El trabajo: “usar y tirar”

Foto flickr por anieto2k

Por Javier ARISTU

Entre 2008 y 2009 una oleada de suicidios recorre la empresa France Télécom, la  sociedad reina de las telecomunicaciones en Francia. En concreto, la justicia constata que  35 trabajadores se suicidaron entre esas fechas. Previamente, entre 2006 y 2008, la empresa había despedido —en las ya famosas “reestructuraciones”— a 22.000 trabajadores y había cambiado las funciones a otros 10.000. Ante tal cúmulo de suicidios, los sindicatos protestan, la inspección de trabajo hace su informe y, finalmente, la justicia interviene: se constata el acoso laboral debido a factores como que “el grupo empresarial ha puesto en marcha métodos de gestión de personal que han dado como resultado debilitar psicológicamente a los asalariados y ha afectado a su salud física y mental”. La investigación judicial llegó hasta su máximo ejecutivo, Didier Lombard, el consejero delegado. Este, ante este drama nacional —porque 35 suicidios de trabajadores de una empresa puede ser calificado de drama si no tragedia— declaró: “Soy consciente de que los trastornos que ha sufrido la empresa han podido provocar trastornos o problemas. Pero rechazo fuertemente que estos planes indispensables para la supervivencia de la empresa hayan podido ser la causa de los dramas humanos citados como apoyo de las denuncias judiciales”. Tras estas palabras, la incógnita que nos queda por aclarar es ¿se suicidaron esos 35 trabajadores por amor? Sabemos que Monsieur Lombard tuvo que dejar su puesto en 2010.  Para conocer un análisis más a fondo de este caso puede consultarse el trabajo de Pino Ferraris en Francia – I suicidi sul posto di lavoro,  traducción  a cargo de la Escuela de Traductores de Parapanda (ETP), con sede en Pineda de Mar.

2014. Un ex trabajador de Abengoa, empresa puntera nacional en tecnologías ambientales e ingeniería, denuncia a la empresa por despido. Antonio M. S. S, así se llama el trabajador, es licenciado en Ciencias del Medio Ambiente y fue despedido “por salir a mi hora” y al que no le reconocieron su antigüedad a pesar de estar cinco años y dos meses en la empresa con un contrato por obras y servicios que nunca se hizo indefinido. Merece la pena leer toda la noticia que apareció en Andalucía Información y las cosas que Antonio M. dice de la empresa Abengoa y de su centro de producción en Palmas Altas, Sevilla.

Para algunos, nombrar Abengoa es nombrar a dios: nuevas tecnologías, modernidad, trabajadores de alta gama intelectual, contratos por todo el mundo en economía del medio ambiente, métodos de trabajo “super-super-modernos”. Es empresa líder en Sevilla, y la familia Benjumea —los herederos del prócer Javier Benjumea, que fundara la sociedad allá por 1941— controla su consejo de administración. Su lema es “Soluciones Tecnológicas Innovadoras para el desarrollo Sostenible”. En la actualidad es una de las que aparecen en el Ibex 35. Seguramente mi co-bloguero Carlos Arenas pueda hablarnos algún día de la historia de Abengoa como ejemplo de parte de la historia industrial sevillana.

¿Es Abengoa una empresa tiránica? ¿Es France Télécom una empresa despótica? ¿Dónde está la raíz de este problema de acoso, superexplotación y persecución de aquellos trabajadores que no quieren o no son capaces de seguir al pie de la letra las instrucciones de la empresa, de su dirección de personal o del jefe de equipo? Sobre este asunto merecería la pena seguir aportando datos y reflexiones ya que creo que es uno de los grandes temas a los que las organizaciones representativas de los trabajadores deben prestar atención. La empresa siempre ha sido “explotadora” de la fuerza de trabajo; lo que empieza a hacerse cada vez más evidente es que la empresa moderna, la que está surgiendo del marco de globalización y del de las tecnologías de la información, es una empresa que ha roto los pactos sociales internos que hasta ahora habían dado sentido a la economía social en el siglo XX. Las formas de intervención sobre el proceso de producción son cada vez más autoritarias y más unilaterales. El trabajador, esa institución fundamental para crear la riqueza de la empresa, pierde precisamente su papel sustantivo en este nuevo universo empresarial globalizado.  Maurizio Landini, dirigente de la Fiom italiana, lo expresa de la siguiente manera: “Si en la cultura de un pueblo se esfuma el hecho de que la riqueza de un país la construye el que trabaja, estamos ante un cambio histórico de valores, ante un dislocamiento de la realidad que domina la vida de miles de personas, hace abstracta su condición material, desvanece su peso económico, anula su papel político y social y permite que la especulación financiera destruya lo que el trabajo construye. Los trabajadores se convierten en invisibles, tan irrelevantes como para ser acusados de su propia condición residual, de la que deberían casi avergonzarse…” (Forza Lavoro).

La novedad de esta nueva fase de creación de riqueza mundial es que el explotado, el trabajador, el asalariado, ya no es considerado precisamente ni trabajador, ni asalariado, ni ciudadano: es un ente al que, a través de las nuevas políticas internas de personal y los nuevos sistemas de empleo, se le despojan sus derechos, su libertad, su condición de persona. En Abengoa ese trabajador es un licenciado, un especialista intelectual… pero para el jefe de personal es una pieza “de usar y tirar”, como nos dice el despedido Antonio M.  Viaje al pasado.

Esas son las  nuevas realidades del mundo empresarial, del trabajo. A ellos hay que dar respuesta desde los sindicatos y desde las instancias sociales. Un nuevo y complejo sistema de relaciones en el trabajo obliga a que las organizaciones laborales revisen algunos de sus presupuestos históricos y comiencen a ver de otra forma lo que creíamos hasta ahora excepciones en el mundo del trabajo para defender mejor los derechos de los trabajadores. Trabajadores que, en la actualidad, responden a circunstancias y condiciones sensiblemente distintas al pasado.

El PP lo ha tenido muy claro desde el principio: ha querido, y lo ha conseguido, hacer ley de lo que era práctica.  Acaba de sancionarse, a través del Tribunal Constitucional,  la reforma laboral de 2012. Sin duda es un hecho decisivo de esta legislatura. Nada es ya igual que antes. España ha entrado definitivamente en el caótico, pero muy pensado, sistema de la desregulación social, de la despersonalización completa de las relaciones sociales. Y a ello habrá que responder con inteligencia y con fuerza.

Sobre este asunto han venido apareciendo en la blogosfera algunas reflexiones que me permito recomendar a nuestros lectores:

 

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