, la “ciudadanía” –la conjunción de ciudadanos políticamente activos-,  un nuevo procedimiento, la “democracia directa”, y un nuevo objetivo, la “República”.

Lo primero que hoy provoca el nuevo paradigma izquierdista es, otra vez, perplejidad; perplejidad por el hecho de que la reverencial confianza de la vieja izquierda en “el movimiento obrero” y en el “partido” como artífices del cambio social, ha dado paso en la izquierda emergente a la reverencial convicción de  que la “ciudadanía”, el “pueblo”  tomará el testigo y construirá lo que la “clase” no pudo conseguir.  Del “movimiento obrero” conocemos una historia de martirio, huelgas, revoluciones, ocupaciones de fábrica, partidos y sindicatos, una cultura propia, pactos, etc. El movimiento popular que aspira a sustituirlo lo tiene aún casi todo por demostrar: las movilizaciones del 15-M, los indignados, las mareas, el movimiento contra los desahucios, el éxito relativo en las elecciones europeas, el compromiso de sus representantes en las instituciones de no reproducir comportamientos de casta, han sacudido como un “terremoto” la atascada vida política española, pero me parece, con todos los respetos al indudable éxito obtenido, que ese terremoto no alcanza el grado 3 en la escala de Richter, es todavía una sacudida epidérmica.

Para ser realmente transformadora, la “ciudadanía”  y sus mentores políticos tienen todavía que demostrar que son capaces de aunar intereses sociales y económicos transversales más allá de indignaciones coyunturales o sistémicas transformadas en votos; hace falta bastante más que embozar a los individuos con la capa antiautoritaria de Tocqueville o Robespierre para conseguir lo que Garzón llama “democracia sustantiva”. Ese “bastante más” es un programa económico republicano, entendido en la tradición que se inicia en Adam Smith, sigue en los socialistas utópicos y colectivistas libertarios del siglo XIX, que persigue no solo el “acceso a los suministros más básicos” como dice Garzón sino, sobre todo, el acceso de los ciudadanos al capital en todas sus modalidades: político, financiero, productivo, humano y social.

Convencionalmente, constreñimos el concepto de República al derrocamiento de la monarquía; algo más sofisticadamente a un sistema político en el que se ejerce la democracia real y “sustantiva”, pero olvidamos la dimensión económica de lo republicano que es la única alternativa capaz en democracia –otra cosa es lo que ocurre en Corea del Norte- de quebrar para siempre el odioso dominio del gran capital. Porque todavía hay reyes pero ¿acaso no existen reyes en  la banca, las finanzas, los mercados, los medios de comunicación, el tráfico de armas y de drogas, las grandes cadenas de distribución,   los oligopolios de suministros energéticos y de las comunicaciones que imponen precios y exigen fidelidades que recuerdan los vasallajes feudales? Ellos también son reyes y la casta política, sus lacayos.

 ¿Qué hacer? ¿Esperar que por amor a la democracia directa se alcance la mayoría absoluta en unas elecciones para, a partir de ahí, emprender las transformaciones necesarias? ¿Convencerá la nueva izquierda a los votantes de los partidos del turno de la transición de 1977 que siguen sumando la mitad de los sufragios? No hay que esperar; la nueva izquierda se cimenta sobre un ciudadano políticamente activo; pero si quiere ser realmente transformadora, está en la obligación de ir fomentando, desde ya, el “empoderamiento” de un ciudadano económicamente activo, como consumidor, como ahorrador, como inversor, como emprendedor, como trabajador,  etc., dirigiendo sus decisiones a lo que hoy son las únicas elecciones racionales: las que combaten  la tiranía de los oligarcas.

Se necesita que desde las instancias políticas y desde las redes que están en la órbita “republicana” se fomente una gimnasia cotidiana contra la casta monopolista y financiera. Se trata de ir diseñando con esa gimnasia las líneas maestras de una nueva macroeconomía –podemos llamarla colectivismo- caracterizada por la igualdad de acceso a todas las modalidades de capital, por el fomento de un tejido productivo inmediato y de proximidad, por una economía regulada no solo por el mercado –distíngase del “mercado” capitalista- sino por una fuerte componente ética en transacciones e inversiones, por una economía sostenible y no sujeta a agresiones sobre el medio o a destrucciones más o menos creativas de las minorías que controlan nuestras vidas. En esta labor es imprescindible el  concurso de organizaciones sindicales, de consumidores, de vecinos, ONGs, etc., que puedan canalizar, fomentar y dar una orientación política a las decisiones ciudadanas.

No habrá mayoría social suficiente,  y sobre todo estable a largo plazo, solo desde el ámbito de lo político; no hasta que el programa económico propuesto,  levantado, fomentado,  sostenido y regulado desde sucesivas parcelas de poder convenza, “interese” y sea “rentable” a la inmensa mayor parte de la sociedad, incluyendo a pequeños ahorradores, productores, campesinos y comerciantes, cuyo concurso es necesario. Hay que hacer conductismo económico y pedagogía porque de momento, y durante bastante tiempo, no todo el mundo va a identificar la plenitud personal con la plenitud colectiva. Hay que ofrecer alternativas “rentables” a estos grupos sociales desde el comportamiento ético; liberarlos de las garras “filatélicas”, “preferentistas” y “marcas blancas” de la banca y los grandes grupos de distribución.

No se trata de hacer retroceder las fuerzas productivas al siglo XIX, ni proponer un programa “utópico” ni irrealizable –más utópico es volver a sentar al capital financiero en la mesa de negociaciones-; una economía de este tipo se puede extender como una mancha de aceite solo con la firme voluntad de los individuos para construir  desde sus propias decisiones personales una banca ética, cooperativas de consumo o de trabajo asociado, redes de solidaridad asistencial, libres medios de información, relaciones sociales menos jerárquicas, etc. Solo un modelo productivo así garantizaría el pleno empleo y el Estado del Bienestar en su conjunto; solo un modelo productivo así obligaría a los oligarcas a aceptar, si es lo que pretende, un nuevo consenso sobre la distribución del producto social. .

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